Terapia

1976 Words
Todo en la vida es como un ciclo de buenos y malos momentos donde las emociones fluctúan como arena movediza y uno siente que salta sobre ella o te hundes. —Peggi, ¿quieres compartir algo con el grupo? —preguntó el terapeuta de la psicoterapia con suavidad. Peggi miraba el rostro de cada uno de sus compañeros buscando una respuesta o salida. —Puedes decir que tienes novio —le susurró Laura al oído. Peggi le dio un codazo instintivo para callarla. Todos la observaron murmurando entre ellos el gesto brusco, a excepción de Alessio, que la sostenía con una mirada de aliento. —Algún día tendrás que compartir algo con nosotros —insistió el doctor—. Llevas tres meses y medio desde que entraste. Has avanzado mucho. «¿En serio? Porque yo siento que un bebé de cinco meses tiene más claro hacia dónde va que yo», pensó ella, hundiéndose un poco más en su silla. —¿Qué quieren que diga? —Que estás loca, igual que todos los presentes —soltó Laura con desdén. Peggi la ignoró mientras los chicos seguían a la espera de su respuesta. —Lo que tú quieras. Por ejemplo, ¿qué te trajo aquí? —insistió el doctor. —La psiquiatra pensó que era una buena idea venir aquí. —¿Y cómo te sientes con nosotros? —No lo sé. Bien, supongo. He hecho amigos. Siento que... tal vez no soy la única que está viviendo un caos interno. —El caos es parte de la cotidianidad —intervino uno de sus compañeros—. Unos más jodidos que otros, pero aquí estamos todos en el mismo fango. Varios asintieron. El doctor levantó una mano para recuperar el hilo de la sesión. —Chicos, dejen que ella se exprese —pidió el doctor. Peggi se hace más pequeña en su silla. Hace mucho que perdió la costumbre de ser el centro de las miradas de todos. —¿Quieres contarnos qué fue eso que te trajo aquí? ¿Qué sientes? —Peggi enarcó sus cejas como si él estuviera bromeando. ¿Quién no sabe por qué estoy aquí? —Anímate. —La anima, Alessio.—Quizás te haga sentir mejor. —Mm. Vivo triste todo el tiempo —soltó dejando que las palabras la embargaran y sacar a flote lo que lleva años reprimiendo—. Incluso cuando estoy feliz, me embarga el dolor. No tengo ganas de hacer nada. Me cuesta encontrarle sentido a la vida, aunque tenga personas a mi lado que traten de hacerme sonreír —dirigiendo su mirada a Alessio con pena y gratitud—. No es mi intención ser infeliz o estar de mal humor todo el tiempo; eso me agota... Sin embargo, no sé cómo dejar de estarlo. La sala se silenció. Alessio le regaló una sonrisa guiñándole el ojo mientras el doctor tomaba notas en su cuaderno. —¿Y sabes por qué estás triste? ¿Siempre sentiste eso o pasó algo en particular que no te incomode compartirnos? —Murió mi padre —por mi culpa. Yo lo maté, pensó con palabras que envenenaban su mente. —¿Eran muy unidos? —Mi papá lo era todo para mí —su voz se quebró ligeramente—. Siempre me consentía, me aconsejaba, me apoyaba en cada una de mis metas... me protegía como se protege un tesoro —mencionó con tono de melancolía y sus ojos húmedos. —Él era un buen hombre, se esforzó mucho para darle a su familia una buena vida. —¿Cómo murió? —preguntó uno de sus compañeros. —En pandemia. El COVID. Terminamos en cuidados intensivos. Él no sobrevivió; yo sí. —¿Estabas con él? —preguntó otra de sus compañeras, Tamara—. Mi hermana también le dio COVID, estuvo en UCI. Vio morir a tanta gente y ninguna se despidió de sus seres queridos. No había un día que no pensara que iba a ser la siguiente. —Ella pensó, Tamara —corrigió el doctor con firmeza—. Recuerda que son las vivencias de tu hermana, no las tuyas. Peggi observó a Tamara. Sabía por Alesio y las pocas intervenciones en el grupo que Tamara, cuando su hermana enfermó, ocupó su lugar para cubrir el vacío ante sus padres a tal punto de perder su propia identidad. Empezó a vestirse como ella y, habiendo pasado toda su vida siendo comparada, desarrolló un trastorno de la personalidad. “Síndrome de espejo”, según lo que investigó. A Peggi le daba pena; perderse a uno mismo era, quizás, peor que estar triste todo el tiempo. No saber quién eres debe ser frustrante, una pelea constante con uno mismo. Tamara desconocía su propia personalidad, aunque en el fondo, ¿quién no quisiera ser la hija perfecta? Mucho más si tienes padres que constantemente te comparan y te presionan para que lo seas. —Lo sé, yo solo. —Tamara bajó la vista—. Quise decir que espero que se haya despedido de su papá. —Estaba a su lado —mencionó, perdida en sus recuerdos—. Vi sus ojos apagarse; los médicos no pudieron hacer nada. Flashback —¡Papi! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Por favor! —su voz se apagaba entre los murmullos y el p**o de la máquina—. ¡No lo volveré a hacer!, ¡no me odies!, ¡no me dejes! ¡No volveré a mentirte! —¡Peggi, necesito que respires! ¡Qué reacciones! —gritaba el médico mientras sus ojos estaban fijados en su padre. —¡Sáquenla de aquí! —gritó otro médico. —¡No puedo, es paciente de UCI, también está crítica! —Llévenla a su cama y pónganle oxígeno. «No me dejes, papá, perdóname», aullaba su mente mientras la arrastraban a su cama para estabilizarla. —¿Qué hiciste, niña? —recriminó el médico ajustando su máscara de oxígeno y canalizándole la vía—. No debiste quitarte el oxígeno, trata de respirar. Respirar. Mi papá debe respirar. Él prometió no dejarme sola, que me cuidaría. Fin del flashback. —Peggi, ¿me escuchas? —La voz del doctor la trajo de vuelta.— Peggi, cariño. Respira y vuelve con nosotros. —¡Oye, despierta que te hablan! —Laura jaló su mano bruscamente para que despertara del trance. La observó con una sonrisa y aplaudiendo con suficiencia. —Listo, soy buena en esto. Te hablan. Peggi parpadeó, desorientada; observó a su alrededor, regresando a la sala de psicoterapia. Se limpió las lágrimas rápidamente para evitar verse tan frágil. —Lo siento, me quedé... Lo siento. Se encogió en su asiento, avergonzada y desolada, reviviendo su momento más doloroso. —Está bien —la tranquilizó el doctor—. Fue una buena intervención. Eres muy valiente. Desahogarse es el primer paso y aquí puedes hacerlo, no te juzgaremos. —Yo he intentado matarme tres veces —soltó Braulio de repente. Era un chico joven, con los hombros cargados de una presión invisible—. Mi padre cree que necesito una academia militar para “hacerme hombre”. Soy gay y me descubrió con uno de mis amigos en la cochera de su casa. Mamá discute todo el día con él por mi culpa; es frustrante; dice que el COVID afectó mi cerebro. —Eso es una estúpidez —bufó Andrés—. Nadie es gay por culpa de un virus. Tu viejo está mal de la cabeza. Él es quien debe ir al psiquiatra. —Sin juicios, chicos, por favor —recordó el doctor. —No aguanto ser hijo único y que no puedan aceptarme. —continuó Braulio con la voz rota—. Si ellos no lo hacen, ¿quién lo hará? A veces parece mejor no vivir. —No digas eso —intervino Alessio con calma—. Todos tenemos nuestros monstruos internos que nos tienen arrinconados, pero ninguno de esos motivos es suficiente para pensar que no debamos vivir. Mucho menos porque otros no acepten nuestra “imperfección”. —Tienes un novio que, además de guapo, es inteligente e inspirador —le susurró Laura a Peggi—. Me imagino que te inspira entre beso y beso. —Cállate —le exigió—. Aún no he decidido ser su novia. —¿Por qué? Es guapo, es lo que siempre has querido y yo también lo quiero, así que dile que sí. —No tiene sentido lo que dices. —Claro que lo tiene, pero estás empeñada en no verlo. —Oye... —¿Pasa algo, Peggi? —interrumpió el doctor. —¿Quieres decir añadir más? Laura se encogió en su asiento con una inocencia que no tenía. —Solo decía que... a veces la vida es muy difícil para manejarla con nuestros monstruos invadiendo la mente como un virus que no tiene cura —exclamó Peggi—. Tal vez la muerte es la solución que buscamos algunos para encontrar algo de paz; aunque no sea lo esperado para la sociedad, para los que vivimos en esta guerra puede ser liberadora. —¡Vaya! —bufó Laura—. ¡Qué buena descripción! Lo inteligente se pega. —shhh—le ordena mientras Laura rueda sus ojos. —Chicos —concluyó el doctor—, la muerte nunca es la solución a los problemas. Están aquí para sentirse mejor con ustedes mismos, para que aprendan a manejar sus emociones y que nadie los invalide. Cada paso que dan es una batalla ganada. No se presionen. Nadie sabe lo que ustedes viven o sienten; ni siquiera yo, que estoy aquí, puedo saber con exactitud sus sentimientos, pero sé que la vida es hermosa, que cada uno la ve de un color diferente y que se dejan influenciar por la sociedad que los rodea. »Quieren ser aceptados por sus padres, encajar en una familia que se cree perfecta, tener el control de todo lo que les rodea para no sentirse un fracaso ante la presión de su familia o dejar ir un dolor profundo que les corta el aire. Además, quieren que la sociedad los acepte cuando ni ellos mismos se aceptan. Ustedes tienen el poder de seguir, de luchar, de no dejarse vencer, pero es un paso a la vez; cada minuto que ustedes respiran es una victoria sobre el miedo, sobre la ansiedad, sobre el pánico, y cuando tengan esas ideas de destrucción en su mente, piensen en lo bueno que han tenido, busquen a alguien que los escuche. Con solo escuchar, salvamos una vida, incluso la nuestra. Peggi miró a Laura, quien le guiñó un ojo mientras se tomaban las manos. —Te tengo a ti —susurró Peggi. Luego miro a Alessio, quien la observaba con ternura infinita. —Ya terminamos por hoy. Recuerden sus ejercicios, todo lo que hablamos. Ustedes son perfectos tal y como son. Al salir, Alessio se acercó a Peggi por su espalda. —Eso fue valiente, por fin hablaste. —Solo dije tonterías. —¡Hey! Decir lo que sientes no es una tontería —la corrigió él—. Estar parado ahí da miedo. —Tú siempre dices cosas que motivan. —No es bueno mostrar tus grietas si saben que el otro está más roto que tú. —O lo usas de escudo para que no vean —responde Peggi con una sonrisa acariciando la sonrisa triste de Alessio. Ambos sonríen, Peggi le da un beso rápido y salen tomados de la mano, haciendo planes que se hacen añicos en un instante. —Peggi —escuchó la voz de su tío, quien cortó el aire como un látigo. Peggi se tensó, apretando la mano de Alessio con una fuerza desmedida. —Sube al coche, ahora. No, no, no... ¿Qué hace aquí?
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