La paz y tranquilidad que había logrado por un pequeño lapso se partió cuando el gigantesco perro dió la vuelta y lo miró.
Era un perro que parecía de r**a callejera, con orejas agachadas pero al tenerlo de frente su rostro se convierto en algo diabólico. Los dientes se transformaron en cuchillas, sus orejas en grandes cuernos, su hocico en una recipiente de fuego ardiente que corría a su interior como si de saliva se tratara. Los ojos saltaron del rostro derramando un líquido espeso color verde que salpicó del todo al señor Abram. Su pelo empezaba a dar forma a múltiples rostros de personas sufriendo y lamentándose.
La enorme bestia se agachó un poco para quedar a la altura de su acompañante y con una voz gruesa e imponente le dió este mensaje -¡Tu eres aquel que ha amado la vida animal pero que no fue capaz de protegerla, este lugar está reservado para ti, tormentos incesantes que no se detendrán para toda la eternidad. -Seguía salpicando saliva verde que se impregnaba en su ser y en todas las rocas que le rodeaban mientras hablaba -Pero aún puedes alcanzar la salvación si nos traes a los responsables de la matanza, mándalos directamente aquí y nosotros te recompensarémos.