El harén del enemigo

1669 Words
Me arrojaron dentro como si no valiera más que una bolsa de carne. Caí de rodillas sobre el suelo pulido y frío, distinto al barro en el que me habían tenido. Aquel lugar no olía a humo ni a sangre. Olía a flores dulces, incienso… y miedo. Me incorporé con lentitud, ignorando el ardor de las heridas. A mi alrededor, otras mujeres en silencio, con la mirada baja, vestidas con sedas finas que apenas ocultaban nada. Casi todas eran jóvenes, muchas más bellas que yo. Pero ninguna hablaba. Ni una. El harén del rey. El lugar donde las mujeres eran adornos, trofeos, esclavas disfrazadas de concubinas. Algunas me miraron de reojo, otras apartaron la vista. Y una, solo una, me sostuvo la mirada por un instante. En sus ojos no había compasión. Solo resignación. —Desvístela y báñenla —ordenó una mujer mayor, vestida con telas negras—. El rey la ha reclamado. Fui despojada sin ceremonia. Manos frías me quitaron la ropa sucia, me empujaron a una tina con agua aromatizada, me frotaron la piel como si buscaran borrar de mí cualquier rastro de libertad. Yo no hablaba. No lloraba. No me quebraría. Mi cuerpo temblaba, sí. Pero era de furia, nunca de miedo. Después del baño, me vistieron con una tela roja, fina, semitransparente. Un velo me cubría el rostro, pero no ocultaba quién era yo. Sabía que tarde o temprano alguien lo descubriría. Tenía que matarlo antes. —Cuando entres a sus aposentos, no hables a menos que te lo pida —me dijo la mujer de n***o, la encargada del harén—. No lo mires directamente. No llores. No grites. No sangres. —¿Y si sangro? —pregunté con voz baja, áspera. —Entonces reza por no volver a hacerlo. Sus palabras fueron seguidas por una sonrisa que me heló la sangre. Fui guiada por pasillos largos, silenciosos. Las paredes estaban cubiertas de estandartes con el símbolo del Imperio del Acero: una corona sobre una calavera. Las puertas de madera oscura se abrieron. Y allí estaba él. Azrael Basarab de Castilla, el rey que destruyó mi reino. Sentado en su trono personal, no el de la sala real, sino uno más privado. Vestía una túnica negra con bordes dorados. Una copa de vino en su mano. La mirada clavada en mí como si fuera una presa que ya había decidido devorar. —Quítale el velo —ordenó. Lo hicieron. Yo mantuve la cabeza erguida. —Eres más fiera de lo que imaginé —dijo, sin levantarse—. Pensé que morirías —Aquí estoy—respondí, sabiendo que esa respuesta me costaría algo. Una pausa. Silencio. Y entonces, sonrió. Igual que un depredador que acaba de descubrir que su presa… se resiste. —Desnúdala —ordenó sin apartar los ojos de los míos—. Quiero ver si el espíritu se quiebra antes que el cuerpo. Mi corazón golpeó con violencia. No por pudor. Sino porque sabía que esa orden… no era sólo para exhibirme. Era para probarme. Y yo no pensaba darle el gusto. Apreté los labios, cerré los puños. Si iba a tocarme, tendría que hacerlo sabiendo que lo odiaría cada segundo. Se levantó, caminó lento hacia mí, sus botas resonando como truenos contra el mármol. Se detuvo a un palmo de mi rostro. Su aliento olía a vino y poder. Levantó la mano hacia mí y apoyó el dedo índice en mis labios. Con una lentitud que torturaba, descendió por mi mentón y mi cuello. Entre mis senos se detuvo un instante, presionando apenas mi pecho mientras curvaba los labios en una sonrisa socarrona. Luego siguió bajando, más allá de mi ombligo, hasta detenerse justo donde nacía mi monte. Mi pecho subía y bajaba con fuerza. No respondí ni le di el miedo que buscaba, mucho menos suplique. Solo obtuvo silencio. Y él lo notó. —Saquenla de mi vista—ordenó, sin dejar de mirarme. Me tomaron del brazo con brusquedad. Sus dedos se clavaron en mi piel sin el menor cuidado, y no me dieron tiempo ni siquiera de volver a vestirme. Así, desnuda y expuesta, fui arrastrada por los pasillos del palacio del que una vez fui princesa. Mis pies descalzos rozaban el mármol frío que tantas veces recorrí con orgullo, y ahora cada paso era una afrenta, una burla cruel del destino. Ya no había respeto en mi andar. Nadie inclinaba la cabeza. Nadie apartaba la mirada. Solo existía la peste de la gente invasora yendo y viniendo como ratas en un festín ajeno. Sus miradas se me pegaban al cuerpo con descaro: algunas cargadas de un deseo sucio y lascivo, otras de un desprecio ácido que ardía más que cualquier látigo. Sentía cómo me desnudaban de nuevo con los ojos, cómo disfrutaban de mi caída. Una humillación más y la sangre me hervía al ver cómo destruían los tapices, cómo arrancaban los símbolos de mi linaje para colgar sus malditos estandartes. Cada golpe de martillo era un insulto, cada tela extranjera ondeando en mis muros era una profanación. No me contuve. Al pasar frente a esas ofensivas imágenes, escupí con rabia, dejando que mi saliva manchara sus colores como una promesa muda de odio. Me lanzaron otra vez junto al montón de mujeres que formaban el harén de aquella bestia. Caí sobre el suelo entre cuerpos perfumados y telas ligeras. —Ven, les dije que mi señor no la tomaría —señaló con desdén una mujer de cabellos de oro y acento extranjero—. Él desprecia a las de su r**a. Qué suerte la mía, espeté para mis adentros, con ironía amarga. —Mujeres como esta deben solo servir. No sé por qué las han traído al harén, nos rebajan —se quejó otra de las extranjeras, cruzando los brazos sobre sus enormes pechos, que casi desbordaban el escote. Eso sí me ofendió. La furia me subió por la garganta y estuve a punto de arrancarle los cabellos de esa cabeza hueca que sostenía con tanto orgullo. Me imaginé hundiendo los dedos en su melena dorada, haciéndola gritar. Pero antes de que pudiera lanzarme sobre ella, sentí el calor inesperado de una manta cubriéndome los hombros. —Mi señora —me susurró una joven de largas trenzas y piel tostada. Le supliqué silencio con la mirada. No recordaba haberla visto antes, y conocía hasta al último sirviente del palacio. Sin embargo, ella sí me reconocía a mí. —Apenas tenía un par de días de haber llegado al palacio —explicó en voz baja mientras me ayudaba a ponerme de pie y me guiaba hacia un catre en una de las esquinas del salón. —Lo siento —dije sin saber qué más podía ofrecerle. Me sentía extrañamente obligada a consolarla, aun cuando yo era la que lo había perdido todo. Ella negó con la cabeza. —Me alegra que esté bien… eso me da esperanza —confesó con timidez, pero con los ojos brillantes de una fe que me resultaba casi dolorosa. Solté una risa amarga. —¿Te parece que estamos bien? ¿En este lugar? ¿A merced de ese monstruo? Nos usará hasta secarnos el espíritu y luego nos desechará como si fuéramos trapos sucios. Ella bajó la voz aún más. —Según ellas, no le gustan las de nuestra r**a… prefiere la piel lechosa. Esas cuatro de allí —señaló discretamente a las extranjeras—. Las han traído desde las tierras antiguas. Las observé con detenimiento. No parecían tener nada especial, más allá de su arrogancia y esas cejas puntiagudas que les daban un aire de zopilotes. —¿Y por qué las traería hasta acá? —pregunté casi sin pensar. —Es un largo viaje… él debe desahogarse —respondió como si hablara de la lluvia o del cambio de estación. —Solo los animales se desahogan —escupí con asco. —Las escuché decir que son las favoritas. Ese hombre no toca a nadie más que a ellas —reveló—. Estaremos bien aquí. La miré con incredulidad. —No creas todo lo que dicen. Este lugar está lleno de mujeres. —Pero son como nosotras, y él apenas ha tomado a unas cuantas. Según dijeron, no las vuelve a tocar. —Las mancilla y las desecha —repliqué con frialdad—. No le veo nada de bueno ni a eso ni, mucho menos, a ser una favorita. —Las favoritas tienen muchos beneficios. Cuando dijo eso, lo vi en sus ojos. Un brillo distinto. Ambición. Deseo. No por él, quizá, sino por lo que él podía ofrecer. Comida abundante. Telas suaves. Aposentos privados. Una ilusión de privilegio en medio de la degradación. —Están aquí, junto a nosotras. No le veo el beneficio —respondí con molestia. —Por ahora. Pero serán enviadas a mejores aposentos. Les dan buena comida, ropa fina, tienen doncellas a su disposición… y lo único que tienen que hacer… —Es quebrantar su espíritu —atajé, sintiendo la ira arder en mi pecho como un incendio—. Traicionarse a sí mismas, entregarse a un ser tan bajo. Ofrecer su cuerpo a cambio de migajas adornadas con seda. Noté cómo varias de las mujeres fingían no escucharnos, pero sus oídos estaban atentos. El deseo de sobrevivir lo impregnaba todo. El miedo también. —Primero muerta que ceder ante esa bestia por unos trapos —continué, con la voz firme aunque por dentro temblara—. Antes de permitir que sus manos me reclamen como si fuera un objeto más de su colección. Apreté los puños. Podía imaginar su aliento pesado, su sombra cubriéndome, su poder pretendiendo doblegarme. La sola idea me revolvía el estómago y encendía algo oscuro en mi interior, una mezcla de rabia y desafío. No lo haría jamás. Encontraría la forma de cercenarle la garganta con mis propias manos antes de que me pusiera un dedo encima. Lo juré por la memoria de mis muertos y por la sangre que aún manchaba estas paredes.
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