Eme llegó a la tumba de su hija después de cinco años de ausencia, y sentía como si hubiera estado allí el día anterior. El lugar estaba envuelto en un aura de serenidad y melancolía. La hierba verde y bien cortada contrastaba con las lápidas blancas alineadas con precisión. El pequeño rosal plantado junto a la tumba de su hija agregaba un toque de color y fragancia al lugar, como un símbolo de vida entre la tristeza y el recuerdo. Y no pudo evitar preguntarse quién lo habría plantado, ¿acaso había sido Don? El corazón de Eme latía con fuerza mientras se acercaba a la tumba. Sus pies parecían pesar toneladas, cada paso era una lucha interna contra el dolor y la nostalgia que la embargaban. Sus manos temblaban ligeramente cuando tocó la lápida, sintiendo la frialdad del mármol bajo sus ded

