El viento estaba helado esa mañana, así que me puse mi suéter gris favorito, el de cuello alto. El jean me quedaba un poco suelto, pero cómodo. Me até el cabello en una trenza rápida y ajusté mis lentes. Caminaba rumbo a la mansión de mi tío Elliot con el estómago un poco revuelto: hoy tendría mi primera clase de manejo. No quería hacer el ridículo. Cuando crucé la verja de la entrada, lo primero que escuché fue una voz pequeña y feliz. —¡Azul! Diego, el pequeño de Jen y Elliot, corrió hacia mí y me abrazó con fuerza. Tenía doce años, pero seguía siendo un torbellino de energía. Sus ojos marrones y su sonrisa eran un calco perfecto de su madre. —¿Podemos jugar antes de que manejes? —preguntó, con esos ojitos esperanzados. —Otro día, cariño. Prometido. Hoy me toca conducir por primera

