Emily se alejó de la ventana con la cabeza llena de pensamientos y el corazón latiendo con fuerza. La intensidad de todo lo que había pasado desde que llegó al estudio la dejó con una mezcla de excitación y nerviosismo que no lograba sacudirse mientras caminaba nuevamente hacia su silla al otro lado del escritorio.
Rico, el asistente de Don, en ese mismo momento se asomó por la puerta, y pasó a la oficina, y al notar la expresión inquieta en el rostro de Emily, le dijo:
—Relájate, Emily. Donatello puede ser un jefe exigente, pero también es un hombre justo. Si te enfocas en tu trabajo, todo estará bien — aunque el asistente jamás lo diría lo habia mandado el mismísimo Don por supuesto.
Emily asintió agradecida y le respondió con una sonrisa que estaba bien, que no se hiciera problema. Pero antes de que se fuera, le preguntó sobre algunos detalles más de su trabajo, unas dudas que le habían surgido y también sobre las expectativas que había acerca de ella. A medida que Rico le comentaba y explicaba con tranquilidad sus nuevas funciones y qué se esperaba de ella, Eme intentaba dejar atrás la tensión del momento y concentrarse en las tareas que allí le esperarían.
A lo largo del día, la joven se sumergió en sus nuevas labores como pasante, esperando poder impresionar a sus nuevos colegas (que conoció brevemente durante el almuerzo) y, sobre todo, a su exigente jefe.
A medida que pasaban los días cada tarea se convirtió en una oportunidad para demostrar su valía y superarse a sí misma. Aunque para su decepción, no volvió a ver a Don.
Días después, la rutina en el bufete se volvía cada vez más intensa. Emily se esforzaba por destacar en su trabajo, pero la ausencia de cualquier clase de encuentro con Donatello - muy a su pesar - la desconcertaba, pues aunque no lo quería admitir para sí misma interiormente sentía como que estuviera esperando algo más, aunque no sabía exactamente qué dado que siendo el jefe de jefes era un poco lógico que no lo viera en su trabajo cotidiano. Pero a pesar de sus esfuerzos por concentrarse en las responsabilidades laborales, no podía evitar preguntarse sobre él desde su primer encuentro. Y por supuesto lo había investigado. Lo único que había conseguido era información de sus casos más resonantes que competían en las redes con su inmensa lista de conquistas, sumado a lo que pudo obtener por algún que otro chisme de oficina.
Había una chica, Aldana, con la que había hecho buenas migas y solían compartir la comida. Emily tenía pocos amigos en Milán, no porque fuera tímida, sino porque se había concentrado tanto en sus estudios que no se había permitido darse el tiempo para nada más excepto de vez en cuando hacer actividades de turismo y ahora tenía este demandante trabajo, sin embargo Aldana la había invitado para salir con ella, y todavía no había declinado así que tenía abierta esa posibilidad, por supuesto.
Una tarde, mientras regresaba de una reunión, Emily se encontró con Don en el ascensor. La sorpresa se reflejó en ambos rostros al cruzar miradas.
—Emily, qué casualidad encontrarnos de nuevo —comentó Don con una sonrisa lobuna.
—Sí, señor. Qué casualidad —respondió ella, intentando mantener la compostura aunque no pudo evitar sentir cierto temblor en sus piernas.
Las puertas del ascensor se cerraron, creando un breve momento de intimidad entre ambos. Que solo sirvió para aumentar la tensión evidentemente s****l que flotaba a su alrededor.
—¿Cómo te ha estado yendo en el bufete? —preguntó Don, desviando la mirada hacia ella, como si tal cosa.
—Bien, señor. Trato de aprender y cumplir con mis responsabilidades también —contestó Eme, demasiado consciente de la cercanía entre ellos dos.
Su jefe asintió con aprobación.
—Me alegra escuchar eso. Necesito personas dedicadas en mi equipo…— dijo esta vez sonriendo sinceramente, mostrando su dentadura perfecta en el proceso mientras ella lo miraba como boba.
La tensión en el aire era cada vez más palpable, y la joven se esforzó por no dejar que sus pensamientos divagaran demasiado aunque se le complicaba demasiado. Afortunadamente para ella, antes de que pudiera decir algo más (o impropio), las puertas del ascensor se abrieron, anunciando la llegada al piso correspondiente de Don.
—Bueno, Emily, sigue haciendo un buen trabajo. Estoy seguro de que serás una adición valiosa… al bufete claro —dijo Don antes de salir del ascensor, guiñando uno de sus ojos oscuros de manera sexy cosa que la derritió.
Pues aunque asintió con la cabeza, sintió un nudo en el estómago mientras observaba cómo las puertas se cerraban nuevamente tras él. CARAJO, sus bragas se habían mojado y se había quedado con las piernas temblorosas. Y era… malditamente desafortunado que le gustara su jefe en el trabajo.
Porque esa era la verdad, él tenía un aura de dominio y exudaba masculinidad, pero había algo más, algo que la atraía como las moscas a la miel, algo que no sabría cómo enunciar.
Y estaba segura de que a él le pasaba también, pues había algo en su forma de mirarla, en lo que le decía y el modo en que le hablaba.
CARAJO EME, CONCÉNTRATE, NO HAS VENIDO PARA ESO, TE LO DIGO OTRA VEZ. Se repitió a sí misma en su mente. Sin embargo, por la noche soñó con él.
Estaban en la oficina imponente de él, Don le arrancaba la camisa y los botones salían volando, y se sumergía en sus pechos, para lamerlos por sobre el encaje de su sostén mientras con sus dientes se lo bajaba para poder acceder a sus pezones y succionarlos sin piedad y le levantaba la falda a la vez para con sus dedos recorrer la trémula carne de la piel del interior de sus nalgas hasta llegar al centro mismo de su placer.
Allí le metía un dedo para probar su humedad, y de un modo muy erótico se lo llevaba a la boca, para probarla mientras ella lo miraba embelesada.
Después, sacó su v***a, que ella no llegó a ver, pero imaginaba grande lo que hizo que se mojara aún más. Y cuando la penetró fue la gloria, podía sentir cómo las paredes de su v****a se cernían sobre su dureza, y el modo en que la embestía mientras ella gemía y él pronunciaba su nombre, hacía que sintiera palmo a palmo como penetraba dentro de su piel.
Así se levantó en mitad de la noche, sudorosa, mojada y temblorosa, mientras de sus labios solo escapó solo una palabra: DONATELLO.