IV

1438 Words
Mientras Emmeline seguía a la señora Elena hacia la cocina, sus profundos ojos azules revoloteaban sobre los detalles de la sofisticada mansión. El imponente interior estaba envuelto en un espeso silencio, el cual permitía distinguir el tenue sonido de los pasos sobre el suelo de madera oscura mientras avanzaban por un extenso pasillo de techos altos. Los enormes ventanales estaban cubiertos por extensas cortinas que apenas permitían el paso de la luz exterior. Entre aquellos muros de tonos apagados y elegantes tapices, el aire se sentía inmóvil y el silencio denso. El frío invernal se enredaba con la penumbra y la soledad manteniendo la mansión Blackthorne detenida en el tiempo. Parecía intencional el intentar mantener la mansión sumida en aquella quietud sepulcral y carente de vida. Se sentía completamente opuesta a la sensación cálida, vibrante y hogareña que envolvía las calles del pueblo. Emmeline no pudo evitar pensar que entre tanta elegancia había un toque de desolación. En aquél rincón lejano no era más que una sombra de lo que alguna vez pudo haber sido, empeñada en perderse en la oscuridad y el aislamiento, rechazando cualquier atisbo de vida y calidez. En la cocina, la señora Elena puso una tetera de porcelana en la estufa y le hizo una seña a Emmeline para que tomara asiento. —La mansión es impresionante —halagó ella, sin ocultar cuán deslumbrada estaba. —Lo es —asintió la mujer, ocultando una sonrisa ante el inocente asombro de la joven—. Pertenece a los Blackthorne desde hace décadas, fué una de las familias fundadoras del pueblo. Las cejas de Emmeline se arquearon sutilmente. —Vaya. Con razón es tan deslumbrante ¿Fué construída a las afueras de Coldbourne por algún motivo en particular? —Privacidad —respondió con simpleza la señora Elena—. Los Blackthorne siempre fueron una familia muy reservada. —Ya veo —Emmeline asintió comprensiva. Entendió que el misterio que envolvía a Lucien Blackthorne había sido arrastrado desde generaciones pasadas. Elena dejó la taza de té caliente frente a Emmeline, quien le agradeció mientras le añadía dos terrones de azucar. El calor de la taza contra sus manos y el sabor dulce de la infusión, por un instante, le hicieron recordar cómo se sentía el que una vez había sido su hogar. Era una casa pequeña y carente de lujos, pero era cómoda y siempre recibía cálidamente a todo el que entraba. No era deslumbrante, pero para ella no existió lugar mas acogedor. Aunque, al mismo tiempo, fuera escenario de la clase de recuerdos que prefería abandonar junto a su antiguo pueblo. Dentro de la mansión Blackthorne no llegaba el frío invernal, pero el ambiente no era del todo cálido, ni acogedor. No se sentía como un hogar. —Venga conmigo, encenderé la chimenea —le indicó Elena y Emmeline la siguió hasta la sala llevando su taza de té. La sala era igual de inmensa y espaciosa, los muebles eran antiguos pero se conservaban relucientes. La iluminación cálida de las lámparas en las paredes realzaban los detalles de madera oscura, acentuando el aire antiguo y sofisticado. Al notar ciertos detalles, Emmeline sintió que algo no encajaba. Las paredes presentaban espacios vacíos, como si antes hubieran albergado cuadros que ahora faltaban, y sobre la elegante chimenea, un vacío aún más evidente. Esa ausencia la hizo preguntarse si quizás había algo en el pasado que alguien intentaba borrar con ese gesto silencioso. —¿Usted también vive aquí? —No. Mi hogar está en el pueblo, con mi familia. Vengo aquí a cuidar la mansión y a Lucile mientras encontramos una niñera adecuada —respondió Elena en un tono calmo. Emmeline llevó sus ojos azules a los enormes ventanales que enmarcaban parte el denso bosque que rodeaba la mansión, sintiendo una palpable soledad ante la lejanía con el pueblo, el ruido y las personas. —Es una propiedad enorme para tan solo dos personas —no pudo evitar comentar. La señora Elena la miró brevemente, sus ojos parecían ocultar algo. —Porque desde el principio fué construída para una familia numerosa, señorita Emmeline. Aunque muchas cosas han cambiado con el paso del tiempo —agregó con un suspiro, evitando la mirada de la jóven, pero Emmeline no tuvo que escuchar nada más para entender lo que le ocurría. La señora Elena llevaba años trabajando para la familia Blackthorne, desde que Lucien era un niño. La confianza y la lealtad que la familia le tenía la habían vuelto la testigo silenciosa de todo lo que sucedía entre los muros de la mansión. Inevitablemente, también había construído un vínculo afectivo con esa familia, impidiéndole ser ajena tanto a los momentos de felicidad como a los recuerdos tristes. Sentía nostalgia al ver en lo que se había convertido la mansión en la última década, tras tantas penas y pérdidas, no era más que un símbolo de decadencia. Emmeline bebió un sorbo de té antes de aclarar su garganta. —Quería saber… si conoceré al señor Blackthorne. —¿Por qué lo pregunta? —la señora Elena la miró con intriga, dejando el atizador junto a la chimenea antes de ocupar un lugar en el sofá de enfrente. El ambiente se sintió más ligero. —Pensé que él sería quien me entrevistara, dado que me dará la confianza de cuidar de su hija creí que al menos querría conocerme en persona. —Eso no será necesario —aseguró Elena—. El señor Blackthorne es un hombre observador, estará pendiente así usted no lo vea seguido. Además, soy muy cuidadosa con mi elección. Aunque sean pocas las personas que se presentan en la puerta no quiere decir que vaya a poner a cualquiera a cuidar de Lucile. —Entiendo —asintió Emmeline. —Su principal tarea, en caso de ser seleccionada, será cuidar de Lucile y ser para ella una compañía agradable. Será algo exigente pues permanecerá a su lado en todo momento durante gran parte del día —remarcó—. Cinco días a la semana, durante dos horas, recibimos a una institutriz que se encarga de su educación. En cuanto a la mantención de la propiedad y la cocina, esa es mi tarea. Lo más importante y primordial para usted deberá ser velar por el bienestar de la pequeña Lucile, en todo sentido. —Sí, así será —aseguró la joven, entendiendo la enorme responsabilidad que eso significaba. —No podrá abandonar la mansión, solo durante sus tiempos libres. Y, lo más importante, tiene prohibido acercarse al ala este —enfatizó—. Es allí donde se encuentra el señor Blackthorne y a él no le agradan las personas entrometidas invadiendo su privacidad. ¿Tendría algún problema con eso? Emmeline entendía por qué era tan rigurosa al respecto, dado el carácter del señor Blackthorne. —Para nada. Todo mi interés y atención estarán puestos en Lucile. La señora Elena suavizó su expresión, satisfecha ante su respuesta. —No recibimos visitas, por lo que vivirá en aislamiento constante. La señora Elena utilizaba un tono calmo mientras hablaba con Emmeline, aunque su postura transmitía autoridad y seriedad, mientras su mirada escrutadora buscaba en el rostro de la joven algun signo de duda o vacilación, evaluando su determinación y compromiso. —Nadie vendrá a verme, se lo aseguro. No tengo familia, ni personas cercanas en Coldbourne. Ni en ningún otro lugar, pensó, bebiendo otro sorbo de té. —¿Usted acaba de llegar al pueblo no es así? —Elena cambió de tema. —Sí. —Entonces supongo que ya la habrán puesto al tanto de los rumores que se dicen sobre el señor Blackthorne. —Bueno… —Puede ser sincera, señorita Emmeline —le pidió con voz suave. La joven dejó la taza en la mesa frente a ella y entonces asintió. —Así es. —¿Puedo saber por qué aún así se presentó? ¿Por qué alguien tan joven como usted está dispuesta a vivir en un lugar como este y seguir las estrictas reglas que este empleo demanda? Emmeline no tuvo que pensar mucho su respuesta. —No soy la clase de persona que se deja influenciar por lo que hablan los demás. Cuando ví el anuncio supe que era la oportunidad que estaba necesitando y nada iba a impedir que la tomara. No tengo problema con las reglas y realmente me encantaría ser niñera de Lucile. Tras un instante de silencio, la señora Elena se puso de pie. —Sígame. Emmeline pestañeó, quieta, viéndola alejarse hacia la puerta antes de rápidamente seguirla, preguntándose internamente si su respuesta había sido la adecuada o solo estaba escoltandola a la salida.
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