Capítulo I: Sorpresa, Sorpresa PT 1

3588 Words
No había palabras para expresar lo que sentía en ese momento, antes el se solía llamar el chico que era bastardo de la realeza. Antes solía llamarse aquella persona que podía soportar todos los golpes duros que tenía sobre su cabeza, sobre su espalda y, sobre todo en él de la cabeza a los pies. Pero ¿Quién se iba a imaginar que él iba a perder todo lo que se le escapaba dentro de sus dedos en ese momento? Era un proceso lento en captar todas aquellas energías negativas que sacudía todo su cuerpo, desde que había pisado aquel suelo tan quebrado cómo él como si los propios demonios que tenía en su interior lo estaban controlando uno por uno. ¿Perder la cordura? Tal vez. Pero estaba en un lugar lejos de la realidad, estaba perdido en el espacio como en su tiempo. Sebastián Windastor se encontraba en ese momento fuera de la realidad sintiendo como su cabello rubio perdía poco a poco el color, sentía cómo si no podía controlar algún hueso de su músculo. Tenía miedo de dormir y que, al abrir los ojos, lo que viesen sus ojos fuesen aquel cielo nocturno con la luna, con la oscuridad, con las estrellas que rodeaban aquel castillo en ruinas. No obstante, el chico sentía que debía de controlarse a pesar de que tenía todas esas emociones que no sabía explicar: dolor, traición, perdida eran una de las pocas palabras que su cerebro tan desarrollado podía expresar en ese momento. Apretó los puños dando un fuerte golpe con sus puños en aquella pared de piedra de aquel recinto mirando a su eterno rival, siendo protegido por aquella reina que creyó muerta todo este tiempo. Se encontraba indefenso en un lugar dónde sabía que si gritaba nadie podía ayudarlo. Por esa razón miraba con indiferencia a Annma en la forma como protegía a Hashiro. ¿Es que ella no puede entender todo lo que él sentía? ¿Es que nadie podía sentir lo que su corazón le estaba pidiendo en ese instante? Quería gritar a los cuatro vientos que les deseaba la muerte a todos. Quería gritarle a aquella mujer lo mal que lo había pasado. Quería maldecir a Hashiro por haber despertado de ese sueño maldito dónde su hermano Aeon lo había atrapado y, es que, ¿Cómo era posible que nunca se lo había imaginado? Aún así trató de respirar levemente calmando su sed de odio. Se tragó aquellos sentimientos amargos intentando en hacer más agitada su respiración debido a lo que sentía. Dolor, sufrimiento, era lo poco. ¿Cómo podía ser bueno cuando tantos golpes de un solo momento se le había pasado en frente a sus ojos? Debido a eso le gritaba a Hashiro que le contase todo lo que sabía. Él no estaba siendo parte de su juego. Esto no era parte de su plan. Maldijo mil veces quedando de rodillas cuando su cuerpo se tensó a través de aquel movimiento de la reina con su mano siendo atrapado escuchando sus palabras con aquel tono tan asqueroso, que le hacía temblar cada parte de su célula de su cuerpo. Rio. Rio sin más. No podía evitarlo. La situación era graciosa quizá a pesar de que no lo era. Se quedó en silencio cuando Hashiro por fin había hablado, viéndole a los ojos siendo liberado de un momento a otro de aquellas energías que había encerrado a su cuerpo escuchando todavía las amenazas de Annma. ¿Cómo se atrevía a amenazarlo? ¿A caso nadie sabía en este maldito lugar quién era él? Se levantó acomodando su traje todo sucio, arreglando con sus manos aquel cabello rubio viendo a Annma de reojo de vez en cuando estando listo por si hubiese otro ataque de su parte. Era de idiota atacarle cuando su contrincante no sabía quién era él. —Necesitas calmarte —expresó Hashiro sentado con las piernas cruzadas—. No te conviene hacer esto de una guerra cuando estamos en otra. —¿En serio te das cuenta de eso? Vaya. Piensas muy bien de tu parte, mi querido Hashiro. Me sorprendes. No he conocido a nadie tan fuerte que estuviese atrapado en un sueño maldito que piense así cómo tu —bramó en tono de mofa, mirando a Hashiro acercándose a él con los puños cerrados—. Sólo dime. ¿Por qué? Hubo un momento de silencio entre ambos. Aquellas miradas era una guerra entre ellas que si cerraban los ojos alguien iba a perder y, ese no iba a ser él. Miró cómo Hashiro se removió su cabello azabache liso con sus manos tranquilamente odiando esa sonrisita que expresaba de sus labios. ¿A caso se estaba burlando de él? —No me estoy burlando de ti si es lo que piensas —Sebastián frunció el ceño. En ese momento la luz de la luna los iluminaba a ambos—. Pero entiendo por lo que estás pasando, Sebastián. Te dije que te diré todo, sólo siéntate. Gruñó molesto. Dejó de verle sentándose a su lado en aquella cama cuando le dio algo de espacio. Annma los miró a ambos seriamente tratando de no lanzarle un maleficio o maldecirla en ese momento movió la cabeza de un lado a otro. Escuchó cómo su compañero le decía a su madre que lo dejase a solas con él, asintiendo con la cabeza. Ella salió de aquella habitación quedando a solas. ¿Qué si era una oportunidad para asesinarlo? Lo más posible. Pero antes quería saber la verdad de todo este lío. Tenía muchas preguntas que hacerle y, sabía que no se iba a quedar callado por mucho tiempo. Odiaba tanto sentirse de esta manera debido a que no podía hacer nada para defenderse en lo absoluto. Respiró hondo cuando Hashiro soltó un resoplo. —Aeon me atrapó en un sueño maldito dónde hicimos un pacto. El me iba a liberar cuando era necesario, se sentía culpable por no haber hecho nada cuando tuvo la oportunidad. Quizá pensó que en hacer que yo no la olvidase… pagaría su deuda —lo miró con su semblante serio sin decirle nada—. Y es así. No la he olvidado. La recuerdo. Cuando me atrapó yo tenía 27 años. Por esa razón me ves con este cuerpo, ¿Entiendes? —No me cuadra —respondió Sebastián con tranquilidad jugando con sus dedos—. Aeon era egoísta. No haría algo así. —Se que te parece increíble de creer, pero dime, ¿Entonces cómo explicarías que yo esté con vida? —preguntó Hashiro. Miraba sus mejillas redondas. Sus ojos oscuros. Su nariz con aquel puente perfilado. Aquella barbilla que era delgada, delicada. Todo su rostro era delicado cómo el de su madre, era unas de las cualidades de la realeza. Trató de ser razonable en ese momento. Desvió su mirada cuando conectaron miradas de nuevo soltando un suave bufido lleno de molestia, apoyó su rostro con sus manos tragando saliva sintiendo un pequeño ardor en su garganta. Se alborotó su cabello gruñendo, no podía creer aquello, aunque lo intentase. —Se que tienes dudas, Sebastián. Yo también las tuve cuando Aeon me atrapó. Creí que me iba a entregar a tu padre para que me asesinase o algo así —lo miró al final, el suspiró—. Pero quizá el estaba arrepentido de todo lo que hizo. Aeon amaba demasiado a tu hermana. —El no amaba a nadie, ni si quiera a su propia esposa lo amaba. ¿Sabes como trataba a Jaehum? ¿A Jake? ¿A su hija? Por favor —bufó él resoplando, riéndose secamente—. Aeon era tan egoísta que cuando su esposa quería algo él se iba de viaje diciendo que era una misión. ¿Entonces dime, quieres que crea en alguien tan descarado como él? ¿Quieres que crea en alguien tan estúpido como tú? Si me vienes a contar que te tenía cariño te aseguro, que me reiré por los siglos que pasen y todos lo que vendrán de ti —habló con egoísmo expresando aquello. Sonrió al final estirando su espalda—. Sigue siendo un tonto. Pero lo que me parece curioso es como es que te tuvo hasta el día de hoy. ¿Por qué? ¿Por qué tú? —Quizá por que estoy listo para educar a mi hijo. Para hacerlo crecer. Estoy seguro que él tiene algo que ver con Dazzel —bufó este. Sebastián no pudo evitar reírse fríamente—. ¿No me crees? —Ren se desmayaría mil veces si le dices que tiene que pelear con Dazzel —habló en tono de burla pasándose unas de sus manos por su cabello—. Eso sólo lo sabrás tú.  —Pues te estoy diciendo la verdad sobre lo que me pasó. Y sé que estás en todo tu derecho de estar molesto de estar en tu casa, en tú hogar —Sebastián una de sus cejas furioso—. ¿Crees que no me di cuenta? Tus ojos se volvieron rojos. Es una característica de los que nacen en Belthomed. —¡Oh vaya, a parte eres listo! ¿Debería de aplaudirte por descubrir mi origen? Patético —aplaudió con sarcasmo al final de la oración, gesto que hizo Hashiro se molestase—. Si. Soy bastardo. ¿Pero y qué? ¿Crees que me molestarás con eso? No lo creo. Nadie lo hará. Ya yo acepté mi destino. ¿Tu has aceptado el tuyo? ¡Oh, cierto! Que no tienes—bramó riéndose haciendo un ademán después con su mano—. Eres peor que tú hijo cuando se pone a lloriquear por algo que no sabe. —¡YA BASTA! Gritó Hashiro. Frunció el ceño cuando miró a Hashiro. Este tenía los ojos rojos cómo el fuego intenso que cada persona nacida de este reino tenía. Levitando, observaba sus manos, energías negras salían de está cubriéndole ambos brazos. Arrugó su frente cuando su sombra comenzó a despegarse de él cubriéndole sólo sus piernas. —¿Crees que te tengo miedo? Te he visto antes. Veo que eres igual que antes —bramó Sebastián riéndose con ganas cuando lo ve—. Vaya, realmente me sorprendes—fingió impresión en su voz bostezando—. Si me vas a a****r hazlo de una vez. No quiero seguir perdiendo mi tiempo. —¡NO TE VUELVAS A METER CON MI HIJO OTRA VEZ! Elevó sus cejas a escucharle. Había cambiado su voz. A una voz profunda, ronca, dónde de sus ojos brillaban con un rojo de intensidad. El curveó sus labios de una sonrisita delicada estirando una de sus manos hacía a Sebastián. Su mano llena de oscuridad lo tomó por el cuello de aquel traje tan desordenado que parecía un trapo sucio, atrayéndolo hacía a él sintiendo amenaza en sus ojos, amenaza en él. Por primera vez pudo sentir como su corazón latía deprisa teniéndole miedo. Rodó los ojos cuando sus dedos tocaron el cuello de Sebastián. Este gritó de dolor abriendo los ojos sumergiéndose en sus recuerdos. Dentro de sus recuerdos, él se encontraba en un castillo. Las paredes estaban bien ordenadas, el suelo resplandecía por el dorado que sacudía desde las ventanas hasta los retratos de aquella familia real. Dos sombras aparecieron frente aquella escalera empinada que conectaban con las plantas superiores. El rey Jonathan junto a la reina Clarisse estaban frente a él sin vida. Sus rostros eran cadavéricos, sólo lucían aquellos hermosos trajes que solían ponerse en alguna fiesta. El piso comenzó a temblar abriéndose. Una g****a apareció mostrando a un Hashiro sonriente. Sebastián quería ir a golpearlo, pero como si leyese sus pensamientos se sintió atrapado cuando aquellas figuras que fingían ser sus padres lo sostuvieron rápidamente. Gritaba de enojo. Por alguna razón el miedo había desaparecido. Sólo quería zafarse de aquellas manos cadavéricas. Su cuerpo dejó de reaccionar. Sus rodillas lo hicieron doblarse. Hashiro, se quedo frente a él de pie con los brazos cruzados acariciándose su barbilla. Se arrodilló quedando a su altura. Agarró su rostro con ambas manos. Lágrimas se les escapaba de los ojos a Sebastián. Sintió sus asquerosos dedos tocar aquellas mejillas limpiando aquellas gotas saladas que acariciaban su rostro, su corazón le palpitaba más feroz que nunca debido a que quizá poco a poco su pecho iba a explotar. Hashiro sonreía, le hacía enojar más por estar indefenso. —¿Crees que esto es justo Sebastián? ¿Crees que quiero hacerte esto? Créeme. No lo quiero. No lo deseo. Pero si tengo que hacerlo para darte una lección lo haré. Soy más poderoso de lo que crees, espero que tú no me estés molestando para cumplir mi prospecto en este mundo —bramó este con suavidad, acariciando sus lágrimas—. No me gusta verte llorar. Se que estás pasando por mucho dolor, ¿Pero es que acaso no me diste opción? Yo quiero ayudarte, imbécil. Quiero que seas el Sebastián que conozco. —Tu no me conoces —gruñó molesto—. ¡Tu no me conoces! —enfatizó haciendo eco en aquella sala—. Tú sólo crees que me conoces. Y me parece tan patético que quieras usar un recuerdo mío para darme una lección. Hashiro. Sé devolver las cosas, se cómo vengarme de esto. La oscuridad está a mi favor y, si no te comportas como se supone que deberías de comportarte te haré romperte hasta los huesos. ¿Te sientes poderoso por que tienes a tus calaveras andantes verdad? ¿A caso crees que esto me sorprende? Ja. Mis padres se están pudriendo en sus tumbas ahorita. Me pregunto, ¿Cuánto falta para que te pudras tú? —¡Te estoy diciendo para que cooperes conmigo imbécil! —gritó con furia Hashiro sosteniendo con sus manos las mejillas del adverso—. ¡Es eso! Tenemos un enemigo en común. Un enemigo que también fue mi mejor amigo. ¿Es que no lo puedes entender? ¡Recapacita y lucha conmigo! Somos poderosos los dos para que estés con tu infantilismo. ¡Reacciona estúpido! Sebastián lo miraba con odio. Tenía tanta molestia en aceptar que su compañero tenía tanta razón. Tenía tantas ganas de decirle que el nunca trabaja en equipo, pero debía de aceptar que el enemigo era poderoso. Usó a su familia. Usó a sus amigos Le quitó el amor de su vida. Entornó los ojos cuando de sus manos salieron unas energías negras explosivas. Una explosión ocurrió entre aquellas personas. Las energías se apegaron a los cuerpos cadavéricos de sus padres haciéndolos estallar rápidamente dejando caer en ellos dos huesos. Huesos por toda parte hasta que poco a poco se desvanecieron. Sebastián se levantó caminando hasta dónde estaba Hashiro a un píe de la escalera. Este se sobaba la parte inferior de su espalda. Le colocó el pie sobre su cuerpo apretándolo. Veía cómo se quejaba en que le faltaba el aire para respirar golpeándole aquel pie. —Trabajaré contigo —bramó con tranquilidad arrodillándose frente a él a medida que hacía más fuerza en aquel apretón—. Pero—él contrario lo miró con rabia, bufando—. Me alejaré cuando sea necesario. Tienes que entender algo cuando trabajo en equipo: Mis reglas, mi cuerpo. ¿Entendido? No quiero que imagines o sueñes que seremos amigos porque jamás lo hemos sido. Siempre me has parecido una deshonra, una desgracia que mató a mi querida hermana. ¿Quieres saber lo que sentí? ¿Quieres saber lo que siento, Hashiro? Es fácil sentir el dolor, pero lo difícil es alejarlo —tocó el cuello del contrario. Con sus uñas rasgándole un poco de su piel. Este se movía, pero gracias al pie de Sebastián no podía hacerlo. Cada parte de aquella piel era cómo tocar algún recuerdo, era para él una parte de imaginarse que hubiese pasado si Kathius estuviese vivo. Sonrió con avaricia clavando un poco más de sus uñas perforando un poco su piel, sentía sus ojos de color rojo. Le presionó un poco a sentir la yugular con sus dedos, disfrutando de aquel sufrimiento que sentía Hashiro en verse remover, en ver como sus golpes en vano trataban de derrotarlo. Pero era inútil. Tanto tiempo con trabajo físico con su padre a escondidas, tanto tiempo en controlando su mitad Belthomed como su mitad de Selshie. Él sabía que podía hacer grandes cosas. Y estaba seguro de que Hashiro no dudaba de aquello, por eso disfrutaba de su sadismo en ese momento, disfrutaba de ver como su adversario sentía cada punzada debido a que tocaba aquella parte sensible de un ser humano. —¿Duele verdad? —preguntó Sebastián viéndolo—. Duele en ver como abusan de ti. Duele en ver cómo puedes sentir dolor, pero al mismo tiempo miedo de poder morir en este instante. Por suerte para ti, querido Hashiro, no te mataré. Hoy no. Porque quizá me has convencido de que trabaje contigo debido a que tengo familia importante en Selshie. Es divertido jugar con las víctimas, quién lo diría —apretó aquella yugular con sus dedos riéndose fríamente en ver como el contrario trataba de detenerle—. Es inútil, no puedes detenerme. ¿A caso creíste que soy ese imbécil que conociste? No. Para nada. A penas es que estás conociendo al verdadero Sebastián Windastor. Y si bien quieres seguir con vida, te digo que pienses dos veces antes de atacarme de nuevo. Una fuerte luz salió del cuerpo de Sebastián. Sus dedos salieron de aquella piel para ver cómo el lugar poco a poco desaparecía alumbrando toda aquella habitación. Sebastián abrió los ojos sintiendo un golpe fuerte en su cabeza. Se sobó esta, dándose cuenta que se había caído de aquella cama quedando a un extremo de la habitación. Miró a Hashiro que se encontraba de pie a un lado de su pieza siendo apoyado con una mano viéndole, pudiendo encontrar en sus ojos aquellos ojos intensos que irradiaba energía negativa. Levantándose al momento que se sacudía su ropa miró a su adverso que seguía en el suelo. Al estar más cerca, se arrodilló frente a el sujetándole su barbilla levantándole este. Sus ojos conectaron por unos segundos teniendo aquella mirada intensa nuevamente, dónde su corazón le decía cosas, pero su mente otras. Con sus dedos apretaba aquellas mejillas escuchando los quejidos del adverso que lo miraba enojado. Le daba risa aquella acción. —Dime —murmuró este apretándome más fuerte el rostro—. Dime que necesitas de mí. Quiero escucharlo con tus propios labios. Con tu propia boca. Jamás creí que el gran Hashiro llegaría a pedirme algo, dímelo de nuevo y quizá acceda a hacerlo—estiró más sus labios. Hubo un silencio de incomodidad. Sebastián en esos momentos sentía una extraña sensación de querer lastimarlo, de querer probar su sangre, de destrozar cada parte de su ser recordando aquellos momentos dónde le culpaba por la muerte de su hermano. El dolor y los sentimientos perdidos que sentía en ese momento se estaban mezclando, y, eso era peligroso. Muy peligroso. Pero, ¿quiénes eran para detenerlos? Nadie podía hacerlo. Ni si quiera Hashiro. Salió de sus pensamientos cuando escuchó las palabras del contrario sujetando su muñeca. —Ayuda a Ren. Eres la única persona que puede hacer que controle sus energías. No puedo hacerlo por mi parte, no ahora —murmuró tirándole la muñeca. Sebastián se sobó esta sin despegar su vista de él—. Me siento débil como para hacerlo. Si amas a tu hermana, hazlo por ella. Sebastián frunció el ceño soltando un bufido. Se rio descaradamente pasándose una mano por su arbusto cabello dorado que en ese momento se encontraba asquerosamente sucio por el ambiente, sacudiendo en si sus manos viéndole cuando se levantó. Le dio la espalda observando la puerta que daría camino al otro lado del castillo dónde se encontraban aquellas personas que no era de su incumbencia, pero, aún así tomó unos segundos en tomar su decisión. Tenía la oportunidad de controlarlo, de hacerle un poco de daño debido a las circunstancias que convivieron juntos en el pasado ¿Por qué no aceptar sólo por eso? Siempre, después de todo, quería vengarse debido a que muy en el fondo de su corazón su adversario tenía la culpa de todo lo que le ocurrió a su hermana. Observó sus dedos manchados de mugre, apretándolos con sus manos. Le miró de nuevo con una sonrisita en sus labios. —Acepto el trato. Ayudaré a tu hijo a mi manera. Si intervienes… Jamás te lo perdonaré y terminaré esta tregua entre nosotros —dijo sin dejar de verle observando su expresión, sonriendo—. Si te metes, para que lo entiendas mejor, dejaré de enseñarle y tendrás que intervenir. Si no aceptas mis acuerdos puedes irte olvidando de lo que me pides, después de todo, no soy cómo mi estúpido hermano —frunció su ceño en ver que Hashiro asentía con la cabeza sintiendo latir furiosamente su corazón—. Entonces es un trato. Sin más abandonó aquella alcoba pequeña, estirando su mano al pómulo de la puerta haciendo que de un empujón se abriese hacía adelante viendo un oscuro pasillo llenos de cuadros con las cosas destruidas sintiendo pena, por todos los habitantes que estaban en este reino. Siguió hasta llegar a la sala viendo a las personas a su alrededor, buscando con su mirada al pequeño Ren. Sonrió al encontrarlo. —Será divertido divertirme contigo —sonrió escalofriante.
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