Secretos

2622 Words
Perder a alguien que amas es sentir cómo el alma se te desgarra en mil pedazos y no puedes hacer nada para evitarlo. El dolor no se detiene; se ensancha, se profundiza, colonizando cada segundo hasta convertirse en una sensación que las palabras, en su finitud, no pueden explicar. Podría decirse que es morir en vida para luego aprender a sobrevivir entre los escombros, las heridas abiertas, los recuerdos punzantes, los miedos y la culpa de las palabras que no se dijeron o de aquellas que nunca debieron pronunciarse. Es la certeza de una ausencia definitiva; un vacío que perturba la mente y devora el horizonte. ¿Cómo seguir cuando se pierde el rumbo y el enfoque del camino? ¿Cómo avanzar si se pierde la brújula y no quedar a la deriva esperando el naufragio? —¿Cómo sigo adelante sin ti, papá? —susurró Peggi. Estaba sentada en la grama del cementerio, frente a la lápida simbólica de su padre. Aquel hombre ni siquiera tuvo un entierro digno, rodeado de los amigos y la familia que debieron darle el último adiós. Aunque, para ser honesta, a Peggi no le importaría que su tío también desapareciera de la faz de la tierra. —Yo quiero poner de mi parte, estoy yendo a terapia —exclamó con una sonrisa triste, buscando una validación en el mármol frío—. La psiquiatra me dice que avanzo poco a poco, me tomo las horribles pastillas que me envían y tengo nuevos amigos. Hizo una pausa, dejando que el viento moviera su cabello. —Está Laura, te hubiera encantado conocerla: es impulsiva, fuerte, luchadora, no se detiene ante nada. Está un poco loca, la verdad. Me recuerda mucho a lo que un día fui... y lo quisiera volver a ser. Peggi frunció el ceño, intentando hurgar en su memoria. —La conocí en... Creo que en mi primera sesión de terapia grupal, aunque tengo la sensación de que la había visto antes. También está Alessio, es único, papá. Muy guapo, es el mismo aquel que me viste espiando una vez en la cancha de tenis. Peggi empezó a redactar cómo se habían conocido, lo mucho que le importaba. Le contó que le pidió ser su novia, pero su tío apareció para dañar su felicidad, como de costumbre. —Sé que tú hubieras gritado y que mamá intentaría convencerte para que le dieras una oportunidad porque “tu sol” estaba feliz —mencionó con nostalgia—. Se habrían llevado muy bien. Es justo, responsable, servicial, amable y me trata como una princesa aun sabiendo que estoy rota. Peggi miró al cielo. Estaba encapotado, de un gris plomizo que calaba en los huesos. Sonrió con ironía; ese era el paisaje interno que observaba desde que murió su padre o quizás desde mucho antes y no lo quería aceptar. —Tengo miedo, papá —sollozó de repente—. Suelo decir que desde que te perdí ya no le tengo miedo a nada, y hasta cierto punto es así, pero miento. Tengo miedo de no volverte a ver, de decepcionarte porque ya no me puedo esconder de ti. Miedo de lastimar a los demás con mis sombras. ¡Pero no es mi culpa! —gritó hacia la nada, rogando que su voz rasgara el velo entre los mundos. Limpió las lágrimas que brotaban como cascadas indomables. —Yo lo estoy intentando, pero esto es más fuerte que yo. No puedo estar feliz con nada y eso me da rabia; sonrío y siento que un agujero n***o se abre en mi pecho. Todo parece no tener una razón de ser. Si no estoy triste, estoy irritable, cansada y/o aburrida de una vida sin sentido, un guion mal escrito y lleno de dolor. No puedo quitarme esta presión del pecho y la idea fija en mi mente de que todos estarían mejor sin mí. »A veces mi mente no está clara, pienso que estoy en una realidad alterna donde tú estás vivo, esperándome, donde somos una familia feliz y que mi tío no existe. A veces pienso que Laura y Alessio se desvanecerán en cualquier momento y me quedaré sola, esperando que el escenario se derrumbe bajo mis pies. «No lo sé, quizás la felicidad no se hizo para mí. Quizás este sea mi castigo». Se dejó caer sobre la hierba, observando las nubes. Su corazón oscilaba entre una calma artificial y la zozobra de quien espera la próxima catástrofe. ¿Por qué el destino le regalaba un amor como el de Alessio, tan inteligente y justo, o una amistad como la de Laura, una chica tan alegre y a la vez cubierta de heridas tan profundas, difíciles de sanar, justo cuando el fin parecía inminente? ¿Era real o solo una proyección de su mente agonizante? ¿Merezco conocer el amor en medio de la oscuridad perturbadora que es mi mente? —Peggi, cariño. Ignoró la voz.Ahora alucino sonidos, pensó. Pero una sombra se proyectó sobre ella, revelando el rostro de su madre: un mapa de cansancio y ojeras profundas. —Te estuve buscando —dijo su madre, sentándose a su lado y dejando un ramo de flores sobre la lápida—. Me asusté al no encontrarte en casa. —El día que muera serías la primera en enterarte, mamá. Es la ley. Supongo. —No es gracioso, Peggi —respondió con voz quebrada. —No es un chiste. ¿No es eso lo que te aterra? ¿Qué salga y cometa una “estupidez”? —Lo intentaste dos veces, Peggi. Soy tu madre y sí vivo con miedo de no poder ayudarte y que tomes decisiones dolorosas. —Lo sé. Pero no lo hago para llamar la atención. Es que... —Su voz se cortó. —¿Cómo explicar algo que no tiene explicación? Yo no quiero hacerte daño, yo lo intento. —Sé que lo haces, pero... Es agotador. —¿Cómo me encontraste? —Has estado aislada, mencionando a tu padre en todas las conversaciones y la fecha de su aniversario se aproxima. ¿Dónde más podrías estar? —Su madre suspiró—. Estaba esperando que bajara la marea para hablar de lo que dijiste en la sala el otro día. —Dirás que estoy desvariando. Que mi mente me engaña, como dice él. El silencio se volvió denso, casi sólido. —Papá debería estar vivo —ignoró las palabras de su madre—. Asistiendo a los juegos de Saúl, ayudándolo a crecer. Debería estar a mi lado, guiándome en cada paso, pero él lo arruinó todo. —Su madre respiró profundo. —Tu padre y yo nos amábamos mucho —comenzó su madre con la vista perdida—. Recuerdo que al verlo por primera vez me sudaban las manos, el corazón me latía tan rápido que se me iba a salir. Tenía unos ojos hermosos capaces de desnudar el alma. Me dije: “El hombre de mis sueños”. Unos días después me invitó a cenar... —Escogiste un vestido hermoso pero muy elegante para ir a un restaurante de hamburguesas —interrumpió Peggi con amargura—. Unas chicas se burlaron de ti y papá las puso en su lugar y fue cuando le dijiste... —“Vas a ser el padre de mis hijos” —terminó de decir a su madre y reír—. Te hemos contado mucho de esa historia. —Él me la contaba. Le gustaba recordar cómo conoció al amor de su vida y le dio la dicha de darle dos hijos. —Peggi la miró de reojo, escrutando su semblante sereno—. ¿En qué momento dejaste de amarlo para enredarte con su hermano? —No digas eso. Por favor. No aquí. —¿Por qué? ¿Temes que papá en el más allá se entere? ¿Sabes que igual desde que murió ya lo sabe? ¿Dicen que allá arriba no hay secretos? —Solo no creo que sea el lugar. —Para los padres nunca es el lugar para hablar sobre algo que les incomoda y cuestiona la moralidad y los valores que tanto nos exigen. —Su madre soltó un aire pesado. —Yo amaba a tu padre; una parte de mí siempre lo va a hacer. Él era excepcional y tu tío es reciente. —¿Reciente? —Peggi se carcajeó—. Si vas a mentir por la presencia emblemática de mi padre. Ahórratelo. No quiero ser cruel contigo, madre. Te informo que papá murió sabiendo que eras una mujer infiel, y peor aún, con su propia sangre. El aire pareció afilarse como una cuchilla lista para desangrar los secretos. —¿Qué dices? Eso no es verdad. —¿Qué cosa? ¿Tu infidelidad o que papá lo supo? —¡Pegg Renaissa! —gritó—. Estás siendo cruel. —La verdad está diseñada para la realidad, y esta no es agradable ante nadie que vive llena de mentiras. —Soy tu madre, más respeto. —Te he respetado, mamá. Guardé el secreto hasta el último momento; te he amado a pesar de todo, no te culpo. Si decidiste amar a otro hombre porque papá ya no te hacía feliz, engañarlo para formar tu familia clandestina, ¿yo qué podría hacer? Es tu vida, tus decisiones; si te hacen feliz, me alegro mucho por ti; por lo menos, uno de mis padres puede seguir viviendo y ser feliz, pero no me pidas que participe en la farsa. —Peggi... —Hablo en serio, mamá. Uno no tiene por qué vivir infeliz y triste, sin poder ver los colores de la vida; no nacimos para ser infelices. Te lo dice una persona que vive sumergida en esa oscuridad y no se lo deseo a nadie. Tal vez, mi egoísmo y rencor solo se los desee a una persona, pero no eres tú. —Yo amaba a tu padre, lo de tu tío... Es complicado. —No es a mí a quien le debías explicaciones; tú sabrás las decisiones que tomaste que afectaron a esta familia. Yo solo fui una espectadora que calló por el bien de una familia que ya estaba muerta. —Tu tío no es una mala persona. Él los quiere, amaba a su hermano. Dale una oportunidad. —Una cosa es que busques tu felicidad y otra que yo deba aceptar a alguien despreciable para que tú estés feliz. —Peggi, por favor... —Yo no tengo la culpa de que te enamores de otro, que engañaras a mi padre, que nuestra familia haya sido una mentira, así como tampoco tengo la culpa de que seas tan ciega para no ver la clase de persona que es. —Estás enojada con él, con la vida y la estás pagando con todo el mundo. Quizás debas comentarlo con la psiquiatra o cambiarla para que te ayude. —Peggi se ríe. —Sí, tal vez deba decirle a la doctora que uno de mis secretos es que mi madre y mi tío son amantes, que mi padre se enteró y me tocó ver cómo se le partía el alma de dolor frente a mí por la traición de dos seres queridos. —¿Se lo dijiste sin hablar conmigo? —Peggi negó—. Por eso te culpas de su muerte. «Una parte» —Guardé ese secreto durante meses, mamá. ¿Por qué iba a revelarlo cuando estábamos graves en un hospital, aislados del mundo? —Yo nunca dejé de amar a tu padre. —Los adultos tienen una forma de amar muy extraña. —Hija, solo quiero que tú y yo estemos bien. Qué... Dios, cuando estés en condiciones, podemos hablar de esto y ser una familia de nuevo. —¿De nuevo? —Peggi se reincorpora de golpe, enarco sus cejas fijamente en su madre—. ¿De nuevo? ¿Cómo pretendes que suceda eso cuando papá está muerto y no lo puedes revivir? ¿Cuándo para mí estar viva es una agonía cada día? Mi familia quedó destruida hace años y no hay manera de traerla de vuelta. —No me supe explicar. No te alteres, tus medicamentos... —¡No estoy loca! Sufro de depresión, pero no soy estúpida. —gritó—. Sé diferenciar la realidad de mis delirios, aunque últimamente parezca distorsionada y diferente. ¿Quieres ser feliz con él? Bien. Pero no esperes que acepte a un hombre que me llama “loca” mientras se acuesta con la viuda de su hermano. ¡No! No lo haré, una cosa es que me impongas su presencia y otra es que se comporte como mi padre... ¡Lo quiero metros lejos de mí y de mi hermano! —Peggi, sé razonable. Seguro quieres que la muerta sea yo y no tu padre, pero... —¡No entiendes nada! Ya papá murió, no hay nada que hacer y yo no quiero que estés muerta. ¡Yo soy la que desea estar muerta! —lo gritó sin darse cuenta de lo que había dicho hasta ver la expresión de su madre—. Tampoco es tu culpa mis deseos; como madre eres excelente. —Cariño... —Soy yo la que no puede, la que está envuelta en la desolación y la oscuridad, una que no me quiere soltar. Me estoy esforzando, pero entiende que no porque estoy mal significa que estoy loca. —Yo no he dicho eso. —No, pero tu amante sí. Solo, manténlo lejos de mí y de mi casa, por lo menos hasta que yo esté. Peggi se levantó y besó la lápida. —Me voy, papi. Gracias por escucharme. —¿A dónde vas? —Veré a Laura o a Alessio. No te preocupes, no me voy a ir de este mundo... todavía. —No es gracioso. —Nada en mi vida lo es. Dio unos pasos y se detuvo. Volteó para ver a su madre, que la observaba con ojos anegados en llanto. —¿Quién más sabía de tu traición? —preguntó Peggi con una calma gélida. —Hija, si se lo dijiste a él en un momento de rabia, no te culpo... —No se lo dije, solo se lo confirmé cuando me lo preguntó directamente porque mentirle a papá no era una opción. —Su madre la observó sin creerle—. Dime una cosa, mamá... ¿Algún día le dirás a Saúl que el hombre que cree que es su tío, en realidad, es su padre? Su madre abrió la boca, pero no salió sonido alguno. El color drenó de su rostro instantáneamente. —¿Qué has dicho? —Si te preguntas cómo lo sé, me enteré de la boca de la misma persona que se lo dijo a mi padre. Vaya... Diciéndolo en voz alta, se siente más real. Y ver que no lo niegas es mucho más doloroso. —Peggi, ahora sí creo... —Sí, sí, que debo ir a ver a un médico. ¿Estoy delirando? Eso es lo único que escucho últimamente en casa —Peggi soltó una carcajada seca. —Lo que dijiste es delicado y es... —Sé que lo es, por eso nunca lo había dicho en voz alta, pero no significa que no sea verdad, ¿cierto? Una relación “reciente”, pero con un hijo de seis años que es la adoración de su tío. Qué coincidencia tan poética, ¿no crees? Peggi retomó su camino, dejando atrás a una mujer desmoronada bajo el cielo gris, cargando ahora con el peso de un secreto que ya no tenía dónde esconderse. ¿Será que ahora su madre entendería por qué ella está sola en el mundo?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD