Cuando Ivynna había cumplido veinticinco años, ya no lloraba. Solía hacerlo de joven, recordaba hacerlo mucho y todo el tiempo, como algo constante. Nunca supo porque lloraba, porque se sentía vacía o porque en ocasiones le atacaba la soledad, cuando realmente no lo estaba. Pero con el tiempo, comenzó a tener un tratamiento y dejó de hacerlo. Lo tomó un poco con ligereza y como un arma de doble filo, ahogaba sus penas en pastillas y le inducían en un estado anestésico y de amnesia temporal que le gustaba. Todo hasta que volvía a estar mal y volvía a tomarlas y volvía a acobijarse en su cama como si ésta le protegiera de sus males mentales.
Un día, Sylvie se le acercó y le comentó que toda su vida había esperado tener un vínculo distinto al que ella tuvo con su madre adoptiva, por eso los había criado así a ella y a Giuliano. Quería asegurarles que nunca les pasaría nada y que podían contar con ellos para lo que fuera. Y lo logró. Sin embargo, Ivynna creció y sus padres solo odiaban en lo que se había convertido, querían verla feliz, pero ella solo estaba dopada todo el tiempo. Con el pasar de los años, o los pocos años que comenzó aquel tratamiento, Ivynna dejó de irradiar la luz que irradiaba cuando no tenía ningún tratamiento. Pero eso parecía desde afuera. Ella lo repetía una y otra vez, su dolor estaba dentro, nadie lo veía. Y sentía que nadie la veía. Ella siempre había estado ahí pero nadie la había visto, solo la notaban cuando brillaba. Y solo brillaba cuando era feliz, pero en los momentos donde no lo hacía, nadie notaba que algo andaba mal. Entonces comenzó a sentirse presionada, no podía dar más y a menudo sentía que estaba harta de tener que fingir, harta de vivir en ocasiones, de respirar por inercia, de esperar que los demás pretendan algo de ella, harta de no poder cumplir con las expectativas del mundo.
De todas maneras, nadie supo hasta después que Ivynna en realidad sufría de un trastorno, la verdad es que Walter y Sylvie desconocían del tema y Giuliano solo pensaba que lo que hacía Ivynna era reacción y producto de la falta de medicación o de medicación en exceso.
De todas maneras, Ivynna no se pensaba tan loca. Tuvo un amigo que hablaba de otro lado que iba a un psicoanalista y había dejado de tomar la medicación, o mejor dicho, se lo habían ordenado, sin embargo lo veía más triste que a ella, o es porque ella era menos triste que él o porque hacía comparaciones en dos personas que reaccionaban de distintas maneras al mundo, pero en comparación, le parecía que el joven no había hecho realmente o no le había servido de nada dejar la medicación,
Luego conoció a otro amigo, que en realidad era de hace unos años atrás pero esta vez se habían reencontrado, y también le comentó que había dejado las pastillas, y se iba al psicoanalista, pero también notaba locura en él, en ciertas nimiedades.
Entonces se preguntaba si realmente las pastillas curaban, hacían mal, o solo te adormecían en el momento pero cuando fueras consciente de la realidad tendrías que vivir con ella. Pero ella no quería ser consciente de la realidad, o al menos no tanto. Por eso se levantaba de la mesa cuando hablaban de dinero, o cuentas o cualquier responsabilidad. Era como si ella rehuía a las obligaciones.
Su amigo una vez se lo dijo, ella siempre esperaba estar en la zona de confort y que las cosas vinieran por si solas, pero para que engañarse, eso realmente es lo que ella esperaba.
No quería ser cajera de un supermercado, no servía para otros trabajos, era bonita y quería usarlo, pero tampoco quería prostituirse, y como modelo ya estaba vieja. Y entre tantas cosas, lo más racional era ser escritora y terminar sus obras, una por una, ya que tenía veinticuatro obras en total bajo contrato y de todas debía sacar dinero. Nunca estuvo de acuerdo con trabajos normales, así que un trabajo atípico le venía bien. Pero cuando se lo contaba a alguien más, le extrañaba la manera en que reaccionaban, como si fuera de otro mundo o porque teniendo la oportunidad no iba a Estados Unidos a vivir, la respuesta era muy corta y sagaz, ella no quería desvincularse de su familia. Con sus padres lo tenía todo. No importaban las peleas, en el mundo bello todo era perdonado con Sylvie y Walter. Y cuando tienes esos padres, no quieres alejarte de ellos, porque estás tan bien realizada que no quieres irte. El único problema que tenía Ivynna era con su propia cabeza.
Por eso también hace tiempo que había dejado de querer tener un novio, sabía que un novio no le permitiría hacer lo que hacía, como drogarse, o no cuidarse, y sabía que tener un novio no le dejaría lugar para todos sus lujos que quería tener. Aunque en ocasiones podía vislumbrarse y atreverse a soñar despierta con alguno de sus pretendientes, pero solo eran eso, pretendientes. Por alguna razón siempre eran solo eso, quizás ella buscaba la excelencia y quizás ellos buscaban a alguien que no fuera ella. Lo cual es triste de pensar pero el mundo funcionaba así. De todos modos, Ivynna se había entrenado para no pensar en hombres, para que éstos no le amarguen la vida, ni vaya a derramar una lágrima por ellos. Y con el tiempo, fue cierto, no derramó lágrimas por ellos, sino por caprichos de todo tipo, a ella le molestaba profundamente no tener las cosas que quería, o que menosprecien su intelecto, odiaba las injusticias, pero lo que más le ponía triste era saber que no tenía suficiente dinero para llevar la vida que querría llevar. Y la vida de lujos que veía en series como Gossip Girl no podría imitar jamás. Y quizás ese era el peor de sus desastres, o el peor calambre de todos.