Azul
Llegué a la mansión de mi tío Elliot, y aunque él siempre había sido mi refugio, no podía evitar sentirme incómoda en esos eventos familiares. El organizo una pequeña cena para celebrar mi cumpleaños.
Mi padre, Bruno, nunca estuvo para mí de la forma en que estuvo para Bianca. Siempre me hacía sentir como si no importara.
Desde que tengo uso de razón se casó con otra mujer y se alejó de nosotras. Aunque para Bianca siempre estuvo presente. Todos los fines de semana venía a buscarla y se la llevaba, le entregaba regalos y yo quedaba mirando como tonta. Mamá me consolaba o permitía que me vaya con mi tío Elliot. Él es primo de mi papá y es la razón por la cual no me quite el apellido Morgan. Mi tito Elijan y Elliot son lo único bueno de este maldito apellido.
Papá siempre odio y envidio a Elliot principalmente porque mi Tito Elijan le dejo su fortuna a su hijo y a él lo dejo sin absolutamente nada. Sin embargo, se lo merece porque Bruno Morgan es el ser más miserable del universo. Elliot sin obligaciones siempre velo por mi mamá, Bianca y yo. A pesar de tener a su esposa e hijos él jamás nos desamparo.
Él siempre estuvo presente, en mis festivales, en mis cumpleaños, en mis momentos importantes. Él era el único que realmente me había tratado como alguien importante.
Vi a mi abuela Carla a lo lejos, la madre de Bruno. Ella me observaba con una expresión de desprecio. No perdía oportunidad de recordarme lo poco que valía, y hoy no era la excepción.
—¿Azul?. No te reconozco, qué desarreglada estás —dijo con voz crítica.
La ignoré, como siempre lo hacía. Bianca no tardó en acercarse a mí, lanzándome una mirada de superioridad.
—¿Por qué no intentas vestirte mejor, hermanita? Es que no tienes ni idea de cómo impresionar a la gente —dijo, con esa sonrisa suya que siempre me ponía los pelos de punta.
No respondí, como siempre. Bianca nunca entendió que no me importaba su opinión.
En ese momento, mi tío Elliot se acercó a mí, con esa sonrisa cálida que siempre me hacía sentir querida. Jen, su esposa, me dio un regalo: un collar hermoso, sencillo, pero que me hizo sentir especial. Me lo colgué al instante. Era un collar de zafiro precioso.
—Es para ti, querida —dijo Jen con cariño.
El gesto de Elliot me conmovió. Él siempre estuvo ahí para mí, y nunca me hacía sentir menos que nadie. Aunque Bianca nos observaba con desdén, no me importaba en ese momento.
Observé a Elizabeth, la hija de Elliot. Era una joven de cabello castaño y ojos verdes con matices marrones, una belleza serena y cálida. Elizabeth siempre fue amable conmigo, y a veces me sentía como si ella fuera la hermana que nunca tuve (Bianca no cuenta como hermana cuando se trata de cariño). Al lado de ella estaba Diego, el menor de los hijos de Elliot, con los mismos ojos cafés de su madre. Los dos son mis primos no como el pesado de Alessandro, el hijo mayor de Jen, pero él no es hijo biológico de mi tío Elliot siempre intente verlo como primo, pero fue insoportable conmigo de patito feo no me bajaba.
La familia de Elliot, a pesar de las diferencias, me hacía sentir un poco más parte de este caos llamado familia. Sin embargo, a pesar de estar rodeada de cariño, algo en mi interior seguía roto, y me era difícil no pensar en todo lo que había pasado con Aarón y Bianca.
Entonces, Bianca, como siempre, aprovechó la oportunidad para darme un golpe bajo, acercándose a Elliot con una sonrisa falsa.
—Pronto seré como tu hija, ¿verdad, tío Elliot? Cuando me case con Alessandro, seré parte de la familia —dijo, mirando a mi tío con ojos de suficiencia.
Elliot no dudó en responder.
—Sí, Bianca, pero a pesar de Alex las dos son parte de mi familia.
Bianca no dijo nada más y fingió una sonrisa conmigo. Siempre ante los demás fingía que me quería.
Mi tío Elliot me una cajita roja con un listón la abrí emocionada y eran las llaves de un carro. Yo estaba en shock
—Es para ti, Azul —dijo con una sonrisa—. Lo guardé para este momento. Te lo mereces.
Sentí una mezcla de gratitud y sorpresa. No esperaba algo tan grande. El coche era un regalo monumental, algo que jamás habría imaginado recibir. Me sentí muy afortunada, pero también algo culpable. ¿Realmente lo merecía?
Entonces, Bianca explotó.
—¿¡Qué!? —gritó, claramente furiosa—. ¡Eso no es justo! ¡El coche debería ser mío! ¡Yo soy la que se va a casar con Alessandro!
La forma en que se quejó fue tan evidente, que me sentí incómoda.
—Elliot, no creo que sea necesario. Azul tiene que aprender a ganarse las cosas por sí misma —dijo mi mamá quién se acercó a nosotros con un tono suave, pero firme.
Ella siempre ha sentido pena de que Elliot nos mantenga, prácticamente. Entiendo su punto, pero no puedo olvidar en pensar como siempre ha permitido que Bruno y la abuela me hagan menos. Incluso recuerdo como me sentí cuando él le regaló el coche a Bianca hace años por su cumpleaños número 18.
Elliot no dudó ni un segundo en responder.
—Mara, ella se lo ha ganado. Azul es buena estudiante y una mujer maravillosa, mi sobrina más pequeña. No todo tiene que ser por esfuerzo, a veces la familia está para apoyarse sin esperar nada a cambio.
—Fue mi idea y mi esposo estuvo de acuerdo — Afirma Jen
Bianca, furiosa, no pudo contenerse.
—¡Eso no es justo! —gritó, y con una actitud arrogante se acercó a Elliot—. Si Azul tiene un coche, yo también quiero uno.
Elliot la miró, sin perder la calma, y negó con la cabeza.
—No, Bianca. No vas a recibir un coche de mi parte. Azul tiene su regalo, y es algo que ella merece. Tú padre ya te obsequio uno y no acepto gritos ni cuestionamientos en mi casa.
— Lo siento, tío.— Ella se disculpa.
Bianca se quedó callada, pero su cara reflejaba un rencor profundo. Me sentí un poco culpable, pero no podía evitar pensar que, en el fondo, todo lo que había hecho mi tío Elliot era solo un intento de darme algo que yo nunca había recibido de mi propio padre y no era algo material sino amor.
Al final, mi madre no dijo nada más. Solo me miró con una mezcla de preocupación y resignación. Pero al menos, esa noche, me sentí algo más querida, aunque el peso de las expectativas familiares seguía rondando sobre mí.
Elizabeth me tomó de la mano con una sonrisa emocionada rompiendo la tensión.
—¡Ven, Azul! —exclamó—. Tienes que ver esto.
Salimos juntas de la casa. Allí estaba: un coche impresionante, de un rojo brillante que parecía encenderse bajo el sol. Me quedé paralizada, sin saber si correr o llorar.
Mi tío Elliot y Jen estaban junto al vehículo. Elliot, con una enorme sonrisa, extendió las llaves hacia mí.
—¿Te gusta? —preguntó, con ese brillo orgulloso en los ojos que siempre me hacía sentir segura.
—¿Es... es para mí? —pregunté, casi sin aliento.
—Claro que sí, cariño —respondió Jen, acariciándome el cabello—. Feliz cumpleaños.
Sin pensarlo dos veces, corrí hacia ellos y los abracé a los dos con fuerza.
—¡Gracias! ¡No saben lo que significa para mí! —dije, con la voz entrecortada.
Elliot rió bajo.
—Sabemos exactamente lo que significa, Azul —dijo, besándome la frente—. Y prepárate, porque también voy a enseñarte a conducirlo. No pienso dejar que nadie más te enseñe.
Elizabeth aplaudió emocionada a mi lado.
—¡Va a ser increíble, Azul! ¡Nos vamos a escapar juntas en ese coche nuevo! ¡A mí también me enseñarás, papá!
— Ni lo pienses, Ellie. Ni siquiera tienes la mayoría de edad.
Me reí, aún temblando de la emoción. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo era realmente mío. Que alguien me veía, que alguien pensaba en mí no como una carga, sino como alguien valiosa.
Desde lejos, vi la mirada furiosa de Bianca, pero no me importó. Aquella noche era mía.
Y no pensaba permitir que nadie me la arruinara.