El cuerpo de Gabriella aún vibraba con un pulso irregular cuando escuchó su voz ronca tan cerca de su oído. —Necesito un heredero. La frase cayó sobre su piel como un sello caliente. No era delicadeza, era posesión. Dante nunca pretendía ser suave cuando marcaba territorio, y ese mordisco en su hombro, húmedo y firme, lo dejó más que claro. Ella soltó un suspiro tenso, no porque la incomodara, sino porque la atrapaba el modo en que él reclamaba su cuerpo. Hubiera seguido hundiéndose en su interior si no fuera porque el tiempo lo apremiaba; tenía que irse, los negocios esperaban, y los negocios en su mundo no permitían retrasos. Se apartó de ella despacio, permitiéndole sentir la brisa que se colaba entre sus cuerpos luego de tan intenso momento. Gabriella llevó una mano a sus pechos, e

