Tras un breve descanso, Eme y Don se levantaron a regañadientes al escuchar a Tim, quien insistía en que llevaran a Frida y sus cachorros al veterinario para asegurarse de que todo estuviera bien. Aún cansados, pero sin querer desilusionar a su hijo, decidieron hacerle caso. Antes de salir, Don ordenó a su equipo de seguridad que los acompañara. Aunque Eme no se lo mencionó, seguía sintiendo una inquietud persistente. No había preguntado sobre Romeo ni Ornella desde la noche anterior, y Don, por su parte, había evitado el tema. Pero cuando ella lo miró de reojo mientras preparaban a Frida, él respondió con un susurro tranquilo. —Ya no hay peligro, Eme. Confía en mí. Algo en su tono la hizo decidir que, por el momento, prefería no profundizar más. Necesitaba concentrarse en la familia,

