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Perfidia

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Blurb

Bajo la impecable fachada de Aimar Murray, una secretaria letalmente eficiente, se esconde Ginger Smith, una mujer consumida por un único propósito: la venganza. Su objetivo es Fernando Rodger, el enigmático magnate a quien culpa de haber destrozado su pasado. Su plan es infiltrarse en su vida, seducirlo y arrebatarle todo lo que él valora, tal como él hizo con ella.

El campo de batalla es la lujosa oficina de Fernando, y el arma principal, la seducción. Pero cada caricia calculada y cada beso planeado la acercan peligrosamente a una verdad inesperada: el hombre que juró destruir despierta en ella una pasión que creía muerta. Pronto, la línea entre la actuación y el sentimiento real comienza a desdibujarse, poniendo en jaque toda su misión.

Mientras Aimar avanza en su juego perverso, las piezas a su alrededor se mueven de formas impredecibles. El hijo de Fernando, Emiliano, queda fascinado por ella, presentando una nueva y tentadora vía para sembrar el caos. Al mismo tiempo, una misteriosa figura del pasado de Ginger, un aliado clave en su plan, la observa desde las sombras, recordándole el precio de la deuda que debe cobrar.

A medida que se adentra en los secretos más oscuros de la familia Rodger, Aimar descubre que la tragedia que la define es mucho más compleja de lo que parece. En un laberinto de mentiras, poder y traiciones, se verá forzada a cuestionarlo todo.

¿Hasta dónde llegará por su venganza? Y cuando la verdad finalmente salga a la luz, ¿quién resultará ser el verdadero traidor?

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Capítulo 1
No secundo ni justifico los hechos que aquí se cuentan. Cada acción pertenece a sus personajes y carga con las consecuencias de sus decisiones. Esta historia tiene un alto grado de realismo y puede contener escenas fuertes. Se recomienda discreción. El ronroneo del motor era un murmullo sordo y constante, un lujo que contrastaba con el nudo helado en el estómago de Ginger Smith. Como cada mañana desde hacía tres años, un sedán n***o de cristales oscuros la esperaba frente a su casa modesta. El cuero de los asientos olía a dinero y a poder, un perfume al que estaba aprendiendo a acostumbrarse. Ese olor era un recordatorio de lo que se avecinaba: el mundo en el que estaba a punto de infiltrarse para prenderle fuego. A su lado viajaba Abril, su amiga de la infancia, la única cuerda que aún la mantenía atada a una realidad que se desvanecía cada día. Miraba por la ventanilla, aunque en realidad no veía nada; su mirada estaba perdida en la misma preocupación que les apretaba el pecho cada vez que hacían este trayecto. Dejaron atrás las últimas calles del pueblo y tomaron la carretera que trepaba hacia la montaña. El aire se volvía más puro, el paisaje más verde y salvaje. La clínica aparecía entonces como una joya de cristal y acero clavada en la ladera: un refugio exclusivo para los ricos que podían darse el lujo de esconder sus tragedias. Para muchos, era un mito. Para Ginger, el epicentro de su dolor. El coche se detuvo con suavidad insultante. El chofer, impasible, abrió la puerta sin decir palabra. El silencio de la clínica era casi absoluto, solo interrumpido por el zumbido de la ventilación y el eco de sus pasos sobre el mármol. El aire olía a desinfectante mezclado con flores frescas, un intento inútil de disfrazar el verdadero aroma de enfermedad y desesperanza. La habitación de Max estaba al final del pasillo. Desde el ventanal se veía el valle, aunque él no podía disfrutarlo. Yacía en la cama, inmóvil, hundido en un sueño del que los médicos dudaban que despertara. Su rostro, antes lleno de vida y picardía, era ahora una máscara serena, demasiado serena. Las máquinas respiraban por él con un ritmo constante, marcando el paso lento y cruel del tiempo. Abril se acercó primero. Se sentó al borde de la cama y besó su mejilla con ternura. —Buenos días, dormilón —murmuró acariciando su cabello—. Hoy el sol brilla fuerte. Deberías despertar para verlo. Ginger se quedó unos segundos en la puerta, juntando fuerzas. Ver a su hermano así era una tortura diaria, una herida abierta que nunca cerraba. Max, su protector, su cómplice, reducido a un cuerpo inmóvil. Se acercó y tomó su mano, tibia pero sin vida. La apretó con fuerza, como si en ese gesto se le escapara una súplica y una promesa. —Hermano —su voz le salió rota—. Es hoy. Abril levantó la vista de golpe, con los ojos abiertos por la alarma. —¿Hoy? —Sí. Ulises me envió las instrucciones anoche. Ha llegado la hora. El miedo se reflejó en el rostro de Abril. Sabía quién era Ulises Twitchell, ese benefactor que había aparecido de la nada para costear la mejor clínica del país y darle a Ginger un futuro. Sabía también del entrenamiento secreto: idiomas, finanzas, combate, seducción, manipulación. Pero había confiado en que el momento nunca llegara. —Tan pronto... —susurró, mirando de nuevo a Max, como si esperara que él respondiera. Ginger trató de sonreír con un aire torcido. —Será mejor que al volver ya estés despierto, Max. Cásate con mi amiga de una vez, o te juro que se la van a robar. Abril se sonrojó, sorprendida. —No pensé que lo notaras. —Te conozco desde que usabas pañales, Abril. Sé lo que sientes. —La voz de Ginger se suavizó un instante, mostrando a la chica que alguna vez fue antes de convertirse en un arma—. Por eso te pido que cuides de él hasta mi regreso. Confío solo en ti. Abril la abrazó con fuerza, temblando. —Lo haré, claro que lo haré. Pero tengo miedo. Lo que Ulises te pide… esto no es un juego. —Lo sé. —El rostro de Ginger se endureció en una máscara de decisión—. Y no es venganza lo que busco. Es justicia. Justicia para Max, para nuestros padres, para todo lo que nos arrebataron. Se inclinó de nuevo hacia su hermano, sus palabras un susurro cargado de veneno. —La familia Rodger… esos miserables ahora mismo estarán desayunando en su mansión, posando de filántropos y ejemplos a seguir. Es hora de que el mundo descubra quiénes son en realidad. Ulises le había dado las herramientas. Desde que lo perdió todo, él había sido su guía en las sombras, un aliado con el mismo enemigo. A cambio, solo había pedido su lealtad. —No estaré sola, Abril. Todo está planeado. —Pero serás tú quien esté frente a Fernando Rodger —replicó Abril, temblando—. Tú serás quien tenga que mirarlo a los ojos y mentirle. El nombre la atravesó como un látigo. Fernando Rodger. El patriarca. El hombre al que iba a destruir desde dentro. Apretó la mano de su hermano hasta que sus nudillos palidecieron. Recordó su risa antes del accidente, antes de que los Rodger cruzaran su camino. La imagen se deshizo, reemplazada por la de su cuerpo inerte. —Los voy a tener a mis pies —dijo con la voz helada—. A Fernando, a su hijo Emiliano, a todos los cómplices que les ayudaron. Les arrancaré lo que aman, lo que han construido. Y bailaré sobre las cenizas de su imperio. Soltó la mano de Max. Ya no era Ginger Smith. Ulises le había dado un nuevo nombre: Aimar Murray. Una mujer sofisticada, entrenada, letal. Un arma lista para disparar. —Debo irme. El vuelo sale en tres horas. Se inclinó, le besó la frente y cerró los ojos un instante. —Volveré, Max. Y cuando lo haga, seremos libres. Te lo juro.

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