Capítulo 2

1016 Words
El olor a lirios y a tierra húmeda era asfixiante. Me ahogaba. Estaba de pie, vestida de un n***o tan profundo que parecía absorber la poca luz de aquel día gris, mirando cómo bajaban el ataúd de mi padre a la fosa. A mi alrededor, un murmullo de condolencias vacías, rostros compungidos que en el fondo sentían alivio de no estar en mi lugar. Hipócritas. Muchos de ellos le habían dado la espalda cuando su mundo se vino abajo. Mi único familiar, aparte de mi hermano, había muerto. El pensamiento me oprimía el pecho como una losa de granito. No te angusties por mí, papá. Descansa junto a mamá. Mentira. Sabía que mamá nunca descansó en paz. La pena la consumió, la apagó como una vela en tormenta. Y ahora él… a él no lo mató la tristeza. Lo mató la desesperación. Lo mataron ellos. Los Rodger. Los haré pagar. No fue un grito, fue un juramento silencioso que germinó en lo más oscuro de mi alma. Un veneno que, en lugar de matarme, me dio propósito. Uno por uno, pagarían por lo que le hicieron a mi familia. Los últimos meses eran un torbellino de recuerdos borrosos: la caída de mi padre tras la “adquisición hostil” orquestada por Fernando Rodger, un término elegante para disfrazar un robo a plena luz del día. La desesperación se instaló en nuestra casa como un huésped permanente: las llamadas de los acreedores, las miradas de lástima de los vecinos, la venta de los muebles que mamá tanto había amado. Y en medio de esa caída, empezaron a llegar los sobres. Blancos, sin remitente, con fardos de billetes en su interior. Al principio, nada más. Luego, junto al dinero, apareció una nota escrita con una caligrafía elegante y precisa: "Tus hijos son lo único que queda de ella." Vi a mi padre llorar al leerla. Yo no entendí, pero sí el alivio y la confusión en su rostro. Ese dinero anónimo nos mantuvo a flote. Pagó facturas. Compró tiempo. Pero era un respiro prestado, con un precio más alto de lo que imaginábamos. Luego vino el accidente de Max. Un coche que “perdió los frenos”. Un conductor que nunca apareció. Mi hermano alegre y vibrante quedó atrapado en un sueño incierto. Fue el golpe final para mi padre. Se rindió. Una noche, su corazón simplemente dejó de pelear. Y ahora estaba allí, en su entierro, sola. O casi sola. Sentí una presencia a mi lado. No era de los dolientes hipócritas. Era una sombra firme, fría, poderosa. Alcé la vista y me encontré con unos ojos grises, tan cortantes como el acero. Un hombre alto, traje impecable, tan caro como un año entero del salario de mi padre. No lo conocía, pero supe al instante quién era. El benefactor. El hombre de las notas. No habló. Se quedó a mi lado, guardián silencioso mientras caía la última palada de tierra. Cuando todos se marcharon y solo quedamos frente a la tumba, por fin dijo algo. Su voz era grave, un susurro que partía el aire. —Él no merecía esto. Y ella tampoco. “Ella”. Mi madre. El nudo en mi garganta se hizo insoportable. —¿Quién es usted? —pregunté, rota. —Un viejo amigo de tu madre —respondió, con la vista fija en la lápida—. Un hombre que cree en el equilibrio. En que toda deuda, tarde o temprano, debe saldarse. Se giró hacia mí. Por primera vez vi algo más que hielo en sus ojos: un dolor antiguo, escondido. Su nombre era Ulises Twitchell. —La familia Rodger te ha quitado todo, Ginger —dijo, bajando la voz, íntimo, casi conspirador—. Tu futuro, tu hermano, tu padre. Te han dejado con nada. Pero la nada es un lugar poderoso desde el cual empezar. Se inclinó. Sus labios cerca de mi oído. El mundo desapareció. Solo quedábamos él, yo, y el peso de la tierra sobre el ataúd. —Acaba con ellos —me susurró. No fue una propuesta. Fue un decreto. Una llave que abría la única puerta que me quedaba. Venganza. Justicia. Aniquilación. Llámalo como quieras: era un camino. Y lo acepté. Ese mismo día, Ulises me sacó del pueblo. Me instaló en un apartamento de lujo en la capital. Me abrió las puertas de una fortuna que apenas comprendía. Y comenzó mi transformación. Durante tres años dejé de ser Ginger Smith, la huérfana rota. Me convertí en un proyecto. Aprendí idiomas, finanzas, protocolo, defensa personal. Me entrenó para moverme con la elegancia de una bailarina y atacar con la ferocidad de un animal acorralado. Estudié a los Rodger hasta conocerlos mejor que a mí misma: Fernando, el patriarca; Emiliano, el heredero; Soraya, la cuñada ausente; Gabriel, el hermano roto por otro “accidente”. Sus gustos, sus debilidades, sus secretos. Todo. Ulises fue mi mentor, mi escultor. Me moldeó a su antojo hasta que no quedó ni rastro de la chica que lloró en un funeral. Me convirtió en Aimar Murray. Sofisticada, impecable, con un currículum brillante y las credenciales perfectas para entrar como la nueva secretaria personal del CEO de Rodger Corp. El amor que Ulises me tenía era evidente, aunque nunca lo dijera. Un amor posesivo, paternalista. El de un creador por su obra maestra. Pero él sabía, como yo, que mi corazón solo latía por dos cosas: el recuerdo de mi familia y el odio ardiente hacia la suya. El sonido del tren de aterrizaje me arrancó del recuerdo. El avión privado de Ulises descendía sobre la ciudad que sería mi coto de caza. Afuera, los rascacielos se alzaban como lápidas de cristal. En algún lugar de esa jungla estaba Fernando Rodger, ignorante de la tormenta que estaba a punto de caer sobre su cabeza. Me acomodé la falda de mi traje de diseño, un arma más en mi arsenal. La chica del funeral quedó enterrada junto a su padre. La que llegaba ahora era Aimar. Y no venía a llorar. Venía a cobrar una deuda de sangre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD