El siguiente que seguía el camino desde la puerta era el querido Monti. Un perro labrador que siempre estaba debajo de la tele. Se sentía atraído por el calor que salía de los enchufes y lo había adoptado para dormir ahí. Su dueño decidió ponerlo en una posición de guardia, con el hocico abierto y la lengua más grande a como la tenía habitualmente. También exagero el los colmillos haciéndolos sumamente afilados y gruesos. Sus labios con curvas que indicaban furia o signo de estar ladrando. Las patas traseras estaban recargadas en el suelo como apoyo. Mientras que las delanteras de alzaban ligeramente como si estuviera apunto de brincar. La cola corta la tenía hacia arriba como símbolo de agresividad. Los ojos tan penetrantes que cualquiera que lo viera sentiría un escalofrío en su cuerpo. Los ojos eran muy importantes pues se decía que ahí estaba el espíritu del animal y mostraba que tanto amor o resentimiento tuvo al morir. Aunque eran un par de piedras colocadas por el artesano de alguna forma el espíritu que lo habitaba lograba comunicar su estado de ánimo al que lo viera, o al menos eso rumoran en esa profesión.
Lo colocó con el rostro en dirección a la puerta como si este animal cuidara la casa de las personas que quisieran entrar y dañar a los habitantes.