Peggi llegó al instituto preparándose para los miles de burlas que la esperaban por la crisis de ansiedad de la otra vez o tal vez por lo que sucedió en el centro comercial, pero su sorpresa fue ver que nadie la determinaba.
Eso no era extraño, era experta en ser invisible después de haber sido una de las más populares de la escuela.
¡Qué irónico!, pensaba. ¿Cómo cambian las cosas en tan solo abrir y cerrar los ojos?
Para escaparse del caos de la escuela, se retiró a su antiguo lugar favorito, el área de deportes, en especial la alberca, recordando su antigua vida de nadadora, donde era aplaudida, adorada y admirada por sus antiguos amigos, su familia, profesores y sobre todo su padre.
Ahora solo era un cementerio de recuerdos, un antiguo recinto de alegría, risas y proyectos.
Se sentó en una de las gradas más retiradas de la alberca mientras espiaba a sus antiguas y nuevas compañeras practicar, y no tardó en visualizar a Laura y algunas de las cortadas que habían mencionado en la terapia grupal.
La observó tan segura de sí misma, con una sonrisa despampanante y una concentración increíble, que la hizo recordar lo que ella una vez fue, estaba tan segura que nadie podría decir que era una joven con un trastorno mental, que estaba “loca”, como ella.
Llevaba una semana con las nuevas terapias, nuevos protocolos de supervivencia que lograran sacarla de las profundidades de la oscuridad donde estaba sumergida. Una semana después del “incidente” del centro comercial, una semana de haber conocido a jóvenes que, como ella, peleaban con sus propios demonios, sus propias sombras.
Esas sombras que nadie ve, esas que están escondidas en las profundidades de tu ser y que deciden aturdir tu mente cuando ven un rayo de luz, de esperanza que amenaza con sanar tu ser.
Vio a Laura caer de lo más alto con un salto perfecto, tan perfecta como era la agonía que ella sentía al no verla salir del fondo del agua, tan perfecta como su mente maquiavélica que le gritaba: “Podrías ser tú, en las profundidades de esa alberca. ¿Y si no sales? ¿Qué sucedería? ¿Quién te extrañaría?, ¿alguien se daría cuenta o descansarían porque la deprimida, triste y desolada niña ya no está? Inténtalo, entra a la alberca, salta y déjate llevar. “Terminarás con todo, todo el sufrimiento terminará”.
—Hola —dijo Laura, sentándose a su lado toda mojada con una sonrisa llamando su atención—. ¿En qué piensas?
—En nada—. Laura la observa sin creerle, sonrió y suspiró. —Pensaba: ¿cómo has podido callar las voces de tu mente? ¿Cuándo saliste del agua?
—Peggi, esas voces nunca se callan, solo he aprendido a ignorarlas. Aunque a veces logran imponerse —dijo. —Y acabo de hacerlo frente a tus narices.
—Oh, ¿qué haces cuando eso sucede? —preguntó para buscar una salida para callar sus propios demonios.
—Tengo muchas técnicas que me han dado en la terapia, pero la que mejor me funciona es entrar a la piscina; dejo que el agua inunde cada parte de mí hasta que todo es silencio y solo soy yo y el agua. Sabes lo que se siente —afirmó.
—¿No te da miedo tener una crisis y ahogarte?
—No. Si llego a tener un ataque y ocurre que mi cuerpo se paraliza, lo inevitable pasará y todo habrá terminado y solo quedará el silencio. No hay pérdida en ello.
¿No hay pérdida? Eso no sonaba correcto. Yo solo pienso en las mil y una formas peligrosas en las que me expongo para que mi vida termine y…
—¿Por eso ya no compites? —miró directamente a sus ojos—. ¿Es la razón por la que no te acercas a la alberca? ¿Tienes miedo a no salir?
—Tal vez, no lo sé. La alberca fue lo que me llevó a mi estado emocional y mi vida llena de oscuridad.
Peggi cerró sus ojos recordando ese momento. Amaba tanto nadar que era parte de su ser, tanto que cuando los confinaron por cuarentena se sentía asfixiada, no por estar encerrada, sino por no poder sentir el agua en su cuerpo, la adrenalina de cada salto; eso la llevó a tomar la peor decisión de su vida.
Se escapó una noche de casa para nadar, sumergirse en el agua, y lo hizo en la alberca estatal; después de semanas se sentía viva de nuevo.
La última vez que se sintió viva sin saberlo.
Recordó al de seguridad aparecer de la nada gritando:
—No puedes estar aquí, está prohibido. ¿No sabe leer?
—Lo siento —dijo—. No va a volver a suceder, solo extrañaba nadar.
Se lo quedó observando y notó su aspecto demacrado, fatigado; apenas podía hablar cada dos palabras y toser.
—¿Se siente bien?, ¿quiere que llame a alguien? —le preguntó Peggi.
—Estoy bien, solo necesito descansar. Vaya a casa.
Se dio media vuelta tambaleándose y murmurando: “Estos niños no respetan nada, ni la vida”.
Cuánta razón tenía en ese momento. Se dio cuenta de su error una semana después cuando se había enterado de que el hombre de seguridad había muerto por COVID y su padre empezaba a presentar síntomas de malestar que, según él, no eran nada, hasta caer en el hospital y tres días después le estaba haciendo compañía.
Una semana tardó en entender que ella había llevado al enemigo a casa, había dejado que un asesino silencioso y letal que atemorizaba no solo a un país, sino al mundo entero, entrara a su vida, costándole la vida a su padre y, por desgracia, la dejaba a ella con heridas tan profundas y dolorosas que no sabía cómo sanar.
—Peggi, ¿me estás escuchando? —preguntó Laura.
—Amaba nadar —respondió—, pero ya no tiene el mismo significado para mí que tenía antes. Se me fue arrebatado.
Hasta eso le rebato al COVID, aunque esta vez fue por una decisión propia.
—La pandemia nos cambió a todos, Peggi —exclamó Laura, perdida en sus pensamientos—. Yo tampoco tengo los mismos sueños e intereses de antes. ¿Sabes?
Se veía perdida, como si recordar la llevara a un lugar oscuro, o eso es lo que Peggi creía ver en su mirada.
—Yo quería ser una gran atleta y modelo —prosiguió—. Lucir hermosa en las revistas, llevar traje de diseñador, ser admirada, pero después de nuestro encierro forzado reviví el infierno, uno al que intenté escapar y no pude. ¿Me entristece? Ya no.
—¿Tu infierno te llevó a herirte? —Susurró Peggi sin querer ofender por su curiosidad; sin embargo, recibió una sonrisa mientras le enseñaba sus flagelaciones.
—Sí. Creí que con heridas, silencio y perdiendo mi belleza estaría a salvo; me equivoqué, solo logré hundirme más. ¿Y tu infierno te llevó a dejar de nadar?
Peggi la miró sin saber qué decir; era evidente que su vida debió pasar algo horrible si llegó a creer que lastimarse la mantendría a salvo.
—Nadar fue lo que me sumergió a un mundo de soledad, culpa y depresión del que no puedo escapar y lo he intentado.
—Todos lo intentamos, Peggi. A mí solo me interesa estar viva el día siguiente; eso ya es ganancia para mí y también para ti. ¿Piensas mucho en la muerte de tu padre? —¿Qué?
Solo escuchar algo referente a su padre, sus ojos se humedecieron de golpe.
—Murió de COVID.
—Lo sé. La escuela es un nido de rumores —mencionó—. Yo te entiendo, yo también perdí a alguien especial; lo apreciaba mucho; lo que más duele sigue siendo no poder despedirme de él. Eso hace el duelo diferente.
Lo que Laura desconocía es que Peggi sí se despidió, estuvo presente en su último aliento, o eso creía recordar, pudo sentir su piel fría y ver sus ojos de dolor cuando se enteró de su secreto, ese que debió llevarse a la tumba y que ocasionó la muerte de su padre.
Ella lo sabía, nadie podía cambiar la verdad. Ella había matado a su padre con una sola palabra, y eso no se lo iba a perdonar nunca.
Por eso Peggi merecía estar rodeada de desolación, en las penumbras y atormentada por las sombras, esas que le recordaban cada día que ella mató a su padre y que no merecía ser feliz.