El miedo es una emoción incontrolable que invade tu ser hasta apoderarse de ti; es un estado de sobrevivencia que te consume por dentro y, cuando menos te lo imaginas, te golpea sin clemencia. Era una condena de la cual Peggi estaba amarrada por más que quisiera huir.
—Peggi, cariño, despierta —escuchaba la voz de su madre a lo lejos mientras volvía en sí —. ¿Cariño?
Se despertó desorientada recapitulando los últimos momentos antes de perder el conocimiento y despertar en su habitación.
—Te has desmayado —aclaró su madre—.¿Te sientes bien?
Recordó la heladería, sus amigos nuevos y, de repente, el golpe que recibió al entrar a su casa, su voz, su rostro; él estaba ahí, para recordarle su realidad, no lo había imaginado, ¿o sí?
—Tal vez debamos llamar al médico —dijo otra voz a su derecha, esa voz que provenía de sus mayores temores, del ser que le recordaba un pasado que quería olvidar.
Ahí estaba frente a ella, como si nada hubiera sucedido, con una sonrisa benevolente, y no era producto de su imaginación. Era la realidad la que la golpeaba una vez más, arrastrándola a la oscuridad.
—Peggi, ¿llamamos al médico? —preguntó su madre buscando respuesta en sus pensamientos.
—Quisiera estar sola —logró pronunciar levemente, evadiendo la mirada de los presentes mientras controlaba los espasmos de su cuerpo.
—Estar sola después de un desmayo no es una buena idea, bonita —mencionó su tío acercándose a ella con sigilo. —Si no fuera porque te conozco, pensaría que no te dio gusto la sorpresa de ver a tu tío favorito.
—No digas eso —interrumpió su madre con una sonrisa—. Peggi no ha sido la misma desde que murió Andrés; nada tiene que ver contigo.
Peggi no dejaba de verlo. Cuán equivocada estaba su madre; todo tenía que ver con él, todo su infierno empezó con él; por su culpa su papá ya no estaba, por su culpa estaba sumergida en la oscuridad, por su culpa mató su papá. Su presencia la desestabilizaba por completo; él estaba ahí.
—¿Te gusta verme aquí, bonita? —le preguntó su tío con una inocencia que disimulaba la falsedad que escondía su mirada.
—Quiero. Estar. Sola. —Repitió con una voz temblorosa, sus manos empuñadas y una ira a punto de estallar como un volcán.
—Mejor la dejamos descansar —ordenó su madre.—Vamos, Andru.
Vio a su madre salir de su habitación arrastrando a su tío, quien en el último momento se volteó a mirarla y decirle con su voz melodiosa y falsa.
—Estás muy linda y joven para estar deprimida. Todos estamos tristes por la muerte de mi hermano, pero ya han pasado casi dos años; tanto tu madre como él no querría verte así, tan perdida, y yo menos.
—¡Sal! —Gritó para sorpresa del nuevo huésped y de ella misma.
Al cerrar la puerta, todo cayó como un balde de agua fría sobre ella: su respiración irregular, su rabia contenida buscando salir mientras sus recuerdos invadían su mente. Gritos reprimidos por una almohada que apenas lograba silenciarlos, peluches, adornos, cosméticos rotos en el piso después de ser lanzados al aire. Una recámara hecha pedazos, no tanto como su interior, y tan vacía, desolada, en penumbras como su mente.
Peggi se miró al espejo; solo veía reflejado un despojo de lo que un día fue; no había brillo, no había belleza, solo sombras, cansancio y locura. Agotada, cayó al piso envuelta en sus piernas con lágrimas que brotaban sin control, lágrimas de rabia, de tristeza, de culpa y de no poder tener el control de nada.
Estaba vencida, una vez más; envuelta en las sombras, hecha un ovillo, solo se preguntaba.
¿Por qué yo?
¿Por qué volvió?
¿Por qué estoy viva y no papá?
¿Por qué él está vivo y no papá?
¿Por qué tuvo papá que saber la verdad?
Flashback
—Papá, no me odies —dijo tomando sus manos frías y su mirada perdida.
—No te odio, amor —le respondió—. Me odio a mí mismo por no ver lo que sucedía frente a mí, por no ver la verdad.
—Perdóname, papá.
—No tengo nada que perdonarte, pequeña ¾dijo¾. Todo lo contrario ¾, pero Peggi percibió su mirada enterrada en el dolor, la decepción y la vergüenza.
—Papá…
—Vuelve a tu cama, yo estoy bien. Ya arreglaremos esto al salir de este confinamiento, ¿de acuerdo?
Fin del flashback
«¡Mentira! Nada estuvo bien, nada estará bien. Me dejaste sola. No debí aceptar la verdad, no debí dejarte solo, no debí escaparme de casa e ir a esa piscina».
No debí, no debí, no debí… Era lo único que su mente repetía para darle paso a esas voces que la llevaban a lo más profundo del caos para cuestionar sus decisiones.
“Debiste saltar en aquel centro comercial”.
“Debiste cruzar la calle cuando viste el tren pasar”.
“Debiste dejar de respirar cuando tu padre lo hizo”.
“Debiste morir y ya todo hubiera acabado, no estaríamos sufriendo, no estarías sola”.
“Debiste quedarte en el fondo del agua”.
—Peggi—Una voz dulce y pequeña se colaba detrás de la puerta; era la de su hermano, quien había hecho guardia ante su desenfreno. —Te traje mi oso para que te cuide, ¿puedo pasar?
No esperó respuesta y entró cerrando la puerta; la encontró acostada en el piso, abrazada a sus piernas, y se sentó a su lado.
—Yo estoy aquí, contigo —le dijo acariciando su cabellera.
—Quiero que pare, quiero que termine esta pesadilla —susurró—. No quiero sufrir más.
—¿Tío, es malo? ¿Te ha hecho daño? —mencionó su hermano, haciendo que ella levantara el rostro y lo observara con preocupación.
—¿Por qué dices eso? ¿Te ha hecho daño? —Negó.
—Mamá y tú cambian mucho cuando él está cerca y te pusiste mal al verlo.
Peggi lo abrazó con fuerza.
—Solo extraño a papá, no me hagas caso.
—Mami dijo que estabas… perdida.
—¿Perdida? —repitió —. Sí, es una buena manera de decirlo.
—Pero vas a estar bien, ¿verdad?
Eso esperaba Peggi con ansias y pensaba que lo estaba logrando, pero lo dudaba.
—Peggi… si te vas a algún lado, ¿me llevarás contigo? No quiero estar sin ti y sin papá.
—¿Quién cuidará de mamá?
—Mamá no llora todas las noches como tú; extraño cuando sonreías o cuando íbamos a pasear y jugabas conmigo. ¿Por qué no sonríes más?
—Porque perdí la razón de mi felicidad en ese hospital, porque estoy perdida y no me puedo encontrar.
—Pero yo te veo, no entiendo.
Peggi sonríe y lo abraza en silencio.
—No te preocupes, voy a tratar de estar mejor para ti y para mamá—mintió; ya nada podía estar bien; por más que quisiera, no encontraba la salida.
—Y por ti también.
Su hermano besó su frente y, fundidos en un abrazo, él se quedó dormido mientras ella buscaba una salida, una que les sirviera a todos en la casa y les permitiera seguir con sus vidas.
-*-
Dos horas después sintió a su madre entrar a la habitación, cerrando sus ojos con fuerza y bajo la pérdida de calor de su hermano; su madre la arropaba dándole un beso en la frente.
—¿Cuándo dejarás ir el dolor, mi niña? —Susurró para luego ambos salir de la habitación.
“¿Cuándo dejarás ir el dolor?” ¿Cómo si yo quisiera que fuera parte de mí? Nadie ve que estoy peleando por deshacerme de él, pero no me quiere dejar.
Peggi abrió sus ojos una vez estuvo sola, corrió a cerrar con llave la puerta y hacer lo que tanto deseaba, escapar.
Saltó por su ventana, corrió, corrió por horas sin rumbo hasta verse frente a aquella alberca donde empezaron todas sus desgracias.
—Peggi, ¿qué haces aquí? —le preguntó Alessio al verla ida con su mirada en el fondo del agua.—Peggi, ¿me escuchas?
Peggi empezó a caminar alrededor de la piscina hasta llegar a la escalera del trampolín, ignorando las palabras de Alessio.
—Dime qué sucede, ¿por qué estás así?
—No va a cambiar —terminó por decir—. Lo hecho, hecho está, y no hay medicamentos, terapia o meditación que lo pueda cambiar. Mi vida es esto, por más que la quiera cambiar.
—¡Oye! Hace unas horas estabas bien. Dime, ¿qué sucedió? Déjame ayudarte.
Peggi se volteó a verlo y le sonrió con naturalidad.
—Yo era una chica común pero feliz, pertenecía al equipo de natación y era muy buena, tenía excelentes notas, tenía amigos, pretendientes y una familia feliz hasta que ese día llegué aquí y todo cambió. Un maldito virus se apoderó de mi sistema, cambiando todo.
—Hemos hablado de esto, no es algo fácil, pero lo podemos trabajar.
—Eres tan bueno, Alessio. Incluso para manejar un trastorno mental —se ríe con sarcasmo—. No todos somos como tú, ¿sabes?
—Peggi…
—Yo te quería, te admiraba en clases y soñaba con algún día me miraras como a esas chicas—lo interrumpió, dejándolo sin saber qué decir. —Pero mírame ahora, no soy ni la mitad de lo que era, no me reconozco, ni mi hermano de seis años lo hace; pensé que estaba avanzando, que había una salida, pero la vida me demuestra una vez más mi realidad.
—Y según tú, ¿cuál es la realidad?
—Qué estoy perdida, las sombras de mi mente me tienen acaparada y no me quieren soltar, estoy envuelta en la oscuridad y cuando creo ver un rayo de luz, vuelvo a caer porque no hay luz que me saque de esta oscuridad.
—No digas eso. No te rindas, algo pasó en casa que te desencadenó esta crisis.
—No sé si sea una crisis; ya se siente tan natural sentirse mal que estoy cansada de pelear con algo que es más fuerte que yo.
—¿A qué te refieres?
—Qué estoy cansada de estar bien en un momento y mal en el otro, que esta culpa…¾respiró profundo mirando al fondo de la alberca y dijo: —Mate a mi papá. Nadie lo sabe, pero él estaba sufriendo y yo no lo podía permitir; lo dejé irse y con él me fui yo sin saberlo.
—Es normal que sientas culpa porque tú estás viva y él no, pero no fue tu culpa, fue un virus, él estaba…
—¡No estás escuchando! Maté a mi papá y no me lo voy a perdonar nunca; él regresó para recordarme lo que he luchado por olvidar.
Alessio la observó en silencio, tratando de interpretar sus palabras y comprender qué sucedió para que esa chica de la heladería desapareciera y ahora estuviera esta Peggi frente a él tan perdida.
—¿Qué quieres hacer, Peggi?
—Estoy agotada, quiero dejar de sentirme de esta manera tan sola y perdida… Solo quiero que acabe. Quiero... Quiero desaparecer —y eso haré.