Momento Magico

2255 Words
Por más que uno lo intente, a veces te sientes tan vencida, tan inútil, tan derrotada, tan débil que la única paz que encuentras es cuando cierras los ojos, aunque sea por un momento. A veces, por más que el alma luche, el cuerpo se declara en quiebra. Peggi estaba cansada de sentirse tan amarrada, atrapada en sus emociones, en su vida, en su mente; era como un ring de boxeo donde ella era el objetivo principal y la única manera de respirar era al dormir. Peggi estaba agotada de su propia existencia, de sentirse atrapada en sus emociones. Acostada en su cama boca arriba mirando el techo que parecía descender sobre ella, con una presión en el pecho y una zozobra que dominaba su cuerpo, pensaba en cuándo era feliz. La niña de las competencias de natación, cuyos padres se sentían orgullosos, la chica que despertaba admiración en sus amigas. El deseo de volver a ser esa chica. Aquella que ignoraba la verdad que la rodeaba, de las traiciones paternales, de secretos que la ahogaban además de los suyos propios y al final llevaron a hundir a su padre en el dolor. «Traicionado por su esposa y su hija... ¿Cómo puede seguir amándome después de lo que hice?», pensó, sintiendo que el aire se volvía sólido en sus pulmones. “TOC TOC” El sonido contra el cristal de la ventana llamó su atención. Peggi se levanta con extrañeza y se acerca, revelando la imagen que le da paz hasta ahora. —Alessio —susuró. —¡Hola! —dijo desde el otro lado—. ¿Puedes bajar o subo? Peggi se quedó pensando por un momento. —Sube. No hagas caso. Alessio empieza a escalar mientras ella cierra con llave la puerta; lo último que desea es tener más problemas en casa. Escuchó un golpe seco y un quejido sordo. —Auch. —Alessio aterrizó en el piso y ambos soltaron una risa nerviosa—. Todo bien. Sigo intacto. Alessio se levantó de golpe mirando a Peggi con una sonrisa clandestina y la abrazó con fuerza, dejando a Peggi congelada antes de hundir su cabeza en sus hombros. —Hola, me tenías preocupado —murmuró él contra su cabello. —Hola, estoy... Bien. —Mencionó no muy segura de sus palabras. —No suenas muy convencida. ¿Has tenido algún problema con tu tío? —subió sus hombros y ambos se sentaron en el borde de la cama—. No te vi muy feliz al irte con él, y tus mensajes eran monosílabos. —Lo siento. Él... —respiro profundo, sintiendo de nuevo las náuseas—. Se cree el hombre de la casa, cree que puede ocupar el lugar de mi papá. Es su sueño. Iluso. —Nadie puede ocupar el lugar de tu padre. Alessio entrelazó sus manos con las de ella. Peggi se sorprendió porque las vio cortadas y en sus nudillos las sombras de hematomas por salir a la superficie. —¿Qué le pasó a tus manos? No digas que nada, parece que te hubieras cortado. —Le dio una sonrisa que apenas dibujó su rostro, ignorando su mirada. —Tuve una crisis sin importancia, pero ya que te veo, estoy mejor. —Ninguna crisis es insignificante —replicó ella—. Eso dice mi terapeuta. —El mío también. Alessio ignoró su pregunta y recorrió con la mirada la habitación para ganar tiempo. —Tu habitación es muy bonita, se parece más a ti que a lo que reflejas. —¿A qué te refieres? —Tu cuarto es más alegre, más colorido, tiene música, libros, peluches... —Me los regaló mi papá, uno por cada cumpleaños —explicó ella acariciando uno de sus peluches. —Está ordenado, pero cargado de mucha tristeza. —Es mi refugio, aunque a veces sea invadido. —Como ahora —bromeó él, pero su expresión se ensombreció una vez más. —Tú eres bienvenido, pero ignoraste mi pregunta, ¿qué pasó en tus manos? —No vas a dejar el tema —negó—. Mis padres discutieron por mi culpa, una vez más. Sabes que mi papá es muy estricto. Él cree que las terapias son para los débiles, que solo busco llamar la atención porque soy el “consentido” de mi madre. Cree que mi solución es acudir a una academia militar. —No debe ser fácil lidiar con tu padre —dijo ella acariciando sus heridas—. Sabes que eres un gran chico; muchos queremos tener la valentía, la entereza y la fuerza que tú tienes. —No soy fuerte, linda. Perdí el control, dejé que ganara mi ansiedad, el estrés. —¿Explotaste rompiendo algunas cosas? —La pared de mi habitación. —Peggi abrió sus ojos—. Apenas me calmé, salí a caminar y terminé aquí. Quería saber que estabas bien. —Me alegra que hayas venido. —Peggi le dio un beso en la mejilla; fue muy breve, sin embargo, dejó un rastro de calor en ambos. —Debería irme, es tarde, antes de que tu madre aparezca —dijo sin la más mínima intención de levantarse. —Créeme, la última persona que mi madre quiere ver esta noche es a mí. No te preocupes. Ambos se recostaron en la cama mirándose uno al otro sin decirse ninguna palabra y a la vez se decían todo; ese silencio que los envolvía transmitía tantas emociones que ambos gritaban sin poder describirlas, perdidos uno en el otro cuando la puerta volvió a sonar desde adentro. —Peggi... Peggi, ¿estás ahí? —Es mi hermano —susurró ella, alarmada mientras Alessio se reía. —Si no me abres, le digo a mami que estás con tu novio. Lo vi subir por la ventana —sentenció infantil y enojada de su hermano. —Un espía astuto —rio Alessio—. Abre, es mejor negociar con un niño que con un adulto. —No conoces a este niño. —¡Peggi! —grito. Ella se levantó de golpe y abrió la puerta dejándolo entrar como un torbellino y se plantó frente a Alessio con sus brazos cruzados, evaluándolo con una gracia única. —Soy Andy. Mucho gusto —extendió su mano—. ¿Y tú quién eres? Alessio se levantó y le extendió la mano como si estuviera frente a un hombre. —Alessio. El gusto es mío. —Las visitas son en la sala, no en el cuarto. Eso dice mamá. —Alessio vino a hablar conmigo de algo importante —interrumpe Peggi—. Mamá está... muy ocupada con el tío. —Eso ya lo sé. Yo estoy aquí para cuidar a mi hermana. —dijo Andy sentándose entre ambos, moviendo sus piernas en el aire. —Desde que papá se fue, ese es mi trabajo. —Me parece muy bien que alguien la cuide —mencionó Alessio con respeto—. Ahora la podemos cuidar los dos, tú en casa y yo en el instituto; ¿qué te parece? Andy lo pensó un momento mirando a su hermana y frunciendo el ceño. —¿Eres su novio? Alessio miró a Peggi buscando una respuesta detrás de la vergüenza. —Estas muy preguntón, señorito —menciona Peggi. —Si no eres su novio, no puedes estar aquí. —Si, somos novios. —Responde Peggi sin miedo. La sonrisa de Alessio iluminó tanto su rostro que cada rincón de la habitación parecía disipar cada sombra que en él habitaba. Andy contentó con la respuesta y se acomodó en medio de la cama. —Ven, Alessio, vamos a hablar de hombre a hombre. No creas que mi hermana está sola. —Ya veo que no. Alessio y Andy empezaron a hablar como dos señores grandes, regalándole a Peggi un momento mágico donde ellos dos eran los protagonistas y ella la espectadora de una conversación de películas, juegos, cómics, etc. Ver a Alessio tan feliz, calmado, paciente y dulce con su hermano le costaba imaginar que era el mismo joven que rompió la pared de su habitación a golpes. «¿Qué clase de hombres podría ser su padre para desestabilizarlo?», se preguntó. —Andy, es hora de dormir. —Interrumpió Peggi al ver que lo vencía el cansancio. —No —balbuceó el pequeño entre bostezos—. Mi amigo y yo estamos hablando, la estamos pasando bien, ¿verdad? —Mucho, pero ¿no tienes sueño? —Mm, un poco, no te dejaré solo con Peggi. Andy le entregó un cómic y le pidió que se lo leyera, un cómic sin chistar, hasta que se durmió. —Se ha tomado el rol del hombre de la casa. Lo siento —dijo ella cubriéndolo con una sábana. —Es un niño muy inteligente; se ve que te quiere mucho. —Viene todas las noches a verme, según él, a ver si estaba bien. —Me alegra que tengas a alguien que te cuide, ¿ves que sí tienes por quién vivir? —ella afirmó sin mucha convicción. —A veces es lo único que me hace seguir adelante —admitió ella —Y... entonces... ¿Somos novios? —preguntó él con una sonrisa. Peggi sonríe, afirmando con sus mejillas enrojecidas. —Eso parece, si aún quieres, claro. —Me haces el chico más feliz del mundo. Alessio tomó sus manos y Peggi sintió la corriente pasar por su cuerpo y centrarse en su estómago; era un sentimiento que la hacía vibrar, una sensación extraña que no tenía explicación, pero que le gustaba. Tal vez las cosas malas que se soltaban empezaban a ser recompensadas por las buenas. Tal vez Peggi podría empezar a ver el sol y salir de la oscuridad en manos de Alessio. Tal vez no estaba tan rota como pensaba, solo necesitaba a alguien que la reconstruyera, ya que sola no podía. —Yo también creo que por primera vez soy feliz. Ambos se acostaron con una sonrisa, separados por un bulto de veinte kilos de calor que dormía entre ellos. En el silencio de la habitación, el reflejo de una nueva esperanza iluminaba sus grietas; eran dos seres que buscaban reconstruirse bajo sus ruinas. En medio de la penumbra, el sueño y la calma, el silencio de la noche fue interrumpido por un sonido pesado, lento y rítmico. Eran los pasos de un hombre que intentaba perturbar la paz de tres chicos soñadores. La manija de la puerta giró lentamente. La llave que Peggi había echado era lo único que los separaba de la tormenta. Peggi se levantó de golpe observando a Alessio y a su hermano. —Es él, otra vez —susurró Peggi. —Sé que estás despierta, Peggi —la voz de su tío se filtró por la r*****a, pastosa, cargada de una autoridad que no le pertenecía. —Tu madre me dijo sobre la conversación que tuvieron en el cementerio. Tu madre cree que estás loca, pero yo sé que eres mucho más inteligente que eso. —A los locos solo se les trata de convencer sobre una verdad que tratan de volver mentira —susurró al otro lado de la puerta. —Abreme. —No. Largo. La puerta vibró bajo un golpe seco. Un solo golpe que despertó a Alessio, quien se incorporó confundido. —No siempre estarás detrás de esa puerta. —Aclaro el tío en voz dura. —Peggi —susurró Alessio. Peggi volteó, sintiendo como el pánico se aferraba a su cuerpo. Los pasos se alejaron y la paz no regresó. Peggi se acercó a Alessio y vio en él una pregunta que la quemaba por dentro: ¿hasta dónde llegaría ella para proteger el secreto que, si salía a la luz, haría que incluso Alessio la mirara con el mismo horror que ella sentía frente al espejo? —¿Qué sucede entre tu tío y tú? —preguntó Alessio. Sus manos, aún marcadas por la furia de su propia casa, buscaban las de ella con una urgencia nueva. —Es complicado —dijo como un escudo de salida. Alessio respiró profundo, vio su reloj; ya era pasada la diez. —Debería irme. Aunque no quisiera. —No te vayas —suplicó Peggi—, por favor. Alessio cedió; después de todo, Peggi no era la única que huía de casa. Esta habitación se había vuelto en este momento un refugio de dos seres heridos. Movió a Andy hacia una esquina y, abrazando a Peggi de espalda, la puso entre los dos. —Me quedaré cuidándolos esta noche. En la penumbra, sus manos unidas eran lo único que parecía sólido en un mundo tambaleante. Mientras Alessio la abrazaba, Peggi miró hacia la puerta. La amenaza seguía allí, vibrando en el aire denso; las sombras, alargadas, crueles y hambrientas, hacían acto de presencia, al igual que sus temblores y la respiración errática que trataba de controlar. —Aquí estoy, no me iré —susurró Alessio, generándose un poco de calma en una tormenta que se avecinaba. «Si la verdad viera la luz, todo terminaría, como aquel día. ¡En una desgracia!», pensó con temor. Una desgracia que llevaba su nombre, que provocó que la vida de su padre se fuera al abismo, y no querría volver a ver esa mirada ni en su madre ni en Alessio. Peggi cerró los ojos con fuerza, apretando las manos de Alessio como si en ello le fuera la vida; no podía permitir que esa mirada de decepción y horror se repitiera.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD