Eme se levantó de la cama, sintiendo una opresión en el pecho por todo lo que acababa de escuchar. Se acercó lentamente a Don, que seguía inmóvil frente a la ventana, su silueta apenas iluminada por la luz de la luna. El viento que entraba suavemente por la ventana hacía que su cabello se moviera levemente, pero él permanecía estático, hundido en el dolor de los recuerdos que acababa de compartir con ella. Con cuidado, Eme extendió sus brazos y lo abrazó por detrás, apoyando su mejilla contra su espalda. Sintió cómo los músculos de Don se tensaban al principio, como si no estuviera preparado para recibir ese consuelo. —Lo siento mucho, Don —susurró, su voz rota por la tristeza—. Lamento tanto que tu madre te haya hecho eso. Nadie debería pasar por algo así. Don no respondió al instante.

