Walter había ido a pedir la mano, quizás de uno de los padres más severos que existieron, al padre de Sylvie. Pero Walter derrochaba algo que no se podía explicar, algo que le había de haber enseñado sus viajes o había nacido simplemente así. Él podía hacerte sentir que eras una persona que le caías bien y en el fondo, pensar que eras lo más lamentable del planeta. Sin embargo su rostro frente al mundo era fresco, con ímpetu, con una personalidad que destacaba donde fuera, tajante y respetuoso.
La madre de Sylvie resultó la más sorprendida, le habían cortado todas las formas de que su hija adoptada pudiera florecer y ahora aquella, a quien consideraban menos, había traído a un pretendiente a la casa, bien parecido, gerente de banco y con una casa céntrica y quizás solo la subestimaron. Sylvie tenía rasgos delicados, una nariz delgada y respingada, labios finos y cejas en perfecta asimetría con su rostro, no era una muchacha fea. Quizás para los cánones de belleza de la época la alejarían de poder creer más en ella misma si no tuviera padres que le habían sugerido que tomase cualquier pretendiente porque ella no era muy agraciada.
El padre de Sylvie aceptó a Walter solo por curiosidad, solo para tener la oportunidad de ver el rostro de su hija compungido volviendo a casa y contarles que no había funcionado. Pero aquello nunca sucedió.
Sylvie y Walter se casaron finalmente, y las malas lenguas quienes eran las compañeras de instituto de Sylvie comentaban que seguramente se estaba casando porque estaba embarazada, pero nada de eso era cierto. El primogénito del matrimonio nació un año después de la unión, había nacido sano, no le daba problemas, su marido tampoco, poco fue el tiempo en el que Walter llevó las finanzas del hogar y lo suficiente para delegarle tal tarea a su esposa.
Cuando el tiempo transcurría, Walter terminaba por confirmar diariamente que no había cometido mejor acción que aquella de casare con Sylvie. Sylvie fue un tiempo sirvienta, otro tiempo lo ayudó abriendo un negocio, otro tiempo lo ayudó con el gimnasio, hasta que finalmente consiguió un trabajo más estable y también lo ayudaba. Se encargó de la crianza de los niños solo ella y como Dios sabe que podría con todo, pero una vez, casi muere.
Había tenido que ser operada del apéndice, fue cuando Walter sintió el verdadero temor de perderla, dejó a los niños con su abuela y mientras tanto esperó que Sylvie se recuperara, por suerte, salió adelante, viva, pero le tocaba a Walter ayudarla, y eso hizo. Él le cambiaba los vendajes, él la limpiaba, él la ayudaba a caminar, él prácticamente fue su acompañante en esos días malos. No había duda que Walter y Sylvie habían pasado las mil y una, pero que se sorteaban la suerte de tenerse el uno para el otro.
Nadie comprendía del todo la unión, o su unión, mejor dicho. Porque solían ser ermitaños para otras personas, no tenían amigos, solo se tenían ellos mismos, y al crecer, sus hijos también se acoplaron a esa idea. Era como si ocultasen un secreto o un misterio, pero la realidad era que todos en la familia sabían lo que era salir del mundo bello, y nadie quería salir de él.
Giuliano salió del mundo bello un tiempo, y le costó mucho, se había vuelto alcohólico y se había enviciado con pastillas, se enamoró de una jovencita que no era de buenas costumbres y se alejaba de la familia, lo que hacía aún más difícil todo, porque era introvertido, no podía recibir ayuda si no la pedía. Lloró por caprichos y enojos como la furia. Pero lo que más le dolía era no haber nacido como sus amigos, ricos, sino clase media. Envidiaba a aquellos que tenían todo al alcance de sus manos, pero con el tiempo, Walter le consiguió un trabajo y todo parecía estar bien, pero entonces Ivynna fue quien salió del mundo bello a pasearse por el limbo. Y lo de Ivynna era más difícil, porque le habían diagnosticado depresión. Tenía sus días buenos y sus días malos, aunque la mayoría eran buenos, los malos opacaban totalmente a los buenos, quizás porque el ser humano tiende a notar más lo malo y abrazarse a él más que a lo bueno. Y de Ivynna fue una constante lucha, no sabía que podía pasar, pasaba de medicación a otra, antidepresivos, ansiolíticos, somníferos, pero el vacío no desaparecía, solo la dejaba seca, como un muñeco, estaba allí, pero no lo estaba en realidad, su alma no estaba con ella, perder su sensibilidad hacía que pierda su esencia, y fue en aumento, creció tanto esa parte que no sentía nada, que también dejó de sentir amor o lástima, y hería, y se hería. El mundo bello se tambaleaba sobre los juegos de un circo. Giuliano perdió su trabajo, Ivynna se perdía entre gritos y drogas, ya no existía el mundo bello, pero lo hacía, aunque no pareciera.
Existía el mundo bello cada vez que Ivynna peleaba con sus padres y volvía a reír en su reconciliación, cuando los abrazaba, cuando ellos la perdonaban, cuando Giuliano se reía y se calmaba. Cuando todo se estacionaba en las cosas buenas y los buenos momentos, allí seguía estando, el mundo bello. Pero era difícil notarlo, porque como dije, la miseria parece siempre pesar más que lo bueno.
Aunque con el tiempo Giuliano consiguió trabajo estable nuevamente e Ivynna cambió su medicación y comenzó a ser tratada, dejó de sentirse como una escoria drogadicta o dependiente, sus padres, Walter y Sylvie la ayudaron a que no cayera a un pozo depresivo de culparse por necesitar un tratamiento, que ellos la ayudarían a salir adelante, y así fue.
Daban paseos en el auto que se había comprado Walter con sus últimos ahorros, y de pronto parecía que nuevamente el mundo bello estaba allí, que jamás se había ido. Como si pudiese, se perjuraba que la familia no podía dañarse, porque existía amor y existía apoyo, pero el destino era cruel y de mal augurio.