El contrato

774 Words
La lluvia seguía cayendo sobre el parque vacío, golpeando el suelo con un ritmo constante que parecía marcar el paso del tiempo. Adrián Salazar no podía apartar la mirada de la figura que estaba frente a él. Algo en ese hombre —o lo que fuera— resultaba profundamente inquietante. No solo eran los ojos. Era la sensación. Una presencia pesada, como si el aire alrededor se hubiera vuelto más denso. —¿Qué clase de oportunidad? —preguntó Adrián finalmente. La figura inclinó la cabeza con calma, como si hubiera estado esperando exactamente esa pregunta. —Una oportunidad de recuperar todo lo que perdiste… —respondió la voz grave— …y mucho más. Adrián soltó una risa amarga. —¿Mucho más? Perdí cuarenta millones de dólares. Perdí mi empresa. Perdí mi reputación. Nadie puede arreglar eso. La figura dio un paso hacia adelante. Las luces del parque parpadearon. Por un segundo, la oscuridad pareció tragarse todo. —Yo sí puedo. Adrián frunció el ceño. —¿Quién demonios eres? El desconocido guardó silencio durante unos segundos. Luego habló. —Alguien que entiende muy bien el valor de la ambición humana. El viento sopló entre los árboles. Las ramas crujieron. Adrián se levantó de la banca lentamente. —Si esto es una broma, no estoy de humor. La figura extendió una mano. Y algo extraño ocurrió. Del aire mismo… comenzó a formarse un objeto. Primero apareció una sombra. Luego líneas oscuras. Después papel. Un documento completo surgió frente a los ojos de Adrián como si estuviera siendo escrito por manos invisibles. El empresario retrocedió un paso. —¿Qué…? El contrato flotó lentamente hasta caer en sus manos. El papel era grueso, antiguo. Las letras estaban escritas con una tinta negra tan oscura que parecía absorber la luz. Adrián leyó la primera línea. “ACUERDO DE ASCENSO Y PODER.” Su corazón comenzó a latir más rápido. —Esto no puede ser real… —Oh, es muy real —respondió la figura con calma. Adrián siguió leyendo. El documento prometía cosas imposibles. Riqueza ilimitada. Poder empresarial absoluto. Éxito garantizado en cada negocio que emprendiera. Era absurdo. Pero lo que realmente llamó su atención fue la cláusula final. “El firmante acepta cumplir las condiciones establecidas por la Entidad cuando estas sean requeridas.” Adrián levantó la mirada. —¿Qué condiciones? La figura sonrió levemente. —Nada que un hombre verdaderamente ambicioso no esté dispuesto a aceptar. Adrián apretó el papel entre sus dedos. —Eso no responde mi pregunta. La figura caminó lentamente alrededor de él. —Cada cosa a su debido tiempo. El empresario sintió un escalofrío recorrer su espalda. —¿Y si me niego? La respuesta llegó sin dudar. —Entonces mañana despertarás exactamente igual que hoy. La voz hizo una pausa. —Arruinado. Endeudado. Olvidado. Adrián sintió un nudo en el estómago. La entidad continuó. —Tus acreedores tomarán lo poco que te queda. Tus antiguos socios se reirán de tu caída. Y dentro de unos años, nadie recordará siquiera tu nombre. El silencio cayó entre ellos. La lluvia seguía cayendo. Adrián miró el contrato otra vez. Una parte de él sabía que aquello era una locura. Pero otra parte… una parte más profunda… estaba escuchando algo diferente. Una oportunidad. Una segunda vida. —¿Qué tengo que hacer? —preguntó finalmente. La figura volvió a detenerse frente a él. —Firmar. Adrián tragó saliva. —¿Y ya? La sonrisa del desconocido se ensanchó ligeramente. —Por ahora. De su bolsillo apareció una pluma negra. La colocó sobre el documento. Adrián dudó. El mundo parecía haberse detenido. La lluvia. El viento. Todo. —Una vez que firmes —dijo la figura suavemente—, tu destino cambiará para siempre. Adrián pensó en su empresa. Pensó en su vida destruida. Pensó en el futuro vacío que lo esperaba. Entonces tomó la pluma. La tinta era roja. Roja como sangre. —¿Cuál es tu nombre? —preguntó Adrián antes de firmar. La figura inclinó ligeramente la cabeza. Los ojos volvieron a brillar en la oscuridad. —Puedes llamarme… Hizo una pausa. —El Intermediario. El empresario respiró profundamente. Y finalmente escribió su nombre en el contrato. Adrián Salazar. En el instante en que la pluma terminó de trazar la última letra… El viento explotó con fuerza. Las luces del parque se apagaron. El contrato comenzó a arder en sus manos… sin fuego. Y la voz de la entidad resonó en la oscuridad. —El trato está hecho. Adrián no lo sabía aún. Pero esa noche… había vendido algo mucho más valioso que su futuro. Había vendido su destino.
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