Llegamos a la empresa y mis tacones resonaron en el mármol del lobby. Anisha caminaba a mi lado, demasiado tranquila para mi gusto, observándolo todo como si estuviera de paseo en un museo. Xavier nos dejó ahí con dos escoltas y se marchó a resolver sus asuntos. Al entrar en el ascensor, ella se recostó contra la pared con los brazos cruzados. —De verdad… ¿estás enamorada de ese alemán? —preguntó con un tonito burlón, casi infantil, pero con veneno detrás. —No te interesa —respondí sin mirarla, pulsando el botón del piso veinte. Ella soltó un suspiro exagerado, como si fuese una actriz de teatro. —Venga, Emma, no seas aburrida. Me tienes aquí, abandonada, sin amigos, sin familia… al menos dame un poco de drama romántico. ¿El alemán te gusta o no? —No —solté—. Y no tienes derecho a me

