—¿Qué diablos te sucede? — Grito Anna furiosa por lo que aquel salvaje había hecho, no podía creer que fuera capaz de tratarla así.
Por un instante Gabriele sintió algo de culpa, a fin de cuentas, ella estaba un poco herida física y emocionalmente, pero decidió hacer caso omiso, le dio una mirada fría para luego responder —Aprende a obedecer y no tendré que obligarte a hacerlo.
—No eres mi puto amo, te juro que pagaras por esto. —Anna se dirigió al baño para poder cambiarse, esta vez Gabriele se había salido con la suya.
—Sí, lo que sea…—Respondió el saliendo del lugar, tenía muchas ocupaciones y no quería seguir perdiendo el tiempo con esa malcriada.
Ese mismo día Gabriele se reuniría con su padre y con Alessandro, tenían negocios que planear; al llegar los vio hablando animadamente.
—Hijo, bienvenido ¿por qué tardaste tanto? —pregunto su padre.
—La hija de Alessandro decidió darme problemas esta mañana. —Gabriele lo miro encogiéndose de hombros.
Alessandro suspiro con pesar — Por favor dale tiempo, todo esto es nuevo para ella y estar lejos de su casa lo dificulta aún más.
—Creo que no deberíamos esperar mucho tiempo y organizar el matrimonio de una vez, entre más rápido, mejor. —Intervino Massimo.
Inmediatamente Gabriele se tensó al escuchar aquello, aun no podía aceptar el hecho. —No deberíamos apresurarnos tanto.
Su padre le dio una mirada severa, no le gustaba cuando Gabriele le llevaba la contraria y mucho menos en público.
—La ceremonia será a fin de mes y la fecha no está sujeta a discusión. —puntualizo Massimo para no dar cabida a discusiones.
Alessandro decidió no opinar, sentía que había perdido toda autoridad ante los Visconti.
—Hablemos de nuestro primer cargamento de armas. —Gabriele cambio de tema, no quería perder los estribos ante las exigencias de su padre.
Alessandro comenzó a darles indicaciones de lo que debían hacer y su reunión llevo más tiempo de lo que pensaron, las horas pasaron hasta que llego la noche. Antes de irse, Gabriele le pidió a su futuro suegro las pertenencias de Anna, ella lo había requerido.
—Quisiera que Anna fuera a casa para despedirse de su hermano, también elegiría lo que quiere llevarse a su nueva vivienda. —Alessandro esperaba que le fuera concedido ese permiso.
—¿Despedirse? —pregunto Gabriele curioso.
—Así es, Kara y yo decidimos que nuestro hijo abandone el país para mantenerlo a salvo de esta guerra. —Explico.
—Te entiendo socio, aunque pensé que lo entrenarías para entrar al negocio en algunos años. Con tus conocimientos, podría consolidarse como tú lo hiciste. —Massimo dando su punto de vista.
—Prefiero que haga lo que el quiera con su vida, este mundo es demasiado peligroso y lo quiero vivo. —Alessandro defendió su postura.
—Está bien, Anna ira a despedirse, pero, acompañada de Gabriele.
—Así lo haremos, padre. —Este último no quería discutir.
—Gracias por permitirlo. — respondió Alessandro.
Unos minutos después se despidieron y cada uno agarró por su camino, como era habitual Gabriele paso por un trago a un Bar conocido donde se encontró nuevamente con Anette; comenzaba a pensar que esta lo estaba persiguiendo porque no creía realmente que fuera una coincidencia tantos encuentros fortuitos.
—Cariño, qué bueno verte de nuevo tan pronto. —Ronroneo acercándose a él.
Gabriele se aclaró la garganta con un gesto incómodo. —No estoy de humor. — le dijo tajante.
—¿Puedo ayudarte en algo? —Su voz melosa tratando de ser seductora. —Tal vez un buen masaje…
No la dejó terminar de hablar y casi le gruñó. —Te dije que no estoy de humor así que apártate de mí vista. —Gabriele siguió caminando hasta la barra tratando de poner distancia entre ellos dos.
Al ver esto, los ojos de Anette ardían en furia ¿Por qué o quién la estaba rechazando? Ella no pensaba dejarlo pasar, no era el juguete de nadie e iba a dejarlo claro.
—Me niego a creer que me estás tratando así porque de verdad estás comprometido, es tu momento de negarlo. —Dijo ella tras de él con los brazos en jarra.
Definitivamente eso logró captar la atención de Gabriele, el volteo para mirarla. —¿Qué dijiste? —Había escuchado bien, pero quería estar seguro.
—¿Es verdad que estás comprometido? —Podía sentirse la amargura en las palabras de Anette.
—Sí, es cierto. Voy a casarme, no sé cómo lo supiste, pero es verdad. —Respondió él encogiéndose de hombros como si nada, eso serviría para hacer que se alejara, aunque le gustaría saber cómo se enteró tan rápido.
Ella abrió su boca formando una "o" en sorpresa, no imaginó que aquello fuera cierto, es que no tenía sentido. Se quedó paralizada procesando la información ¿Cómo pudo esa insípida atrapar a Gabriele? La misma Anette no había podido, pero no lo dejaría ir tan fácilmente.
—¿Qué le viste a esa aparecida? Soy mucho más hermosa y… — fue interrumpida.
—Déjame en paz de una maldita vez o le pediré a mis hombres que se encarguen de ti —Gruño Gabriele, harto con la situación —Cuando quiera sexo te buscare, solo para eso me sirves.
Con la rabia corriendo por cada centímetro de su ser, Anette se dio la vuelta dispuesta a marcharse con el orgullo herido, pero haciendo el juramento de que Gabriele Visconti pagaría por aquella humillación.
A la mañana siguiente Anna estaba de mejor ánimo, afrontaría su destino de una forma u otra, aunque eso significaba estar encerrada en aquella mansión, se dio una ducha para luego vestirse con un top blanco y jeans. La tarde anterior le habían hecho llegar una maleta de ropa y aunque no era ni una tercera parte, le serviría por ahora. Se colocó un poco de maquillaje, preocupada por su aspecto pálido.
Cuando estuvo lista bajo a desayunar; para su sorpresa, Gabriele la observó entrar al comedor, no esperaba aquella aparición repentina. Anna tampoco pensó encontrarse con él, pero a fin de cuentas era su casa así que tendría que soportarlo.
—Buenos días —Saludo ella con educación para luego tomar asiento al otro extremo del comedor, mientras más lejos, mejor.
—Hola Anna — respondió en tono neutral.
El silencio entre ambos era incómodo, sus encuentros previos habían estado lejos de ser agradables, sin embargo, Gabriele tenía algo que decirle.
—Esta noche iremos a tu casa, pasaré a recogerte a las 8, debes estar lista y no hacerme esperar. —Su tono áspero y sin emoción.
Ella lo miró con evidente confusión en el rostro —¿Me dejaras volver a casa? —un atisbo de esperanza en su corazón.
Gabriele sonrió con burla. —No, recuerda que eres mi nueva mascota. —Anna lo fulminó con la mirada. —Iras por un par de horas a despedirte de tu hermano.
Cada vez entendía menos —¿Puedes ser más específico? — Ella estaba perdiendo la paciencia.
—Tus padres lo enviarán al extranjero y quieren que vayas a despedirte. —Soltó la información sin filtro. —Harán una cena esta noche e iré contigo para evitar que te escapes.
Anna sintió un vacío en su estómago, de pronto comenzó a sentirse triste y algo abandonada, eran varios pensamientos los que rondaban en su cabeza. Sus padres protegían a su hermano, pero a ella la casarían por la fuerza, además estaba viviendo con un desconocido. Quien dijera que los padres no tienen favoritismo entre sus hijos, estaba equivocado.