La elección del rey
Nos hicieron formar desnudas de dignidad.
El barro nos llegaba a los tobillos, frío, espeso, pegajoso, y el olor a humo aún flotaba en el aire como un recordatorio cruel de que el reino ardió antes de caer. De que nuestras casas, nuestros templos y nuestros muertos seguían humeando mientras nosotras esperábamos nuestro destino.
Algunas lloraban en silencio. Otras temblaban sin control.
Yo no hice ninguna de las dos cosas.
No podía.
No después de ver caer mi reino, mi hogar.
No después de ser testigo de cómo el futuro de mi pueblo fue truncado por bestias sin alma que se hacían llamar hombres, envueltos en una superioridad nauseabunda que me revolvía las entrañas.
Conquistadores… y una mierda.
No eran más que invasores abusando de la buena voluntad y la ingenuidad de mi gente. Lobos disfrazados de reyes.
—Bajen la mirada —ordenó un soldado.
No obedecí.
Tal vez era la princesa de un reino caído, pero mi espíritu ardía con la misma fuerza con la que ardió mi pueblo. No me doblegaré ante ellos. De esas mismas cenizas vería renacer a los míos, aunque fuera junto a un río de sangre derramada por esos invasores.
Lo juro por los mismos dioses.
Apreté los puños, clavando las uñas en mis palmas, y en ese instante el silencio cambió. Por un segundo creí que era una señal divina, que mis plegarias habían sido escuchadas… pero descarté esa idea cuando él entró.
No necesitaba anunciarse.
El sonido de sus botas contra la tierra húmeda, el peso aplastante de su presencia… todo se inclinó hacia él, como si el mundo entero supiera quién mandaba ahora.
El rey invasor.
Azrael Basarab de Castilla, devorador de reinos.
No miró a las mujeres como carne. Las miró como un botín. Como piezas de un tablero que ya había ganado antes de que empezara la partida.
Pasó frente a una, luego a otra. Algunas intentaron llamar su atención con miradas desesperadas. Otras suplicaron en voz baja, quebradas por el miedo.
No las juzgué. Era imposible no temblar cuando la muerte tomaba forma de hombre y te elegía con los ojos. Él era la muerte encarnada.
Yo me quedé quieta.
Nunca le tuve miedo a morir. Si ese era el designio de los dioses, lo aceptaría con la frente en alto.
Sentí su mirada antes de verlo detenerse frente a mí.
—¿Nombre? —preguntó.
No respondí.
El rey inclinó apenas la cabeza. Sus ojos grises me atravesaron, lentos, calculadores. No había nada en ellos. Ni curiosidad. Ni deseo. Solo vacío.
—No bajó la mirada —explicó el soldado a su lado antes de abofetearme con fuerza.
El golpe me hizo ver estrellas, pero no bajé la cabeza.
El soldado se tensó al sentir la mirada helada de su rey.
—Castíguela, mi señor —pidió con voz temblorosa.
Escupí la sangre que brotó de mi boca directamente sobre las botas de su amado rey. Mi suerte estaba echada y me importaba una mierda ofender a esa escoria.
El aire se volvió denso.
—Llévenla a la duela.
Un murmullo recorrió al grupo.
—Mi rey… —intentó decir alguien—. Merece la muerte.
Azrael sonrió por primera vez. Fue breve. Peligroso.
—Precisamente.
Cuando se alejó, su voz cayó como una sentencia:
—Quiero ver cuánto tarda en romperse.
Apreté los puños otra vez, hasta hacer sangrar mis palmas.
Porque no sabía que acababa de elegir a la princesa del reino que juró destruir.
Y yo…
acababa de jurar su muerte.
—¡Andando! —ordenó uno de los soldados, empujándome con fuerza y separándome de las demás, que me miraban con pena y horror—. Ustedes, a la cocina —señaló a la mitad del grupo.
El resto fue enviado al harén, un destino peor del que me esperaba.
Yo tendría que enfrentarme a guerreros cautivos por mi vida. Al menos moriría luchando, a manos de uno de los míos, y no viviría unos días más siendo usada como un juguete de placer para esa bestia a la que adoraban como a un dios.
Elevé mis oraciones a la diosa Cihuacóatl para que tuviera compasión de ellas.
Al llegar a la duela, fui arrojada al lodazal a los pies de un grupo de guerreros que conocía bien. Se inclinaron para ayudarme, pero los detuve con un gesto. No podía llamar la atención sobre quién era realmente.
Había leyendas sobre esos invasores y, según ellas, les gustaba tomar a las mujeres de la realeza para afirmar su dominio sobre el pueblo mediante una unión obscena.
Primero muerta antes que terminar en un matrimonio con un monstruo como ese.
—Mi señora —murmuró uno de los guerreros a mi lado—, suplico su perdón. No he podido defender…
—No… no es tu culpa… no es culpa de nadie —toqué ligeramente su hombro a modo de consuelo—. Los haremos pagar —afirmé con los dientes apretados.
—Será desde el Mictlán, señora mía, porque hoy solo nos espera la muerte —dijo otro, resignado—. Nos enfrentaremos uno a uno hasta que no quede nada. Solo para su diversión.
—Esos seres perversos no son dignos de nuestras vidas —espeté—. No derramaré la sangre de mi pueblo.
—Es necesario —intervino otro—. Juramos resguardar la vida de nuestro tlatoani.
Agachó la cabeza, cargado de vergüenza y derrota. Mi padre estaba muerto. Su cabeza yacía en lo alto del templo como un estandarte de humillación.
—Usted es su sangre, mi señora.
—De igual forma me matarán.
—Prometieron perdonar la vida y dar libertad a quien gane.
—¿Y de qué me sirve la vida sin mi pueblo? —pregunté, con las palabras empapadas de dolor.
—Venganza.
Y esa palabra se convirtió en toda nuestra esperanza.
Para mayor diversión de los invasores, me dejaron hasta el final. Me enfrentaría al último guerrero con vida. Así vi cómo uno a uno iban cayendo en aquella duela, a manos de sus propios hermanos. La humillación latía en los ojos del vencedor cada vez que derramaba sangre conocida.
Sabía que tendría que luchar. No podía hacer evidente su sacrificio. Fui entrenada como guerrera, pero aun así no era tan buena como ellos.
—No te contengas —le ordené por lo bajo antes de enzarzarnos en la lucha.
Recibí golpes y heridas, pero ninguno dolía tanto como la pérdida de todo lo que amaba.
—Juro por los dioses que lo mataré con mis propias manos —dije antes de enterrar la daga en su corazón—. Que tu sacrificio te lleve al…
No terminé la frase cuando su cuerpo cayó.
En medio de los gritos de victoria y sorpresa, fui alzada por un par de soldados y arrastrada hasta los pies del rey y sus generales, que permanecían junto a él.
—Será igual de feroz en la cama —dijo uno, con una mirada lasciva.
—Habrá que averiguarlo —respondió el rey de armadura negra.
—Llévenla a mi harén —sentenció.