Iñigo Romanov He manejado varias horas el avión para llegar a Polonia.El rugido constante de los motores no logra acallar mis pensamientos. Ya la quiero ver:Emma Sato se me ha metido en la cabeza como una herida que no cierra.Pienso en sus ojos, en la forma en que me miran como si supieran demasiado.En su boca, siempre desafiante.En su piel, marcada, indomable. No es deseo común, es hambre. —Estás completamente loco —me dice Demian desde el otro asiento—. Esa mujer está jugando contigo. ¿Por qué revelaría su ubicación? —Porque quiere que la encuentre. Demian me observa como si por fin entendiera con quién está encerrado a miles de metros del suelo. —Eso no prueba nada —replica—. Podría ser una trampa. —No —digo con calma— Se me desnudo en la cámara ella me desea tanto como yo a el

