Cansada

3058 Words
El silencio es lo que rodeaba a Peggi junto a su familia; su madre no sabía qué decirle ante lo sucedido y ella no se atrevía a mirarla; estaba envuelta en una nube de desolación, vergüenza, culpa y tristeza mucho peor de la que ya la embargaba. Tres días habían pasado desde el evento del centro comercial, tres días en que Peggi apenas salía de su habitación y su madre no dejaba de vigilarla. ¿Qué podría ser peor que esto? Ni para salir de la oscuridad pude ser útil —pensó. —Peggi —escuchó la voz de su psiquiatra, la misma que la atendía desde hace un año y medio—.¿Quieres contarme qué sucedió en el centro comercial? —Me resbalé. —¿Cómo te resbalaste? —No lo recuerdo, solo sé que me resbalé. —Me dijo tu mamá que un amigo del colegio te ayudó—afirmó con la mirada perdida por la ventana. —¿Estudia contigo? ¿Es tu amigo? —Sí, va a mi clase de matemáticas, química, biología, es muy inteligente, estudioso y líder nato; todos quieren ser sus amigos aun cuando es el nerd de la escuela, pero no somos amigos. —Mm, se ve que lo aprecias mucho; ¿por qué no son amigos? —Porque no. Él vive en su mundo y el mío es…—oscuridad total—. Diferente. —Dicen que te ayudó en una crisis de pánico en la escuela; ¿quieres contarme qué sucedió? —Una bobada, el profe me pidió pasar al frente y me puse nerviosa, nada del otro mundo. Fui una estúpida. —No, no lo fuiste. No minimices tus sentimientos y mucho menos dejes que otros lo hagan; es lo que sientes y debes darle valor a tu sentir, a tu vida y a los motivos que te llevan a sentirte de cualquier forma; tú eres tu propio juez, no dejes que nadie te diga cómo sentirte. Siente, grita y saca eso de adentro, no tengas miedo a expresarte, Peggi. ¿Tuviste miedo? —No, solo… no pude hablar y me bloqueé. —¿Desde cuándo ocurre eso? Siempre has sido aplicada y extrovertida. —Desde que me convertí en la rara y estúpida de la escuela. —No lo sé, todo ya es diferente. Nada es como antes. —¿Antes de qué? —De todo, de esto —se señalaba ella misma mientras su voz se apagaba, exclamando las últimas palabras en un susurro. —¿Te refieres desde la pandemia?, ¿desde qué te dio COVID?, ¿desde la muerte de tu padre? —afirmó. — ¿Ha sucedido algo más? Solo esperan la oportunidad para decirme que estoy loca, pero no lo estoy, sé lo que pasó ese día, lo que papá supo y lo que he vivido hasta el sol de hoy. —¿Quieres que hablemos de lo que sucedió ese día? —¡No! —Eso lo último que quería recordar. Esos momentos tan angustiosos, horribles y solos, todo por su culpa. —Está bien, cuando estés lista, lo hablaremos. ¿Te has estado tomando tus medicamentos? —No. Respondió mentalmente: “¿Para qué? No hacen nada, solo ponerme como un zombi”. —Sabes que son necesarios para ayudarte, que esto no es un juego. Créame que sé que no es un juego, soy yo quien debo vivir de esta forma, no usted, y me cansé de hacerlo. Me cansé de estar atrapada en mi propia mente y que nadie me escuché. Susurró sin pensarlo, en un tono de rabia e indignación. —¿Qué ha cambiado desde la última sesión para que pienses de forma distinta? ¿De qué estás cansada? Alzó los hombros con miles de respuestas en la mente, pero sin poder exclamar ninguna. «De respirar, de pensar, de sentir, de llorar, de sentirme triste, sola, inútil y ansiosa hasta de cómo me miran». —¿Estabas pensando en lo cansada que te sientes cuando te resbalaste en el centro comercial? —No respondió. La doctora cerró la libreta de sus anotaciones y la observó con una sonrisa reconfortante y amigable, que apenas Peggi pudo captar. Si tan solo supiera que quería callar las voces de su mente, esas que le gritaban que saltara, que acabara con todo. —Se me ocurre una idea, ¿qué te parece si cambiamos nuestro método y empiezas a asistir a nuestro grupo de apoyo? Escucharás sus historias. Te ayudará a no sentirte sola, ¿qué te parece? —Usted es la doctora. —Peggi, recuerda que esto no es un llamado de atención, ni una estupidez, ni eres débil; tienes una condición que te mantiene en una batalla día con día, y solo despertarte y ver el sol es una ganancia. Un paso a la vez, pero no te rindas. «Es tan fácil decirlo». —Sé que no es fácil, sé que es una lucha, que puedes sentir que es mejor acabar con todo y sumergirte en la oscuridad; sin embargo, ¿qué esperas lograr si eso ocurre? —Dejar de sufrir. Todos me dicen que estaré bien, ¿cuándo será eso? ¿Qué debo poner de mi parte? ¿Acaso saben lo que cuesta despertarse cada día? Que tengo un futuro por delante, ¿creen que no lo sé? Nadie entiende lo que es vivir como yo, despertar y dormir con esta sensación. Estoy cansada, nadie lo entiende, ni siquiera usted. —Tienes razón —dijo—. Solo tú puedes saber lo que sientes, lo que vives, y yo estoy aquí para tratar de ayudarte, pero déjame hacerlo. —Esos medicamentos no me gustan, me siento tonta cuando me los tomo, no me hacen sentir bien y la gente se burla de mí cuando eso pasa. —Podemos cambiarlo, pero debes tomártelos; te ayudarán y asistirás al grupo de apoyo, ¿de acuerdo? La sesión terminó después de una hora perdida donde nada cambió, excepto un nuevo medicamento y otra esperanza para su madre, porque ella dudaba que un grupo de adultos le ayudara. —¿Cómo te sientes? —preguntó su madre —. La doctora me dijo que aceptaste ir a un grupo de apoyo. —Ella dijo que sería bueno para mí, pero no quiero hablar con nadie, no quiero contarle de mí a extraños. —No te apresures, primero asiste, ve cómo es y luego decides. Quiero que estés bien, mi niña. —Yo lo sé, mamá. Lo siento por no ser normal. —Eres normal, mi niña. Solo estamos pasando por un momento difícil, pero yo sé que lo lograrás. Eres una guerrera, mi pequeño sol. «Su pequeño sol» «Eres mi sol, pequeña» —recordó las últimas palabras de su padre. Dejaré de serlo el día que se entere de la verdad, que yo soy la responsable de nuestra desgracia familiar. —*— Cuarenta y ocho horas después, Peggi estaba sentada en la mitad de la sala en un círculo de sillas vacías, preguntándose: ¿Por qué había aceptado ir a escuchar a un grupo de adultos sus pesares cuando es evidente que a ella no la iban a entender? No eran los mismos problemas y mucho menos las mismas sensaciones. Sin embargo, se llevó una gran sorpresa al ver que cada silla se iba ocupando por jóvenes de su edad, tal vez dos años mayores o menores que ella, pero contemporáneos; parecía mentira, se sentía como en una película donde ella era la espectadora de su propia vida. —Eres nueva —dijo una chica susurrando—. Te he visto en la escuela. La observó bien y no recuerda haberla visto en la clase; tal vez se parezca a una chica de la clase de natación. Era extraña. Aunque Peggi jamás volvió a nadar, aún recordaba a algunas de sus compañeras y las que merodeaban por la alberca. —Dejaste de ir a natación —afirmó—. Yo lo estoy retomando este año, sugerencia del psicó-loco. —¿Psico-loco? —No sabe por qué, pero eso le dio gracia. —Ya sabes, lo que tratan nuestro desorden mental porque estamos locos, aunque no digas que te dije eso en voz alta. Según nuestro guía, no estamos locos, solo vivimos un trastorno traumático por algo vivido. —Mi doctora también diría que no estamos locas. —Todo el mundo tiene un poco de locura en su vida, solo que uno está más demente que el otro, y en ese grupo entramos nosotras. —No creo que esté loca, solo no sé manejar mis emociones —respondió Peggi. —Yo tampoco, sufro de síndrome obsesivo-compulsivo y a eso súmale otras cositas. —¿Te dio COVID? —Fui un desafortunado afortunado en el proceso, pero no hablemos de eso. Tú, ¿de qué sufres? —Dice la doctora que es trastorno de depresión. —Tienes el combo perfecto para la locura. ¿Ya intentas matarte? —¿Qué? — ¿Cómo lo supo? Peggi miró a todos lados; había otros jóvenes hablando entre ellos, otros callados o leyendo. —No me mires así, aquí casi todos hemos intentado dejar este mundo. Te pongo al día para que no estés tan perdida. La chica empezó a nombrar a cada uno de los presentes con apodos extraños que tenían lógica al verlo, con una breve frase de su historial. —El del cabello largo que se viste como hippy parece sufrir de bipolaridad y hace dos meses que se tomó un frasco completo de somnífero, casi se nos va. La del cabello corto y de colores tiene trastorno de ansiedad y ella no habla mucho, podía notarlo con sus movimientos repetitivos. El que está a su lado es guapo; además de guapo, es adulador, gracioso, pero tiene depresión —¿En serio? Peggi lo veía tan sonriente que no podía creerlo. —Se cortó las muñecas hace un año y hace un mes entró en una crisis que pensamos que no superaría, algo que confirmé al ver sus muñecas vendadas. Y tú, servidora, me llamo Laura; ya sabes de lo que sufro y me quise ir al otro mundo hace unos días, pero mi madre me encontró y me trajo de vuelta. —Lo dices tan fácil. —Nuestro guía y el doctor nos han ayudado a enfrentar nuestros miedos. Tú harás lo mismo con el tiempo. Laura era una chica muy bonita, piel blanca, ojos cafés, cabello castaño, se vestía con jeans y suéteres largos; siempre vivía muy callada, nada a la chica de ahora, muy parecida a mí. —Tu nombre, ¿cuál es? No quieres que te llame la nueva. —Peggi. —Lo sé. —Peggi rodó los ojos —. ¿Quién no conoce a la chica más brillante de la natación? El entrenador nos exigía ser tan responsables, dedicadas y atletas como tú. —Si lo sabes, ¿por qué lo preguntas? —Porque es educación preguntar. Además, me garantizo no estar alucinando y sé que eres real. Ahora no te asustes cuando veas a nuestro guía. —¿Por qué me asustaría? —Buenas tardes, chicos, Nooooo, gritó su mente. —Qué placer verlo de nuevo —era él. Alessio estaba en la sala con su hermosa sonrisa mirando a todos, en especial a ella. —Por lo que veo, tenemos una nueva integrante en el grupo. Todos voltearon a verla y Peggi se encogió en su silla avergonzada. —¿Quieres empezar tú o solo ves la dinámica?—preguntó como si hace unos días no hubiera evitado que Peggi terminara como papilla de un quinto piso. Peggi negó, apartando su mirada del público. —Como saben, hoy es día de… —¡Mindfulness! —gritaron todos en coro. —Excelente, mientras llega el doctor Carlos, vamos a ir adelantando nuestros ejercicios. Peggi —se dirigió a ella dejándola en shock —¿Has hecho estos ejercicios con anterioridad o es la primera vez? —No recuerdo, creo que sí —sonrió guiñándole un ojo. —Me alegra que hayas venido y que estés viva —le susurro mientras los demás se posicionaban en colchonetas en el piso —. Te dije que no eras la única. —¡Buenas tardes, chicos! —los interrumpió la voz de un hombre mayor; debía ser el doctor. Dio algunas indicaciones y luego se dirigió a Peggi. —Bienvenida al grupo, Peggi. Espero que Alessio te haya enseñado qué vamos a realizar hoy. —Estaba en eso cuando usted llegó. —Empezaremos por algo leve para no atosigarte, ¿te parece? —Peggi afirmó. En menos de un minuto ya había conocido la vida de varios de ellos por Laura, quien decidió convertirse en su compañera de terapia; lo único malo es que hablaba mucho. Se había llevado la impresión de su vida al saber que el chico guapo del cual estuvo enamorada durante años era su guía terapéutica, o por lo menos del grupo, y que aun así lo único que quería era escapar del lugar, esconderse en su habitación y nunca salir de ahí. —Laura —le susurró Peggi al oído antes de empezar con los ejercicios —¿Alessio es doctor o algo por el estilo? Es muy joven. —Es el asistente del doctor; él fue quien me ayudó a ingresar al grupo después de que casi pasó al otro mundo y de ver mis heridas. —¿Heridas? —Larga historia y aún no somos tan amigas para contarte, más adelante cuando tengamos confianza.—Le guiña un ojo y vuelve a su lugar. Peggi estaba confundida; era parte del grupo como paciente o solo era el asistente. Debía ser lo segundo; alguien como él jamás sería tan patético como ella o intentaría hacer lo que muchos aquí hemos hecho. Él tiene una vida perfecta, una donde obviamente una persona como yo no encajaría. «¿Y para qué quiero encajar? Solo estoy complaciendo a mamá para que me deje respirar», se respondió. «Aquí nadie puede ayudar, están iguales o peores que yo». —Peor que yo. —Dijiste algo —preguntó Laura. —Nada, solo me di cuenta de que al parecer no soy la única que está mal. —Obvio que no, pero nadie se siente como tú o como yo, porque aunque suframos de lo mismo, el infierno de cada uno es diferente. —¿Crees que podamos liberarnos de las sombras? —Lo intentamos, aun cuando estemos cansados de lidiar con nuestros propios demonios. —¿Todo bien por aquí? —Interrumpió Alessio. —Me preguntaba si mejoraremos. Solo… no sé qué hacer. —Ya nos dirá las indicaciones, solo relájate y no te angusties, aquí estarás a salvo y si crees que no es así. Aquí estoy yo para salvarte; no sería la primera vez. — Sonrió Alessio dándole una imagen de ensueño. —Me resbalé. —Claro, entonces evitemos que te resbales de nuevo, estrellita. —Chicos, posición, sentados, espalda derecha, cerremos los ojos y vamos a respirar profundo canalizando nuestros sentimientos, ¿cómo se sienten? Registremos nuestro estado. Caos, tormenta, enredo, oscuridad, agotamiento, tristeza, cansancio, soledad, abandono, impotencia, culpa, muerte. Morir, morir, morir. Eso era lo único que podía registrar la mente de Peggi; su respiración empezó a agitarse y su cuerpo a temblar. —Respira—le susurró una voz suave—, concéntrate en respirar, inhala y exhala con calma. Respira sin pensar en nada más. Peggi peleaba con sus pensamientos, haciendo caso a la voz de Alessio, cuando sintió que su cuerpo se calmaba levemente. —Eso es —escuchó la voz del doctor —. Respiren y ahora todo ese aire vamos a expandirlo por todo el cuerpo, relajando nuestra mente, y cuando sientan la campana, abrimos los ojos. “BUM BUM” Peggi abrió sus ojos, encontrando los ojos de Alessio frente a ella. —Lo hiciste muy bien. —En ese momento se dio cuenta de que se aferraba a sus manos con tanta fuerza que le daba miedo soltarlas y caer como hace unos días en el centro.—Hazlo cada vez que te invadan esos malos pensamientos. —Vamos a seguir. Peggi, ¿cómo te sientes? —preguntó el doctor. —Algo nuevo, pero bien. —Maravilloso, vamos al siguiente ejercicio. Vamos a trabajar en la visualización y relajar la mente, esa que los atormenta en el silencio. Alessio se sentó a su lado; era como si supiera que lo necesitaba, que, si se soltaba, la iba a dejar caer al vacío. —No se distraigan, volvemos a una postura cómoda, sentados, espaldas derechas y respiremos con los ojos cerrados. Omitan los ruidos a su alrededor, solo concéntrense en mi voz y en su respiración profunda, lenta y calmada. Exhalen lento e inhalen con calma. Muy bien. Imaginen que están en su lugar favorito, rodeados de lo que más les gusta, caminando con calma y disfrutando del paseo; nada los perturba. Imaginen cómo se siente el aire en la piel, la sensación de tocar, oler, ver y disfrutar de lo que tienen al frente. ¿Qué sienten? Peggi se sentía volar mientras escuchaba la voz del doctor; flotaba en el agua, sus manos se movían suavemente, las olas la movían con suavidad, las nubes formaban imágenes graciosas; podía escuchar las olas romper en las piedras, sentir la brisa y el sol en su rostro. ¡Qué paz! ¡Qué tranquilidad! Me quedaría aquí. —Respira suave y profundo —escuchó la voz de Alessio—. Vuelve a mí y, cuando estés lista, abre los ojos suavemente. No sabe cuánto tiempo duró, pero cuando abrió los ojos estaba sola con Alessio frente a ella. —Hola, ¿lindo el paseo? —Hace mucho que no me sentía tan tranquila. ¿Dónde están todos? —Haciendo sus otros ejercicios. —Me dejaron atrás —dijo apenada. —No, tú estás empezando y ellos respetan el espacio de cada uno. ¿Cómo te sientes? —Cansada, pero tranquila. Por ahora. —Eso es todo por hoy, ya sabes qué hacer cuando las sombras te invadan. —¿Las sombras? —Sí, esas que nadie ve, pero que nos atormentan día y noche. Te acompaño a casa. Respirar, lento, profundo y volar. ¿Podré hacerlo?
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