El viento soplaba con fuerza aquella noche, arrastrando hojas secas por las calles vacías del distrito financiero. Las luces de los rascacielos seguían encendidas, pero en el piso treinta y dos de un edificio de cristal, la oficina de Adrián Salazar estaba en completa oscuridad.
Adrián permanecía sentado frente a su escritorio, mirando el reflejo de su propio rostro en la pantalla negra de su computadora.
Un hombre que alguna vez había sido admirado.
Un hombre que ahora estaba destruido.
Hace apenas dos años, Adrián era considerado uno de los empresarios más prometedores del país. Su empresa tecnológica había crecido de manera explosiva. Inversionistas internacionales querían trabajar con él, los bancos lo buscaban para ofrecerle líneas de crédito millonarias y las revistas de negocios publicaban su rostro en sus portadas.
Pero el éxito, como un castillo de arena frente al mar, puede desaparecer con una sola ola.
Y la ola llegó.
Una mala inversión.
Luego otra.
Después una traición.
Su socio principal desapareció con millones de dólares de la empresa. Los inversionistas retiraron su apoyo. Los bancos exigieron pagos imposibles.
En menos de seis meses, todo se derrumbó.
Ahora Adrián estaba endeudado hasta el cuello.
Había vendido su apartamento, su auto y casi todas sus propiedades para pagar parte de lo que debía. Aun así, la cifra seguía siendo monstruosa.
Cuarenta millones.
El teléfono de su escritorio vibró.
Miró la pantalla.
BANCO CENTRAL – COBRANZAS
Adrián dejó que sonara hasta que se detuvo.
Luego suspiró profundamente.
—Se acabó… —murmuró.
Tomó su abrigo y salió de la oficina por última vez.
El ascensor descendió lentamente hasta el lobby del edificio. Cuando las puertas se abrieron, Adrián caminó hacia la calle sin mirar atrás.
La lluvia comenzaba a caer.
Las gotas golpeaban el pavimento como si el cielo mismo estuviera descargando su furia.
Adrián caminó sin rumbo durante varios minutos. No tenía casa a la cual regresar, ni empresa que dirigir, ni futuro que planear.
Solo un vacío enorme.
Finalmente llegó a un pequeño parque que casi nadie visitaba por las noches.
Las luces eran débiles y algunas estaban rotas. El lugar parecía abandonado.
Adrián se sentó en una banca mojada.
Por primera vez en años, sintió miedo.
No miedo a perder dinero.
Miedo a no tener absolutamente nada.
—¿Así termina todo? —susurró mirando al suelo.
El viento sopló con más fuerza.
Las ramas de los árboles crujieron.
Entonces ocurrió algo extraño.
El aire se volvió más frío.
Mucho más frío.
Adrián levantó la cabeza.
Al otro lado del parque, alguien caminaba lentamente hacia él.
Era una figura alta.
Demasiado alta.
Vestía un largo abrigo oscuro que parecía moverse aunque el viento no lo tocara.
Los pasos resonaban en el pavimento mojado.
Tac… tac… tac…
Adrián frunció el ceño.
El parque estaba vacío hacía apenas un momento.
La figura se detuvo frente a él.
El rostro estaba oculto bajo una sombra que parecía absorber la luz de la farola cercana.
—Una noche difícil… ¿no crees? —dijo una voz profunda.
Adrián lo observó con cautela.
—No tengo dinero —respondió con cansancio—. Si quieres robarme, estás perdiendo el tiempo.
La figura soltó una leve risa.
Una risa baja.
Inquietante.
—No vine por tu dinero, Adrián Salazar.
Adrián se congeló.
—¿Cómo sabes mi nombre?
La figura dio un paso más cerca.
Y por un instante, Adrián juró ver algo imposible.
Los ojos.
Brillaban.
Como brasas encendidas dentro de la oscuridad.
—Porque llevo mucho tiempo observándote.
Un escalofrío recorrió la espalda de Adrián.
—¿Qué quieres?
La figura inclinó ligeramente la cabeza.
—Ofrecerte una oportunidad.
Adrián soltó una risa amarga.
—¿Una oportunidad? ¿En serio?
—Exactamente.
El desconocido extendió su mano lentamente.
—Puedo devolverte todo lo que perdiste.
Adrián lo miró con incredulidad.
—Eso es imposible.
La voz respondió con calma.
—Nada es imposible… cuando haces el trato correcto.
El viento volvió a soplar.
Las luces del parque parpadearon.
Adrián sintió que algo dentro de él… algo oscuro… comenzaba a despertar.
—¿Qué clase de trato? —preguntó finalmente.
La figura sonrió.
Una sonrisa que no parecía humana.
—Uno que te garantizará poder… riqueza… y un ascenso que jamás volverá a caer.
Hizo una pausa.
Y luego dijo las palabras que cambiarían su vida para siempre.
—Pero todo poder… tiene un precio.
Adrián no lo sabía aún.
Pero aquella noche…
acababa de conocer a la entidad que controlaría su destino.