El aire dentro del auto era denso y pesado, lleno de palabras no dichas y de tensiones que parecían absorber cada partícula de oxígeno. Romeo conducía con una expresión endurecida, sus ojos fijos en la carretera oscura frente a ellos. Eme estaba sentada a su lado, con las manos inquietas sobre su regazo, sintiendo el peso del silencio que se cernía sobre ambos. El motor del vehículo rugía suavemente, un sonido casi relajante si no fuera por el tormento emocional que resonaba en el interior de Eme. Ella no podía evitar lanzarle miradas furtivas a Romeo, esperando algún indicio de lo que estaba por venir, pero él permanecía impenetrable, como una fortaleza cerrada a cal y canto. Finalmente, la incomodidad del silencio se volvió insoportable para ella, quien decidió romperlo. —Romeo... —di

