LA SANGRE DEL CAOS

1022 Words
Tenía pocos segundos para actuar. Salté hacia atrás, con la daga quemándome la palma y el aliento atrapado en la garganta. Apenas mis pies tocaron el suelo, giré sobre mi eje y extendí el brazo, dejando el filo a milímetros de su cuello. Todo mi cuerpo vibraba. El aire me quemaba los pulmones como fuego abrasador, el mismo fuego que ardía en las pupilas del hombre que ahora estaba a mi merced. Escuché el chirrido de las sillas arrastrándose y espadas desenvainando; Sus generales se alzaron de inmediato, dispuestos a matarme. Pero él los detuvo con un simple gesto de la mano. Una sonrisa perversa y, peor aún, triunfante se dibujó en sus labios. No apartó la mirada. Me atravesaba con ella. Y el corazón se me hundió en el pecho. Había sido una farsa. y yo había caído redonda. Moriría en vano. Y peor aún, condenaría a mi pueblo con mi estupidez. Ese maldito hombre esperaba que alguien intentara matarlo. Había lanzado el anzuelo, y yo lo mordí como una ingenua. No estaba hastiado. Estaba esperando. Pero entonces otra pregunta se abrió paso entre el caos de mis pensamientos. Si era una trampa… ¿por qué no dejaba que me asesinaran? ¿Por qué detenerlos? ¿Qué pretendía? En ese microsegundo entendí algo fundamental: aún tenía una pieza en el tablero. Mientras respirara, tenía opción. Así que decidí jugármelo todo. Si yo había caído en su engaño… él también podía caer en el mío. Apreté apenas el filo contra su piel, lo suficiente para marcarlo. —No eres un dios… —sentencié con voz firme—. Ellos no sangran. Retiré la daga con lentitud deliberada. Un hilo de sangre descendió por su cuello, rojo intenso sobre su piel clara. La sala contuvo el aliento. La diversión en sus ojos se crispó por un instante. Apenas una fracción de segundo. Pero lo vi. Lo sentí. Después fue reemplazada por algo más peligroso. Una ráfaga oscura. Odiaba esa maldita sonrisa suya. Me revolvía las entrañas. Era descarada, maliciosa, ladina, arrogante. Una sonrisa que pertenecía a alguien que disfrutaba del caos. Di un paso hacia atrás. Cada músculo me pedía que huyera. Que atacara. Que hiciera algo. Pero hice lo inesperado. Incliné levemente la cabeza en una torpe reverencia. Me quedé de pie en medio del salón, fingiendo que aquello había sido parte de una exhibición. Parte del espectáculo. Como si jamás hubiera tenido intención de atravesarle la garganta. Esperé su veredicto. Seguramente me echaría como a las demás. Ya no lo tendría al alcance para matarlo. Pero quizá sería más fácil escapar de uno de esos cerdos de su guardia. Buscar sobrevivientes. Seguro huyeron al sur. Allí iría. Allí reconstruiríamos algo. La sangre se me fue al piso cuando lo vi ponerse de pie. Se alzó en toda su altura. Era más imponente de lo que había calculado. Hombros anchos y rectos. Espalda erguida. Andar seguro, casi fiero. No había prisa en sus pasos. No la necesitaba. Se acercó. Un paso. Luego otro. Contuve la respiración. ¿Qué demonios planeaba? ¿Arrancarme la cabeza con sus propias manos? No dudaba que fuera capaz. Por instinto giré el rostro cuando extendió la mano hacia mí con la intención de tocarme. No iba a permitirlo. No se lo tomó bien. Sus dedos se cerraron sobre mi mandíbula con demasiada fuerza. El dolor explotó en mi rostro cuando alzó mi cabeza obligándome a mirarlo. Su mano casi cubría mi cara por completo. Su piel olía a hierro y vino. —Sangro porque bebo la sangre de mis enemigos —escupió cerca de mi boca. Su voz era baja. Grave. Peligrosamente serena. —No soy un dios —admitió con una burla apenas contenida—. Soy el caos. Soy la muerte. Sus palabras no eran alardes sino declaraciones firmes. Supe, con una certeza, que todavía no terminaba conmigo ni con mi pueblo. Lo vi en su mirada. En ese rostro que parecía un regalo de los dioses del Mictlán. Hermoso como una ofrenda y mortal como una sentencia. Su destrucción apenas comenzaba. Endurecí la mirada. Dejándole saber que no me doblegaría. Que lucharía hasta el final. Me soltó de pronto, aventando mi rostro con desdén. Tambaleé, pero no caí. —Denle la bienvenida a mi nueva favorita —sentenció. La tierra se partió en dos y caí en picada dentro del abismo. ¿Qué había dicho? No eligió a ninguna de mi r**a. De hacerlo, habría sido para humillarlas. Para exhibirlas. Pero una favorita… jamás. ¿Qué estaba planeando? Podía verlo en su mirada. No era deseo. Era juego. Las favoritas chillaron irritadas. —¡Es escoria! ¿Cómo puede ponerla a nuestro nivel? —Merece morir, mi señor —espetó uno de sus generales, todavía con la espada en la mano. —¡A callar todos! —rugió feroz. El silencio cayó como un golpe. —La quiero en mi cama esta noche. Las mujeres de piel lechosa casi desfallecieron de la impresión. Algunas llevaron la mano al pecho. Otras palidecieron. Yo misma habría vacilado si no fuera porque el orgullo me mantenía erguida como una lanza. —Mi señor, puede ser peligroso —intervino uno de los hombres a su lado. Era el único que no llevaba armadura. Vestía una túnica café larga hasta el suelo, ceñida con un cinturón de cuerda. Un gorro extraño cubría su cabeza. Sus ojos eran pequeños, calculadores—. No sabemos nada de esta gente salvaje. Y si está enferma y lo contagia… La única peste eran ellos. La enfermedad que devastó mi tierra llevaba sus estandartes. Pero guardé silencio. —He dicho —repitió con frialdad—. Llévensela. Dos guardias avanzaron hacia mí. No me resistí.No esta vez. Mientras me conducían fuera del salón, sentí algo nuevo abrirse paso en mi interior. Algo más oscuro y peligroso. Había querido matarlo y fallé; Pero ahora estaría más cerca de él que nadie. Y si él creía que me había elegido para divertirse… Entonces el verdadero juego apenas comenzaba. Porque el caos puede reclamar ser muerte. Pero incluso el caos sangra y eso era suficiente para mi.
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