Golpe de realidad

1987 Words
La vida es un constante golpe, nada está bien, como un tractor de mula a un cachorro, como un depredador cuando ve a su víctima, siempre esperando a estar bien para atacar sin piedad y sin defensa. Peggi lo sabía, por eso sus momentos de paz y alegría siempre tenían fecha de caducidad y sabía que en cualquier momento su golpe había de venir. —Me gusta que hayas decidido venir con nosotros a esta salida improvisada —escuchó decirle a Alessio cuando le entregaba su helado. —Gracias por invitarme a su grupo de amigos —respondió mientras observaba a Eduar, uno de los de su grupo de terapia reír, aunque muy callado. —Eres bienvenida. ¿Cómo te has sentido? Te veo más tranquila. —Ya sabes cómo es: unos días van, otros vienen. Lo bueno es que he aprendido a controlar mis minicrisis con las técnicas que me han enseñado en la terapia grupal. —Un paso a la vez, esto no es de un día para el otro. Las peores guerras son las batallas internas que tenemos con nosotros mismos. Con nuestros miedos, deseos, sueños, inseguridades y mente. —Creo que pierdo todas. —No es cierto, si fuera de ese modo no estarías aquí con nosotros, tus nuevos amigos, aunque nuestra estabilidad emocional sea una línea delgada con la cordura. —Ambos sonrieron. Era verdad, pensó. Hace un mes ni siquiera podía dar un paso fuera de casa sin miedo a colapsar, llegar a la escuela contando las horas para evitar un caos interno que la hiciera foco de burlas y mucho menos pensaba sentirse acompañada por personas que no la juzgaban, no la criticaban y mucho menos la presionaban. Ellos sabían por lo que pasaba, lo que necesitaba; habían aprendido cuándo molestarla, hacerle reír, cuándo presionarla para llegar a liberar su agonía y cuándo mantener la distancia porque era un mal día excepto Laura que parecía tener una alarma de sus malos días, que se acercaba para hacerle compañía así sea en silencio. Peggi estaba contenta, tranquila y entusiasmada, sentimientos de que se había olvidado de que existían; estaba avanzando y eso le hacía sentir feliz consigo misma. Desde su lado de la mesa observaba lo que había cambiado su vida en un mes. Laura se había convertido en su mejor y única amiga; hablaban todos los días como terapia individual, así lo llamó Laura. No importaba si eran por llamadas, por mensajes o cartas, pero siempre se hablaban. Aprendieron a reconocerse y apoyarse cuando más lo necesitaban, cuando entraban en su momento de oscuridad y servían de consuelo y medicina con solo tomarse la mano, cerrar los ojos y respirar en completo silencio. Recordó el día que encontró a Laura en su propio infierno; Peggi venia de pasar un mal momento cuando la encontró en la puerta de su casa para alterada porque su casa era un caos: la madre de Laura le contó que su madre gritaba como una histérica. —¡Todo en ti está mal! ¡Siempre encerrada! ¡Es tu culpa! ¡Nunca haces nada bien! Observó a Laura, cómo estaba pálida, con su mirada fija a la nada, sus manos empuñadas tratando de respirar, luchando para no colapsar, ella conocía muy bien ese sentimiento. ¾Mi madre ignora lo que tiene en frente. ¾ prosiguió Laura. ¿Cómo una madre no se podía dar cuenta? No lo entendía, su madre no era tan diferente; pero percibía sus cambios de humor con solo verla o escucharla, trataba de ayudarla tanto que la atosigaba haciéndola sentir mal por fallar, por no ser suficiente para salir de su estado, evitar su llanto y pesar, eso me hacía sentir peor a que le gritara que estaba loca. Pero Laura, ella era diferente; su madre era su propia enemiga, su verdugo. Escuchaba a Laura atentamente: “Pon de tu parte”, “¡Siempre lo mismo!” “¡No estás bien, no lo puedes controlar! ¡Aprende!” “¡Solo quieres llamar la atención!” “¡Deja de estar con esos locos con los que andas y verás cómo mejoras!” «¿Locos? Éramos unos locos para ella y para todos», pensó Peggi mientras se aguantaba para no explotar frente a su amiga y empeorar la situación, ya que ella no era que estuviera en su mejor día. —¿Mis… medi…camen…tos? —preguntó Laura a susurros. —¡No lo sé! —respondió Peggi en shock. ¾Mamá tiro las mias en la basura dijo: “¡Esas porquerías son drogas que no te hacen bien, te ponen estúpida!” Peggi entro a su casa junto a Laura y subió corriendo a su alcoba, busco sus medicinas hasta que las encontró en un lugar diferente a donde las guardaba, se volteó y encontró a Laura en una esquina envuelta en sus piernas, repitiendo algo que ni ella podía entender. Se sentó a su lado y estiró su mano con un frasco. —Toma una, no sé si son las mismas, pero te ayudará por estos días —le dijo. Laura lo tomó sin pensarlo y se tomó dos pastillas, para luego aferrarse al brazo de Peggi; así duraron no sabe cuánto tiempo hasta que todo volvió a la poca normalidad que eran sus vidas. También recordó el día que se dio cuenta de que Alessio, ese joven inteligente, guapo y amigable, se había convertido en su bálsamo. Hablar con él le daba una paz que no entendía; era tan refrescante conversar con él, siempre sabía qué decir en el momento justo, siempre estaba y está para todos, pero ¿quién está para él cuando la oscuridad lo atrapa? Pregunta que una vez en la escuela, al salir de clases, obteniendo una respuesta tan insólita para alguien de nuestra edad, pero tan real. —Dios —lo observo sin creerle—. Sé que no es la respuesta que muchos esperan, pero es realidad. No todos son creyentes y lo acepto; otros piensan que es una tontería. Sin embargo, para mí lo es todo. Aprendí que cada uno debe buscar un salvavidas para no hundirse cuando no puedas más, y el mío es Dios y, obvio, el doctor, que sin sus consejos y guía todo sería un caos. —¿Te sirve? —preguntó —. ¿Crees que te escucha? —Lo creo, sí. También me ayuda mi madre, aunque entra en pánico al verme, pero por su hijo lo intenta, aunque sea tomando mi mano, diciendo “todo va a estar bien” y rezando. —Dios, estoy tan molesta con él que de seguro me ha sacado de su lista de buenos samaritanos —se escuchó decir en voz alta y avergonzada—. Dije cosas horribles de él cuando murió mi padre. —Todos perdemos a alguien, linda —mencionó Alessio, provocando que el corazón de Peggi se acelerara de emoción solo al decirle un adjetivo tan agradable. —Buscar culpables de un dolor tan grande es un mecanismo de defensa; él lo sabe y no te va a juzgar por eso. —Tal vez hice algo muy malo en la vida y mi castigo son estas sombras tan oscuras como mi alma que me mantienen en este caos llamado ansiedad y depresión. —Eso es un pensamiento negativo. ¿Y qué nos han dicho sobre eso? —Callarlos con pensamientos buenos, diciendo en voz alta mis logros, virtudes y proyectos. —Ambos volvieron a sonreír. —No te dejes vencer. Las chicas hermosas, inteligentes y astutas como tú tienen el poder de ganarle a la oscuridad; solo recuerda que es… —Un paso a la vez —corearon juntos. Peggi tenía esa conversación tan presente que justo ahora, sentados entre tres de sus nuevos amigos comiendo helado, pensaba. «Tal vez Dios no me odia del todo por ofenderlo y matar a mi papá. Tal vez me está dando una segunda oportunidad para volver a empezar» . —¿En qué piensa? —preguntó Alessio interrumpiendo sus pensamientos. —En Dios —Alessio afirmó con una sonrisa. —Tal vez sí me ayude a salir del caos. —Claro que lo hace, junto con ayuda profesional y amigos como nosotros, como yo. —Susurró la última frase guiñándole un ojo. Duraron charlando un poco hasta que Alessio se ofreció acompañarla a casa y aprovechar para hablar. Peggi se sentía como en un sueño; lo que siempre había deseado era tener la oportunidad de hablar con Alessio a solas, salir, coquetear y quizás algo más, pero ahora que lo tenía no se sentía capaz ni de hablar cuando él sabía su verdad, el caos en el que estaba sumergida y que le costaba sanar. —Vas muy callada y pensativa. —Pensaba en cómo cambia la vida. Se detuvo en medio de la calle antes de cruzar a su casa y con la mirada fija en el confeso, su verdad. —Iba a saltar. —Alessio se la quedó observando sin emitir palabra alguna—. Ese día en el centro comercial, estaba decidida a acabar con todo. —Lo sé, era evidente que eso deseabas, no había manera de llegar a ese ángulo por accidente. —No dijiste nada. —No tengo por qué hacerlo; cuando estuvieras lista, lo dirías, ya fuera a mí, a tu madre, al médico o a otra persona. —Gracias por estar ahí y evitar que sucediera. —Agradezco haber estado ahí para evitar que lo hicieras y sobre todo que tomaras la decisión de no soltar mi mano y caer. —No tuve miedo a morir, quería acabar con el dolor, callar mis voces. Estaba y estoy cansada de estar triste, sola y sentirme culpable. —No puedes culparte por la muerte de tu padre; es normal sentirse mal y en deuda porque él no está y tú sí, pero él no querría verte mal. «No es tan fácil; si supieras la verdad, no pensarías igual». —No, no querría, pero aún me veo parada en la cima del centro comercial viendo al vacío y pienso en saltar, todo lo demás parecer un sueño. —Pero no lo has hecho y eso es ganar una batalla, un día más. —Sonrió dándole un beso en la mejilla y sonrojada. Cruza la calle hacia su casa sintiendo esa paz por confesar y al mismo tiempo la incertidumbre de cuánto le iba a durar, porque las sombras siempre iban a luchar para que ella no viera la luz en medio de tanta oscuridad. «Lo estoy haciendo, papá —pensó —. Estoy tratando de volver a brillar, de soñar y reencontrarme con la felicidad». Asimismo, la vida le trae de regreso a la realidad, dándole el golpe mortal que la sumerge de nuevo en su oscuridad. —Peggy, la niña bella de este hogar —escuchó decir a su espalda mientras cerraba la puerta al entrar. —Hija —mencionó su madre —. Nos vinieron a visitar. Una frase, una voz, un rostro, una mirada y una sonrisa disfrazada de bondad la llevaban al inicio, a ese miedo abrumador que se colaba por sus venas, a las náuseas incontrolables que retenía para no vomitar, el dolor en el pecho que amenazaba por hacerlo explotar mientras sentía cada gota de sudor pasear por la piel, impidiéndole respirar junto a ese recuerdo que la sumergía en la debilidad. “—Pequeña, dime que no es verdad. —Lo siento, papá.” —¿Peggi? ¿Cariño? ¿Estás bien? —preguntó su mamá. ¡No es real! ¡No es real! ¡No es real! Lo era; ahí estaba frente a ella el golpe, el tractor de mula que la convertía en la víctima de un depredador que se escondía detrás de las sombras de su mente, gritándole: ¡No te vas a salvar!
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