La punzada en el pecho de Gabriella llegó sin aviso, como una corriente fría que le recorrió todo el cuerpo. Dante la notó antes de que ella misma pudiera procesarlo. Su rostro perdió color y sus labios se entreabrieron buscando aire. Él dio un paso al frente de inmediato, casi al mismo tiempo que una mano fuerte se posaba en su espalda. —Solecito, mírame —murmuró Dante, su voz fue baja, controlada pero cargada de preocupación. Ella no pudo. La vista le daba vueltas. Era demasiado. Ver a su madre y a su padre en esas camas blancas, conectados a máquinas, convertidos en sombras de lo que había visto en las fotografías… su mente simplemente colapsó. Dante llamó al médico y Massimo, pálido por primera vez en mucho tiempo, la tomó suavemente del brazo para ayudarla a salir de la habitación.

