Emmeline medianamente se tranquilizó cuando vió que el camino que estaba tomando la señora Elena era en dirección opuesta a la salida, estaba dirigiéndose a las escaleras.
Se aclaró la garganta antes de romper el silencio.
—¿Puedo preguntar por las antiguas niñeras de Lucile?
—La pequeña solo tuvo cuatro niñeras a su cuidado en los últimos años, todas ellas fueron despedidas por irrespetar las reglas de la mansión.
—Entiendo.
—Sé que lo hace, señorita Emmeline —Elena le dió una mirada—. Pero no solo se trata de incumplir con lo que se le demanda como empleada, sino también la falta de responsabilidad ante el poder que se le está dando.
—¿A qué se refiere en particular?
—Responsabilidad afectiva, señorita Lawson —respondió Elena, deteniéndose—. La madre de Lucile la abandonó hace años, la única presencia similar a una madre que tuvo fué su nana Adela pero falleció el invierno pasado y su ausencia en la mansión aún es palpable, sobre todo para la pequeña.
Emmeline sintió pena ante aquellas palabras, no podía imaginar lo que debía ser para una niña pasar por penas y pérdidas como aquellas, siendo tan pequeña.
Elena se cruzó de brazos.
—¿Entiende que posiblemente Lucile busque formar un vínculo afectivo más profundo con usted y lo devastador que sería para ella ser abandonada otra vez por alguien a quien quiere solo por no soportar lo que implica vivir aquí?
Le dió una mirada severa que Emmeline no se tomó personal, solo estaba siendo protectora con la pequeña Lucile.
La joven inhaló profundamente antes de suspirar.
—Entiendo lo que está diciéndome, señora Elena. Comprendo lo que significa la pérdida y el abandono de las personas que amas, sobre todo siendo una niña inocente. Cuidaré a Lucile de cualquier situación y de todo aquello que pueda hacerle daño, tiene mi palabra.
Las palabras de Emmeline fueron sinceras al igual que lo que le transmitió su mirada a la señora Elena. La mujer suspiró, suavizando su expresión.
—Es una niña muy dulce y amable, señorita Lawson, sea buena con ella —sus palabras parecían esconder un ápice de imploración.
Emmeline asintió.
Ambas retomaron el paso.
—En caso de ser seleccionada, ésta será su habitación por un periodo de prueba de unas semanas —se detuvo frente a una puerta oscura y la abrió con una llave—. Si a Lucile le agrada, permanecerá en la mansión.
Dió un paso atrás, indicandole a Emmeline que podía pasar. La joven dió una mirada a su alrededor, no era una habitación muy grande pero tampoco era pequeña, se veía acogedora y cómoda.
—Debo confesarle… —Emmeline se volvió hacia la señora Elena—... que no tengo experiencia previa cuidando de niños, pero le doy mi palabra que…
Elena alzó su mano, deteniéndola.
—Descuide, señorita Emmeline —pronunció con voz suave—. Sé todo lo que necesito.
Emmeline asintió.
—¿Cuándo conoceré a Lucile?
—Su clase terminará en unos minutos —le dió una mirada al reloj en la pared—. Iré por ella.
—De acuerdo.
La señora Elena se marchó, dejando sola a la joven. Emmeline avanzó lento por la habitación, detallandola.
Había una cama con sábanas limpias, un escritorio, un armario, una puerta que daba a un baño individual y completo, una alfombra color vino, una ventana que daba al jardín trasero y las paredes tapizadas eran de un agradable color crema.
—¡Hola!
—¡Aaah! —Emmeline brincó en su lugar llevando su mano a su pecho.
La pequeña frente a ella cubrió su boca con su palma, intentando contener su sonrisa traviesa ante el susto de Emmeline.
—Santo Dios —murmuró, sintiendo su ritmo cardíaco volviendo a la normalidad.
—Lo siento, no quise asustarte —se disculpó la niña de voz suave.
—Descuida —Emmeline le sonrió, acercándose a ella y arrodillándose a su lado—. Tú debes ser Lucile. Eres una niña muy hermosa —halagó.
La pequeña de seis años llevaba un vestido azul oscuro, opaco, el cual resaltaba su tez clara. Tenía unos grandes ojos grises rodeados por espesas pestañas, tan negras como su esponjoso cabello lleno de rizos.
—Tú también eres hermosa —pronunció la pequeña con cierta timidez que ensanchó la sonrisa de Emmeline.
—Pues gracias. Me llamo Emmeline —le tendió su mano con amabilidad y la niña la tomó.
—¿Has venido a cuidarme? —preguntó, inclinando su rostro ligeramente a un lado, llevando sus manos tras su espalda.
—Tal vez, ¿qué te parece la idea?
Lucile frunció su boca, pensativa.
—¿Sabes hacer galletas?
—Galletas, pasteles, sé hornear cosas muy deliciosas.
Los grandes ojos grises de la niña se abrieron con cierta emoción ante la idea y una pequeña sonrisa curvó sus labios.
—¿Y cuentas cuentos como mi nana Adela?
—Mmh, puedo intentarlo.
—Niña, aquí estás —la señora Elena volvió a la habitación y Emmeline se puso de pie—. ¿Te presentaste ante la señorita Emmeline?
—Sí. Dijo que soy hermosa, Elena.
—Porque lo eres —le dió un suave pellizco en la punta de la naríz—. ¿Por qué no vas por tu abrigo y acompañas a la señorita Emmeline a caminar por el jardín?
Miró a la joven.
—Así podrán conocerse mejor.
Emmeline asintió.
Lucile se vió animada ante la idea y tomó a Emmeline de la mano, llevándola con ella.
Ambas se tomaron su tiempo mientras caminaban por el jardín, hablando sobre lo que a Lucile le gustaba y Emmeline respondiendo a sus preguntas. Había una conexión invisible entre ambas, se agradaban mutuamente y era evidente.
En un momento, Emmeline tuvo la sensación de estar siendo observada. Su mirada buscó la causa de aquello, creyendo por un instante que tal vez era solo su imaginación, pues no había nadie cerca. Hasta que sus ojos dieron con una silueta ensombrecida frente a uno de los ventanales de la mansión.
La respiración de Emmeline se detuvo por un instante y estrechó su mirada intentando distinguir mejor de quién se trataba, pero no pudo, y la figura se alejó de la ventana dejando que la cortina la cubriera.
No tuvo que pensarlo mucho para entender que se trataba de Lucien Hawthorne y un estremecimiento le recorrió el cuerpo entero.
No muchos minutos después, la señora Elena salió a buscarlas al jardín, preguntando a Lucile qué le parecía Emmeline. La pequeña tiró de su falda con la intención de que esta se inclinara para decírselo al oído y Emmeline sonrió ante el gesto. Una tímida Lucile se escondió tras Elena, ocultando una sonrisa.
—¿Y bien?
—Dice que le agrada —respondió la señora Elena. Lucile tiró de su falda—. Y quiere saber si ella le agrada a usted.
Emmeline sonrió con ternura.
—Por supuesto que sí.
Y sin la necesidad decir nada más, todo quedó más que claro.
Tanto Elena como Lucile quedaron encantadas con la amabilidad y la dulzura de Emmeline, así como la joven adoró a la pequeña de rizos desde el primer momento que la conoció.
Con el tiempo entenderían que esa conexión inexplicable que las unió desde el primer momento no era más que el destino mostrándoles que siempre habían estado destinadas a encontrarse.
Y, inevitablemente, conquistar el corazón de la otra.