Totalmente contrariado, manejé hasta mi casa, sin poder procesar la repentina molestia que sentí de solo ver al hombre que reclamaba detrás de la reja de la casa de Marissa, sentí volver la misma sensación que me embargó el día que encontré a Antonella con Julián en la oficina de este. Una tristeza inexplicable me comprime el pecho y al mismo tiempo ira e impotencia por no saber qué sucede en realidad en la vida de Marissa. Llegué a casa con el desánimo marcado, pues Ana apenas me vio arrugó el rostro y sin proferir palabra alguna me ayudó a quitarme el abrigo hasta que me vio subir las escaleras hacia mi habitación. - ¿Vas a cenar algo? –llama mi atención parada al pie de las escaleras-. - No, solamente llévame un té por favor -le respondo retomando mi camino-. -

