El miedo, la frustración y ese nudo de llanto y gritos contenidos terminan por colapsar en el cuerpo, encerrándote en una burbuja de caos donde el movimiento es imposible. Hay momentos en los que el único deseo racional es desaparecer, evaporarse y regresar al único lugar donde el mundo no dolía.
—Peggi, cariño...—. El susurro de Alessio la devolvió a la realidad. —¿Estás bien? Está pálida.
—Peggi, sube al coche —ordenó su tío con una voz áspera.
Alessio se tensó, interponiéndose sutilmente entre los dos.
—Buenas tardes. ¿Usted quién es?
—Soy su tío —respondió el hombre con desdén, recorriendo todo su cuerpo con una mirada juiciosa—. ¿Y tú quién eres?
—¿Qué haces aquí? —interrumpió Peggi antes de que Alessio perdiera la paciencia.
—Tu madre me envió. Está preocupada por ti.
Peggi apretaba tan fuerte la mano de Alessio que sus nudillos se pusieron blancos. Él no la soltó; al contrario, acarició su piel con el pulgar, intentando reconfortarla.
—Yo puedo llevarla a casa —insistió Alessio con firmeza—. Siempre lo hago al salir de la terapia.
—Muy amable de tu parte, chico, pero ya estoy aquí. Puedes ir a hacer tus cosas de adolescente. Yo me encargo de mi sobrina. Sube, Peggi.
Alessio miró por última vez a Peggi, jurando que había dejado de respirar desde el momento en que ese hombre apareció frente a ellos.
—Peggi, ¿quieres irte con él? —le susurró Alessio al oído—. No te ves nada bien. ¿Estás entrando en pánico?
—No —soltó ella de golpe, recuperando el aire y una sonrisa que estaba muy lejos de sentir—. Solo... no me lo esperaba.
No quería problemas en casa. Y, sobre todo, no quería que Alessio —lo único puro y hermoso que le había pasado en años— terminara contaminado por el rastro de lodo que dejaba su pasado. No quería que él conociera a ese ser detestable.
—¿Terminaron ya? —interrumpió Andru, viéndolos con impaciencia—. No tengo tiempo para escenas de novios.
Alessio se giró, observándolo con una desconfianza que se negó a ocultar.
—No me gusta tu tío. No quiero que te vayas con él.
Peggi observó los ojos negros, oscuros, furiosos de su tío, con falsa preocupación que ella conocía muy bien. Forzó una sonrisa a Alessio que apenas lograba mantener.
—Voy a estar bien. No te preocupes.
Le dio un beso en la mejilla rápidamente y caminó hacia el vehículo. Cuando su tío le abrió la puerta del copiloto, ella lo ignoró olímpicamente y se hundió en el asiento trasero. Andru soltó una risa burlona, subió al coche y arrancó, dejando a Alessio atrás con un sabor amargo y un presentimiento que le oprimía el pecho. En la parte posterior.
-*-
El trayecto fue un duelo de silencios. Peggi sentía la mirada de su tío clavada en el retrovisor. Intentó ignorarlo mirando por la ventana, contando mentalmente hasta cien, respirando de forma pausada para no permitir que la rabia y los recuerdos la desbordaran.
—Sabes que tu madre se preocupa y se desvive por ti. ¿Por qué la haces enojar?
—¿Por qué estaría enojada? Ella sabe dónde estoy y con quién —respondió ella con una voz helada.
—Dice que tus estados de ánimo son impredecibles. No sabe qué pensar cuando te deja sola; a veces cree que la juzgas y otras que la ignoras. Tiene miedo de quitarte los ojos de encima y cometas una locura.
—Mm. Bien.
—Esa no es una respuesta. Ella tiene paciencia, pero los demás no tenemos que aguantar tus desplantes solo porque quieres llamar la atención.
«Dame paciencia. Respira. Uno, dos, tres...», pensó ella, cerrando los puños.
—No eres la única que perdió a alguien. —Continúo endureciendo el tono—. Tu madre perdió a su esposo, a un hombre que quería mucho, y casi te perdió a ti. Ella también sufre, y no por eso la ves deprimida todo el día, encerrada como un fantasma o con esos humores insoportables. Yo perdí a un hermano. Tus abuelos a un hijo. Ya va siendo hora de que madures.
—Bien, algún día lo haré. Pero hoy no me da la gana —sentenció ella, notando un cambio de dirección—. Este no es el camino a casa.
—Vamos a recoger a tu hermano a sus clases de fútbol.
—Qué considerado. ¿Qué hace mi madre mientras tú juegas a ser “el hombre de la familia”? Papel que te queda muy grande.
—Solo ayudo a tu madre. Está agotada de cargar con todo ella sola, ya que tiene una hija egoísta que cree que el universo gira alrededor de ella.
—Sí, la ayudas mucho. Como siempre lo has hecho, ¿verdad? “El cuñado ejemplar”. ¿Ya le dijiste que lograste ver a mi padre el día que murió?
Andru frenó en seco, logrando que los neumáticos chirriaran. Peggi le sostuvo la mirada a través del espejo con una sonrisa cargada de veneno.
—Eso era imposible, Peggi. Era una zona restringida.
—Lo sé, por eso me preguntó a quién sobornaste o cómo te las ingeniaste para verlo.
—Estás divagando, Peggi. No estás bien.
—No, no lo estoy. Al parecer estoy loca y, además de ver cosas, ¿sabes qué también hago? Escuchar y escuchar muy bien.
Andru retomó la marcha en un silencio sepulcral. No volvió a hablar hasta que llegaron al campo de fútbol, pensando en las palabras de Peggi.
—Espero que te comportes frente a tu hermano. Es un niño muy inteligente y sabe darse cuenta de las cosas.
—No de tantas como debería, pero papá lo estaba criando muy bien. Por eso es un niño noble, a diferencia de ti. Mi padre era el mejor de los hombres y el mejor padre del mundo. No importa cuánto intentes imitarlo, nunca estarás a su altura.
—No estoy tratando de ocupar su lugar.
—No podrías, aunque nacieras de nuevo. Te quedó muy grande como hermano, como ser humano; no te lo merecías.
—Me estoy hartando de esa actitud —mascó—. Sé que no te caigo bien, pero intento llevar la fiesta en paz.
—¿Quieres paz? Entonces, vuelve a tu casa y déjanos en paz. No te necesitamos, ni mi hermano ni mucho menos yo.
—Tu madre sí. ¿No ves lo exhausta que está? Murió su esposo, tiene que lidiar con todos los gastos de la casa, con un niño de seis años y contigo.
La puerta se abrió de golpe y el pequeño subió al coche, envolviendo a Peggi en un abrazo que rompió la tensión como un hachazo.
—¡Metí un gol! ¡El entrenador dice que soy un c***k! —exclamó el niño, ajeno a la toxicidad que flotaba en el aire.
—Me alegro, campeón. Vas a ser el mejor jugador de la liga —dijo el tío, forzando un tono paternal.
—Sí, vas a ser tan bueno, exitoso, prodigio como él —intervino Peggi, acariciando el cabello de su hermano—. Él estaría muy orgulloso de ti.
—Lo sé, papá me enseñó a jugar. Seré el mejor y ganaré premios como él.
Andru miró de reojo a Peggi. Ella regresó su mirada al paisaje exterior.
—¿Quieren helado? —preguntó Andru de repente, buscando una tregua.
—¿No se supone que mi madre estaba “muerta de preocupación”? —soltó Peggi—. Llévanos a casa; el postre es para después de la cena.
—Peggi, pero el tío va a pagar... —secundó el niño.
—Es que tu hermana está de malhumor, como de costumbre.
—Peggi, ¿podemos comer helado? Anda —insistió su hermano con pucheros.
—Como quieras. Solo quiero llegar a casa.
Su hermano se inclinó y le susurró al oído.
—¿El tío no nos agrada?
—No, el tío es peligroso —le respondió en el mismo tono bajo—. Aléjate de él, ¿de acuerdo?
Sabía que quizás era cruel sembrar esa duda en un niño de seis años, pero en un mundo tan roto como el suyo, la inocencia era un lujo que no podían permitirse. Ella sabía quién era ese hombre. Lo sabía desde siempre.
Al llegar a casa, entraron en silencio. Su madre los esperaba en la cocina, envuelta en el vapor de la cena.
—Ya están aquí.
—¡Mami! ¡Metí un gol! —el niño corrió a sus brazos—. Estoy jugando bien, otra vez.
—Me alegra mucho, campeón. Ahora ve a cambiarte para comer.
—Comimos helado, el tío nos llevó, pero Peggi no quiso.
La madre miró a su hija. Peggi le devolvió una mirada cargada de reproche. En cuanto el niño subió las escaleras, el aire se volvió pesado.
—¿Tenías que mandarlo a él? —espetó Peggi—. Sabes que Alessio me trae siempre o me vengo con Laura.
—Lo sé, pero tu tío se ofreció a buscarlos. Yo necesito ayuda, no puedo con todo.
—Ah, pero no te veo tan preocupada como él decía. Me obligas a subirme con él a un coche. Aunque supongo que es mejor así, para que no se quede con mi hermano a solas.
—¡¿Qué insinúas?! —estalló Andru—. Jamás le haría daño. ¿Qué te pasa?
—No sería la primera vez que lastimas a alguien de esta familia.
—¡Peggi! —intervino su madre alzando la voz—. Hija, he sido paciente contigo porque sé que estás sufriendo, pero estás pasando los límites; tu tío solo quiere ayudar.
—¿Ayudar? Ya ayudó bastante. Por su culpa esta familia dejó de serlo.
—Peggi... —Se escuchó la voz de su tío, peligrosamente suave.
—Él no tiene la culpa de lo que sucedió —sentenció su madre—. Solo vino a ver cómo estábamos, nos está ayudando y tú estás siendo muy maleducada.
—Lo siento si no soporto que tu amante esté en mi casa, invadiendo el espacio que era de mi padre y aparentando ser el gran ser humano que no es.
El silencio que siguió fue absoluto. Su madre se puso pálida, como si le hubieran robado el aire.
—¡Peggi! —gritó, pero su voz tembló.
—¡¿Qué?! ¿Crees que no lo sabía? No todos somos estúpidos, madre. Pero no debería extrañarme; si fuiste capaz de meterlo a tu cama cuando papá aún vivía, ¿por qué no hacerlo ahora que ya no está, cierto?
—Baja el tono de voz —dijo Andru, dando un paso al frente mientras la madre permanecía en shock—. Hablemos de esto con calma.
—Yo no tengo nada que hablar con ninguno de los dos. Hagan lo que quieran, pero tengan un mínimo de pudor. Háganlo fuera de esta casa. Porque escucharlos escabullirse a medianoche en la habitación de mi padre es enfermizo. Agradece que mi hermano tiene seis años y es fácil mentirle sobre por qué su tío duerme a veces con su mamá.
—Peggi, cariño… —intentó su madre, con la voz rota.
—Ahórratelo. Nada va a cambiar lo que sé, lo que vi y lo que hiciste. No quiero que me vuelva a buscar. No lo quiero cerca de mí. Respeta eso, al menos, madre.
Peggi subió las escaleras a zancadas, entró en su habitación y cerró la puerta con una fuerza que hizo vibrar las paredes. Se desplomó en la cama y soltó un grito ahogado contra la almohada.
Lo había dicho. Una de muchas verdades, esa masa deforme que la asfixiaba, finalmente había salido de la peor manera.
Tomó la foto de su padre y la apretó contra su pecho, sintiendo el frío del cristal.
—Perdón, papá —sollozó—. No podía ocultarlo más. Ese hombre no debería estar aquí, no después de lo que nos hizo. No quiero herir a mamá, me dijiste que fuera respetuosa… pero ¿cómo lo hago cuando te ofenden una y otra vez? ¿Soy una mala hija?
Las lágrimas le empapaban el rostro mientras el sentimiento de culpa luchaba contra la rabia.
—Te fallé a ti y ahora la lastimo a ella. Pero no pude controlarlo. Por eso a veces es mejor no existir… para dejar de dañar a la gente que quiero. Perdóname por no odiarla lo suficiente por lo que te hizo. Intenté olvidarlo, pero verlo aquí lo revive todo.
Se quedó allí, en posición fetal, mientras la oscuridad de la habitación la envolvía. ¿Qué vendría ahora? Uno de sus grandes secretos ya no era una jaula, pero el mundo exterior parecía más peligroso e incierto que nunca.