Capítulo 5

1535 Words
Elara Brooks El paisaje de Blue Ridge se deslizaba fuera de la ventana, una mancha interminable de verdes y grises que ya había perdido la cuenta de cuántas veces había contemplado. Un fin de semana de "descanso y unión familiar", lo habían llamado. Para mí, era solo una jaula más elegante, con mejor vista. El suspiro se me escapó antes de poder contenerlo. A mi lado, en el asiento del copiloto, mi madre adoptó ese tono agudo y predecible, el preludio de una tormenta que siempre terminaba empapando a mi padre. —Jack, te lo dije. La ruta panorámica es un desvío inútil, solo vamos a llegar tarde y tus hermanas se pondrán locas, como siempre. —Helena, por una vez en tu vida, relájate. Es para "conectar con la naturaleza", ¿no recuerdas? —replicó él, con los nudillos blancos sobre el volante. —Mamá, por favor, no peleen. Estamos bien, recuerden que nosotros somos los menos exploradores de la familia —intervine; mi voz fue un intento fallido de tregua. —¡Tú no te metas, niña! —me cortó mi padre, sin apartar los ojos de la carretera. A mis veinte años, "niña" sonaba a insulto. No era una niña. Era una estudiante de la Universidad de Atlanta que pasaba sus noches sirviendo café en una cafetería para ahorrar cada centavo. Chasqueé la lengua y me hundí en el asiento. Inútil. Siempre era inútil. Jack y Helena. Sus nombres sonaban a una promesa rota. Discutían por todo, por nada. A veces pensaba que su único punto en común era su incapacidad para soltarse. ¿Y yo? Yo era el pegamento que mantenía unido el fracaso. La hija adoptiva que les daba una razón para no romperse. Me querían a su manera, supongo, pero su amor era un nudo que nos ahogaba a los tres. Mi madre me dijo una vez que aparecí en su puerta un día de lluvia, desnuda dentro de una canasta rara. Un milagro para una pareja que no podía tener hijos. Mi padre, un hombre de manos callosas y espalda curvada por la construcción. Mi madre, una reina de un hogar que se sentía demasiado pequeño. Nunca me faltó nada, y por eso les agradecía con una lealtad que sentía como una cadena. Pero cada día que pasaba, solo anhelaba el título universitario. La llave de mi propio apartamento. La libertad para que ellos finalmente encontraran el valor de divorciarse y yo pudiera respirar. Me perdí en el zumbido de mis propios pensamientos, en el cálculo de las semanas que me quedaban de cautiverio. Cuando volví a la realidad, el zumbido se había convertido en un grito. —¡No puedo creer que seas tan irresponsable! ¡Le estabas escribiendo a esa mujer, lo sé! —chilló mi madre, y su voz, cargada de una certeza venenosa, atravesó mi neblina mental. —¿Estás loca? —se exaltó mi padre, su rostro encendiéndose—. ¡Elara viene atrás! ¿Cómo puedes…? Una humedad caliente me quemó los ojos. ¿Infiel? ¿Mi padre? La imagen del hombre que me enseñó a montar una bicicleta se fracturó en mil pedazos. —Por favor… ya no… —Supliqué, mi voz salió como un hilo roto. Pero para ellos, había desaparecido. —¡No quiero que se te vaya a salir algo delante de mi familia, Helena, ¿entendiste! —siseó mi padre, una amenaza baja y peligrosa. Mi madre lo asesinó con la mirada. —¿O si no qué? ¡Ya estoy harta! ¡No puedo más! ¡No te soporto, Jack! —gritó, y el sonido fue tan crudo que sentí la vibración en mis huesos. —¡Entonces, ¿por qué no se divorcian! —solté yo. Las palabras salieron disparadas, como un proyectil silencioso en medio de su guerra. El auto se llenó de un vacío absoluto. Ambos se giraron, sus rostros reflejando un asombro ofendido. Por primera vez, el foco estaba en mí. Pero en ese instante, algo se movió en el bosque. No era una sombra. Era una masa de vida, un ciervo de un tamaño imposible, cuernos como ramas retorcidas. Cruzó la carretera con una lentitud majestuosa. —¡Cuidado! —grité, mi corazón dió un vuelco en mi pecho. Mi padre no estaba mirando al frente. Sus ojos estaban clavados en mí, castigándome. Gritó y giró el volante con fuerza. Sentí cómo las ruedas perdían el agarre, un aullido de goma contra el asfalto. El mundo se convirtió en un torbellino de cielo y tierra. Cerré los ojos, llevándome las manos a la cara, esperando el impacto, el metal retorciéndose, el silencio final. Pero no llegó. En su lugar, un calor me recorrió como una fiebre. Una energía ardió bajo mi piel, una fuerza que oprimía mis pulmones y, de repente, estalló desde dentro. No era dolor. Era liberación. Una liberación violenta y aterradora. El coche dejó de girar. El silencio fue absoluto. Bajé las manos, temblando. Miré por la ventana. Mi cuerpo se tensó hasta el dolor. El auto estaba inmóvil, detenido a pocos centímetros de un roble gigantesco. A su alrededor, el aire vibraba con una energía roja y carmesí, un escudo de luz palpitante que nos sostenía en el aire. Era hermoso y aterrador. Y provenía de mí. Otro golpe, esta vez rudo y seco. El auto cayó al asfalto con un estrépito que me hizo saltar en el asiento. Salimos los tres, tropezando. Parpadeé, tratando de procesar lo que mis ojos veían. ¿Cómo era posible? Entonces miré a mis padres. Ya no estaban discutiendo. Estaban abrazados, unidos por el terror puro, y sus ojos estaban clavados en mí. No me miraban como a su hija. Me miraban como a un monstruo. —T… tú… lo hiciste —balbuceó mi madre, su voz fue un susurro helado de pánico. Negué con la cabeza, un gesto frenético. —No. Yo no… ¿Cómo podría…? —Te vimos —soltó mi madre, su voz como un chillido rasgado—. Estabas brillando rojo… como… como un demonio. Sus palabras me golpearon con la fuerza de un puñetazo físico. A pesar de que la energía aún zumbaba bajo mi piel, una parte de mí se negaba a creerlo. Mis labios tiritaron, un temblor incontrolable que nada tenía que ver con el frío de la montaña. —Soy Ely. Tu hija. Su hija —repetí; el sonido de mi propio nombre fue una súplica desesperada. El pánico de mi madre era una criatura viva, con ojos desorbitados y respiración agitada. Mi padre, en cambio, estaba congelado en un bloque de hielo de terror. No decía nada, y su silencio era peor que cualquier grito. —No eres nuestra hija. Eres adoptada. La frase no fue un grito. Fue una sentencia. Fría, precisa, y me atravesó el pecho como una daga afilada. El aire abandonó mis pulmones. —¡Vámonos, Jack! —gritó mi madre, agarrándolo del brazo y jalándolo como si yo fuera una plaga. Yo no lo podía creer. Me quedé allí, paralizada, mientras mi mundo se desmoronaba. —¿Qué eres? —preguntó mi padre, y su rostro era una máscara inerte, la de un hombre que miraba a un fantasma. Negué con la cabeza, un movimiento torpe y sin sentido. —No sé qué pasó —admití, las lágrimas finalmente rompieron mis defensas—. Papá, mamá… por favor. Pero ya no me miraban. Me miraban a través de mí, como si la hija que criaron hubiera sido una ilusión borrada por el destello rojo. —Aléjate de nosotros —dijo mi padre, su voz temblorosa pero firme—. No te queremos cerca. Si alguien sabe lo que hiciste, vendrán tras de nosotros. La policía… la televisión… Vete. Vete lejos. Hablaba como si estuviera en una película, una de esas de superhéroes que tanto le gustaban. ¿Poderes? ¿Yo? La idea era tan absurda como el terror que me consumía. Subieron al auto con una urgencia animal. Yo corrí tras ellos, sobre el asfalto frío y rugoso. —Por favor, no… no me dejen —alcancé a decir; mi voz sonó rota por el esfuerzo y las lágrimas. Pero el motor rugió y el auto se alejó, dejándome en una nube de humo y polvo. Corrí hasta que mis pulmones ardieron y mis piernas se negaron a seguir. Me detuve en medio de la nada, sollozando, llevándome las manos a la cabeza. ¿Qué acababa de suceder? ¡El auto flotaba, carajo! Y estaba sola. Completamente sola. Me obligué a respirar, inhalando el aire frío en bocanadas profundas. Tranquilízate. Tal vez ellos reflexionaran. Tal vez se darán cuenta de que actuaron por miedo. A pesar de todo, era su hija. Tenían que volver. Me di esos ánimos como si fueran un medicamento. Esperar. Esperaría aquí un rato. Y así lo hice. Me senté en una enorme roca cubierta de musgo a un par de metros de la carretera. Por fortuna, todavía tenía mi celular en la mano, y la batería estaba casi llena. Un ancla a la normalidad. Si en una hora no regresaban, llamaría al 911. Una hora. Solo una hora. Ese era el plan.
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