LA PRUEBA DEL MONSTRUO
Agazapada en una esquina de aquella sala repleta de mujeres, continuaba indignada por la plática con aquella muchacha. Sus palabras aún me ardían en los oídos, como si hubieran sido brasas arrojadas a mi orgullo.
Aspirar a ser una favorita por comida y trapos.
Bufé con sorna y desprecio.
Eso no era lucha. Era darse por vencida sin siquiera pelear.
Yo, la princesa del imperio más glorioso que había existido, no me resignaba. Nunca lo había hecho. Luchaba. Resistía. Era una guerrera que aún no estaba derrotada, aunque me hubieran arrebatado la corona, el nombre y la libertad. Esperaba el momento preciso para atacar.
Igual que un depredador solitario y silencioso.
Mi naturaleza era distinta. Mi fuerza no estaba en la persecución, sino en la paciencia. En la observación. En el cálculo frío.
Igual que un puma que no ataca de inmediato.
Primero observa.
Puede quedarse inmóvil durante largos minutos, incluso horas, escondido entre la hierba alta, entre rocas o árboles caídos. Volviéndose parte del paisaje. Invisible.
Respira lento sin hacer ruido, esperando el error, ni siquiera ruge antes de atacar.
En una fracción de segundo pasa de la quietud absoluta a la velocidad brutal.
Así sería mi ataque.
Brutal.
De todos esos invasores no quedaría ni el polvo.
—A comer —anunció uno de los guardias.
Su voz rompió el hilo de mis pensamientos. Tras él entró una fila de sirvientes con el rostro gacho, cargando charolas rebosantes de comida. El aroma de especias, pan caliente y carne asada llenó el aire, mezclándose con el perfume pesado que impregnaba la sala.
Reconocí a algunos de inmediato.
Eran miembros del palacio.
No precisamente de la cocina.
Algunas eran doncellas. Otras ayudantes de cámara. Mujeres que yo había visto reír en los jardines, caminar por los corredores de mármol, atender a mi madre.
Mi pecho se contrajo.
Escondí el rostro hacia la pared.
Si alguno me reconocía —y estaba segura de que lo harían— estaba perdida. Y no solo yo. También lo que quedaba de mi pueblo.
No me acerqué a las pequeñas mesas que dispusieron en el centro del salón. Una a una, cada mujer del harén tomaba lugar para comer. Algunas lo hacían con ansiedad; otras, fingían modales.
—Mi señora —escuché un murmullo a mi lado.
Giré apenas el rostro.
Era una de las sirvientas. Me tendía un plato.
El olor exquisito despertó un hambre que no sabía que tenía. Las tripas me retorcieron con violencia. Recordé que apenas había probado bocado desde la caída del palacio.
—Aléjate —ordené en voz baja.
Aunque el barullo de la sala nos cubría, el riesgo era demasiado.
—Estamos con usted, mi señora —reveló sin titubear. Su voz era firme, apenas un susurro, pero cargado de determinación.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Quiénes? —pregunté aturdida.
—Su pueblo.
Dejó la palabra suspendida en el aire y se alejó con rapidez, mezclándose entre los demás sirvientes hasta desaparecer.
La miré irse.
Y por un segundo sentí que con ella se llevaba una parte de la carga y la amargura que había estado aplastando mi pecho.
Había dado por hecho que lo había perdido todo.
Pero no era así.
Parte de mi pueblo aún existía. Y al igual que yo, estaban dispuestos a pelear.
Una fuerza inexplicable invadió cada fibra de mi ser. Sentí que la sangre volvía a circular con más intensidad, que la espalda se enderezaba, que el peso sobre mis hombros se aligeraba apenas.
No había ni pizca de dicha en aquella situación.
Pero sí esperanza.
Mientras ideaba posibles escenarios, mientras analizaba cada movimiento futuro, cada debilidad del enemigo, la maldad de ese monstruo al que llamaban rey volvió a manifestarse.
¿Acaso huele que su muerte está cerca?, pensé cuando escuché la nueva designación.
Su maldad no tenía límite.
Uno de sus comandantes, un hombre de cabello amarillo y ojos como jade, avanzó al centro del salón. Su expresión era fría, casi divertida.
Anunció, sin más, que el rey demandaba una prueba.
Todas las mujeres del harén debíamos demostrar nuestra valía frente a él. Quien no lograra satisfacerlo sería enviada a “servir” a los soldados.
O mejor dicho, a su manada de cerdos.
Un murmullo recorrió la sala como un temblor.
Apreté los dientes con fuerza. Sentí el sabor metálico de la bilis subir por mi garganta, pero la tragué. No les daría el gusto de verme temblar.
El harén se convirtió en un horno sofocante.
Las antorchas altas lanzaban sombras danzantes sobre las paredes. El aire estaba saturado de perfume denso, sudor, nervios, horror… y, para mi asco, también satisfacción y deseo.
Algunas deseaban ser elegidas.
Conocía esa determinación en sus miradas. La ambición desesperada. Estaban dispuestas a conseguirlo con sangre si hacía falta. Incluso lo decían en voz alta, proclamando que harían lo que fuera necesario.
Otras fingían quererlo.
Pero en el fondo se debatían entre no saber qué era peor: quedar a merced del rey o de sus soldados.
Y estaban también las que no escondían su miedo. Las que lloraban en silencio ante la posibilidad de terminar esclavizadas por aquellos bárbaros. Para ellas, al menos aquí, entre tantas, el rey podía no llamarlas nunca.
La tensión generó fricción. La batalla entre mujeres era despiadada.
Y, al parecer, muy entretenida.
Los guardias y algunos generales observaban la escena con abierta satisfacción.
Ese hombre era el caos absoluto.
Perverso. Manipulador. Estratégico.
No necesitaba hacer más que encender la chispa. El mismo grupo se eliminaría entre sí. Para cuando tuviéramos que estar frente a él, solo quedarían las más fuertes.
El trabajo ya estaría hecho.
La tensión subió y algunas se enzarzaron a golpes. Arañazos. Jalones de cabello y gritos. mientras que otras comenzaron a llorar abiertamente, implorando piedad a nadie en particular.
Al principio fueron ignoradas.
Pero al final los guardias tuvieron que intervenir, separando cuerpos con brusquedad mientras los generales se retiraban riendo a carcajadas.
Carcajadas.
Ese sonido me taladró la cabeza. Pelear por la atención de ese animal. Asqueroso.
Durante la cena, trajeron menesteres para curar heridas. Paños, ungüentos, vendas.
La misma sirvienta que me había ofrecido el plato se acercó nuevamente.
Me entregó unas vendas.
No estaba herida.
Aun así, las tomé.
Sentí algo rígido entre la tela.
Un pedazo de papel.
Con cuidado, sin llamar la atención, lo deslicé entre mis dedos.
Una sola palabra estaba escrita:
Favorita.
La piel se me erizó.
Entonces la vi.
Una daga pequeña, oculta junto a las vendas.
Mi pulso se aceleró.
El momento había llegado.
Respiré lento mientras apretaba la daga en mi mano.