Los preparativos estaban listos. El vestido que se había confeccionado con la tela que Gabriella había elegido le llegó esa misma mañana. Era de un color perla, aunque no era uno de esos vestidos recatados y elegantes. Si era perfecto para un evento tan importante. Lo había escogido así por un motivo muy simple: necesitaba reparar, aunque fuera simbólicamente, la imagen que tenía de su boda con Dante. Esa escena donde él, soberbio e intimidante, le colocaba la sortija mientras su gente le apuntaba con un arma seguía siendo un recuerdo difuso pero latente. Una boda rápida y caótica, pero lejos de ser el sueño de cualquier mujer. Ahora todo sería distinto. Porque ya no detestaba a Dante, y la esposa del heredero debía lucir como lo que era: la reina al lado del futuro rey. Esa mañana no que

