Cedrik Conduzco por Moscú con los nudillos blancos aferrados al volante. La ciudad pasa frente a mí como un borrón gris, luces frías reflejándose en el parabrisas. Estoy irritado, tenso, con esa presión en el pecho que solo aparece cuando algo —o alguien— ha cruzado una línea que no debía. Llego a una bodega en las afueras. Grande, oxidada, aparentemente abandonada. El lugar perfecto para alguien como Demian Fox. Apago el motor y bajo del coche. El aire huele a metal húmedo y petróleo viejo. Camino hacia la entrada sin apuro; cuando llegas con intención de matar, no hay prisa. Demian Fox me espera dentro. Ese imbécil con el que hice negocios durante años. El mismo al que toleré demasiado tiempo. Mi empresa siempre traficó armas. Desde que salí de la universidad tomé la herencia de mi

