Alessandro Del Pino.
Nunca me había gustado demasiado dar sorpresas, pero esta vez algo dentro de mí me impulsó a hacerlo. Terminé la universidad antes de lo previsto y no podía esperar ni un mes más. Necesitaba verlos. A mis padres. A mis hermanos. A mi hogar. Después de cinco años, Londres ya no me retenía.
—¿Estás nervioso? —me preguntó Federico, ajustándose la chaqueta mientras salíamos del aeropuerto.
—No lo suficiente —respondí, aunque sentía el pecho apretado.
Él rió, como siempre.
—Vamos, Alex. Después de cinco años, seguro que te reciben como a un rey.
—Mi madre me abrazará hasta dejarme sin aire —dije, y sonreí sin poder evitarlo.
Federico Cisneros era lo más parecido a un hermano que había encontrado fuera de casa. Nos conocimos el primer semestre en la universidad, y aunque al principio fui reacio, su lealtad y humor me ganaron. Aaron siempre será mi mejor amigo, pero Federico había demostrado estar cuando más lo necesité.
—¿Estás seguro de que está bien que me quede contigo un tiempo? —me preguntó mientras subíamos al coche que nos recogió.
—Federico, por favor. Mi padre va a encantarse cuando le cuente del proyecto y de tu padre como posible inversor. Esta es tu casa también.
En menos de media hora, el coche cruzó los enormes portones de la mansión. El aire familiar, el olor de los jardines, la fachada que no había cambiado nada… todo me golpeó con fuerza.
—Ahí vamos —murmuré, tragando saliva.
Al llegar me encontré con la mujer más importante en mi vida mi madre. Se veía hermosa con su cabello castaño y esos bello ojos tono miel.
—Alex — Me saludó con un fuerte abrazo—Estás más guapo. Más flaco. Más… tú.
—Y tú más bonita. Pero eso no es novedad.
Ella rió. Luego notó a Federico detrás de mí.
—¿Y tú debes ser Federico? Bienvenido, cariño. Pasa, estás en tu casa.
—Gracias, señora Jen —respondió él con educación.
En ese momento, se escucharon pasos en la escalera.
—¿Alex? —dijo una voz que reconocí al instante.
Elliot, mi padre, bajaba con su porte impecable. A su lado, Elizabeth con sus diecisiete bien llevados y una expresión dulce. Diego, el más pequeño, venía como una bala.
—¡Alex, Alex! ¡Volviste! —gritó Diego, lanzándose a mis brazos.
Lo levanté con fuerza.
—¡Estás enorme! ¿Qué te están dando de comer?
—Pastel. ¡Ayer fue el cumple de Azul y hubo tres! —respondió riendo.
—¿Azul tuvo fiesta? —pregunté sorprendido.
—Sí, una grande. Papá le regaló un coche rojo. Súper guay —agregó Diego.
—¿Un coche? —alcé las cejas mirando a mi padre.
Elliot solo sonrió y me dio una palmada fuerte en la espalda.
—Bienvenido a casa, hijo. Ya hacías falta.
—Gracias, viejo. Yo también los extrañaba.
Elizabeth me abrazó, algo tímida pero sincera.
—Te extrañamos mucho. Mamá no paraba de hablar de ti y de tu regreso.
—Y yo a ustedes. Ya casi eres una mujer, Ellie —le guiñé un ojo.
—¡Y ya no soy un bebé! —agregó Diego.
—Eso dicen todos los bebés —me burlé.
Elliot se cruzó de brazos y nos miró a todos.
—Vamos, entren. Hay café y seguro algo de postre quedó de ayer.
Después de la cena —rica, abundante y cargada de ese sabor casero que tanto había extrañado— subí a mi habitación. Todo seguía igual. La cama, las estanterías, incluso las fotos en la pared. El tiempo parecía haberse detenido allí.
Federico, con una toalla al hombro, salió de su habitación justo al lado de la mía.
—Tío… ¿esta gente es real? —soltó entre risas—. Tu madre me abrazó dos veces. Tu hermana me preguntó si necesitaba algo. Y tu hermano menor... ¡me ofreció pastel como cinco veces!
—Eso es normal aquí —sonreí, apoyándome en el marco de la puerta.
—Mi padre no cena conmigo desde que cumplí quince. Y la esposa número doce está en Dubái gastándose su tarjeta. Tu vida parece una película.
—Nunca tuve niñera —le dije encogiéndome de hombros—. Mamá se ocupó de todo. Y mi padre... bueno, él es ese tipo que va a tus partidos, a tus obras escolares, que te escucha aunque no entienda lo que dices. No me puedo quejar.
Federico se cruzó de brazos con una sonrisa pícara.
—¿Ya quieres ver a Bianca?
Rodé los ojos.
—Fede, no empieces.
—Vamos, pronto serás un hombre casado —bromeó, alzando las cejas.
Me reí con ironía y me dejé caer en la cama.
—¿Casado con Bianca? Ni en mis peores pesadillas. Aún recuerdo cómo empezó todo, hace cinco años… Bebimos demasiado esa noche. Terminamos en mi cama. Al día siguiente, mi padre nos encontró juntos y se puso como loco. Bianca es su sobrina, ¿recuerdas?
—Vaya escena. ¿Y desde entonces estás enredado con ella?
—Sí. No fue amor, fue… físico. El sexo era bueno, lo admito. Pero ella… es insoportable. Celosa, caprichosa, manipuladora. Y cuando me fui a la universidad, empezó con su historia de que le prometí matrimonio. Lo repitió tantas veces que mis propios padres empezaron a creerlo.
Federico silbó, asintiendo lentamente.
—Hermano, estás metido hasta el cuello.
—No sabes cuánto —murmuré, mirando al techo.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—No lo sé. Pero lo que sí tengo claro es que no voy a dejar que nadie decida por mí. Ni siquiera ella.
Federico me dio una palmada en el hombro.
—Entonces más te vale tener un plan. Porque si Bianca huele una grieta, va a colarse por ella con una boda bajo el brazo.
Suspiré, sintiendo que el verdadero reto de volver… apenas empezaba.
Federico empezó a curiosear entre las fotos colgadas en la pared. Algunas eran viejas, otras más recientes. Se detuvo en una en particular, riéndose por lo bajo.
—A ver, a ver… —se giró con la foto en la mano—. ¿Quién es esta niña tan mona? ¿Tu novia tiene una hermanita ?
Me acerqué a ver la imagen. Era una de mis fiestas de cumpleaños, tendría unos doce años. Estábamos Bianca, Aarón, Azul y yo, todos sonrientes, llenos de pastel y globos detrás.
—Esa es Azul… —solté entre risas.
Me reí mientras me dejaba caer en la cama.
—Azul… sí, de niña era guapísima. Pero ahora… no sé. Parece sacada de un catálogo de ropa antigua. Siempre tan seria, tan... apagada.
—¿No te la tirarías?
—¿Azul? —solté una carcajada— Ni loco. No sabría si besarla o preguntarle la hora. Con ese aire de monja triste…
Federico soltó una risa fuerte.
—Eres un desgraciado.
—Solo soy honesto. Azul es la típica chica que no sabes si existe hasta que estornuda en una esquina. Nunca se arregla, nunca habla, nunca se mete en nada… es como el fantasma amable de la mansión, pero mi papá la adora así que no te acerques es su consentida.