Pesadilla o realidad

2295 Words
La calle estaba desolada. Solo el viento manifestaba su fuerza contra las hojas de los árboles. Los animales se movían con una libertad carente de miedo; no existía ningún ruido que perturbara en las sombras y los vecinos habían desaparecido. Se percibía la desolación. El viento parecía limpiar la suciedad que habitaba el mundo, contaminando por su propia especie. El “enemigo de la naturaleza” permanecía clausurado en su cueva, entre paredes, tecnología, miedo, angustia y una muerte latente. Solo un cristal separaba a Peggi de la vida, pero cruzarlo era un riesgo s*****a: era enfrentarse a un enemigo invisible con un final desconocido. Podrías sobrevivir a morir en el intento. —Me gusta la soledad de las calles, odio tanta gente invadiendo la ciudad... pero detesto el encierro —se quejó Peggi, con la frente apoyada en el vidrio de la ventana de su habitación. —Tratamos mal a la naturaleza y ahora ella se defiende de nosotros de una manera decisiva. Escucha la voz dulce, juguetona y gruesa de su padre que llegaba desde el umbral de la puerta acompañada de una sonrisa calurosa. —¿Crees que estoy loca si te digo que, aunque odio el encierro, siento que el mundo está descansando de nosotros y se ve más feliz? Ojalá el virus se lleve a unos cuantos desgraciados llenos de hipocresía y maldad. —Mi sol... esa no es la manera de hablar. Hay gente que está muriendo, personas aterradas porque no saben cómo llevar un plato de comida a sus casas, tienen miedo a contagiarse y no saben si será la última vez que verán a sus seres queridos. —¿Cuál es la diferencia con la cotidianidad que vivíamos antes del confinamiento? Es lo mismo, solo que ahora nos hicieron conscientes de las calamidades del prójimo —interrumpió ella con vehemencia—, pero me refería a los desalmados, los delincuentes, los asesinos, maltratadores y violadores... Esos son los que deberían morir, no la gente buena. Solo escucho que mueren los buenos. —Mueren quienes deben morir, cuyo nombre está en la lista con fecha incluida desde el día que nacimos. Todos en esta vida, buenos o malos, tenemos un inicio y un final; no lo podemos evitar por más que huyamos de él. —Lo sé. Solo sería lindo pasarle a la muerte unos cuantos nombres. ¿Crees que el monstruo del COVID los lea? Su padre soltó una carcajada. —¿Quién puede odiar tanto a mi sol como para desearle la muerte? Ella esbozó una sonrisa tan ligera que apenas fue un vestigio de luz. —Solo hablo por hablar. Veo noticias: tanta gente mala, niños matando niños, padres lastimando a sus hijos, jóvenes robando y asesinando por nada; todo es un caos de maldad allá afuera y lo que desconocemos —enarco sus hombros con inspiración profunda—. Solo pienso que algo bueno debería ser el COVID: limpiar la suciedad social mientras nos tienen encerrados como prisioneros en nuestras propias casas. —Creí que amabas la soledad de tu habitación. —La amo. Pero también amo ir a nadar, ir al centro comercial, salir con mis amigas —ve cómo su padre hace puchero—. Amo estar con ustedes, pero soy una adolescente cuya vida está estancada en estos momentos; siento que nos está cambiando la vida y no me gusta. —Tienes una forma muy extraña de hablar y ver el mundo, mi sol. —Soy rara, papá. Tengo un tic en la cabeza. —Un “tic” te voy a dar yo si no bajamos a almorzar antes de que tu madre vuelva a gritar —bromeó él, notando el ceño fruncido de su hija. —¿Puedo comer aquí? Tengo un lindo paisaje. —No, vamos a comer en familia como todos los días —su padre observó su resistencia—. Peggi, cariño... ¿Hay algo que me quieras contar? En estos últimos días has estado extraña, callada y no creas que no me he dado cuenta de que apenas le hablas a tu madre. ¿Discutieron? —No. Solo... Cosas de adolescentes. ¿Qué hija no pelea con su madre? —Mm, es bueno que tu madre también lo sepa porque creo que desconoce tu molestia. Peggi guardó un silencio ensordecedor. Luego miró a su padre directamente a los ojos, con una intensidad incómoda y desesperada. —Son cosas mías. Papá... ¿Amas mucho a mamá? —Tu madre, tu hermano y tú son mi vida entera. No sé qué haría si llegara a perder a alguno de ustedes. —Tú también eres mi vida entera —susurró ella—, no quiero perderte nunca. Eres mi mejor amigo —lo abrazo con tanta fuerza como si quisiera fundirse en su pecho y olvidar lo que la atormentaba. —Cariño, ¿seguro no quieres decirme qué te sucede? Me estás asustando. —No sucede nada, papá. Solo que te amo y me da miedo cuando sales. Puedes contagiarte y no quiero perderte. —Tranquila, me cuido muy bien. —Puede que tú sí, pero no sabemos cómo se cuidan los demás. Recibir visitas es un peligro. —Lo dices por tu tío —ella afirmó con rigidez—. No podemos darle la espalda a la familia. —No se la damos, nos protegemos. No sabemos si él se cuida; nos puede contagiar. Con que te llame para saber qué respira es suficiente, ¿no crees? —Nunca te ha caído bien tu tío. Me recuerdas a mi hermana... siempre alegre conmigo, pero tan distante con él. —Por algo la tía lo quería lejos. Nunca me has contado cómo murió. —¿Para qué quieres saber eso a estas alturas? —Él le dio un beso en la frente mientras los gritos de su madre reclamaban su presencia en la mesa—. Tu tía era como tú: hermosa, inteligente, llena de vida, pero muy cohibida. Me la recuerdas tanto, aunque con el cabello largo. —Sí, el tío dice lo mismo. —Peggi tragó saliva—. Por favor, dile que no venga. No quiero que nos pase nada y el COVID es impredecible. No quiero contagiarnos. —Ay, pequeña. Solo viene de vez en cuando, pero tendré más cuidado y nada de escaparte por la ventana. —Está cerrada, como de costumbre. Además, a veces los depredadores no suelen entrar por la ventana; entran por la puerta, con una sonrisa y flores. El padre se quedó en silencio, procesando sus palabras y gestos que decían mucho en el silencio. —Peggi. ¿Me estás intentando decir algo? —Ella pensó por un momento, luego forzó una sonrisa—. Sabes que me puedes contar lo que sea. —¿Puedo ir a nadar a la piscina del vecino o en la alberca municipal? No debe haber nadie —bromeó para salir del paso. —Muy graciosa, obviamente no. Ni siquiera puedes salir del patio de esta casa si no quieres matarnos del susto. Su padre la estrechó en sus brazos admirándola. Peggi lo observó con una mezcla de amor y nostalgia infinita. —Te amo, papá. Daría mi vida por decirte la verdad... y que estuvieras vivo. El aire se congeló y todo empezó a distorsionarse dentro de ella. —¿Que estuviera vivo? ¿Es que no lo estoy? —preguntó su padre con extrañeza. Peggi miró a su padre, pero esta vez con lágrimas que corrían por sus mejillas. —Peggi. Cariño, aquí estoy, ¿qué pasa? No iré a ningún lado. —Lo prometes, prometes llevarme contigo. —¿Llevarte a dónde? Aquí estamos bien, estás en casa conmigo. —No me dejes, papá, perdóname. —Peggi, me estás asustando. —Esto no es real, ¿o sí lo eres? —Claro que soy yo... Quién más, mi sol. Peggi parpadeó. El color empezó a drenar por las paredes. Los espacios empezaban a fragmentarse y las lágrimas desbordaban con desesperación de sus ojos. —¡Peggi!¡Peggi! De pronto vio a su alrededor y la calidez de su habitación no existía. El paisaje verde tras el cristal se tornó n***o, triste, aislado y el ambiente frío. El aroma a hogar fue reemplazado por el olor aséptico de los desinfectantes, el p**o de las máquinas aturdía el silencio, el olor a óxido de la sangre penetraba por sus fosas nasales y su mente estaba en otra realidad rodeada de oscuridad. —Llegaron tus resultados —dijo la voz del médico. Peggi tenía la mirada perdida en la ventana mientras estaba sentada en una camilla de hospital—. Ya respiras por ti sola. Tus signos vitales se han normalizado y tus valores están bajo control. Estás fuera de peligro. Todo estará bien. —Mi papá murió. Nada está bien —respondió ella con una voz vacía, que no le pertenecía—. Debieron dejarme morir con él. El silencio del hospital se volvió un peso insoportable. —¿Has visto a la psicóloga? —preguntó el médico. —Ella no lo va a atraer de regreso. El doctor, sin saber qué decir, se retiró, dejándola a solas con su dolor y penumbra. —Estás siendo un poco odiosa. ¿No crees? Peggi se tensó al escuchar la voz que tanto añoraba. —¿Papá? —No sé por qué insiste en que estoy muerto si aquí estoy. A tu lado. Prometí nunca dejarte, mi sol. Peggi se giró y lo abrazó con fuerza sin querer soltarlo; se aferró a él como si tuviera miedo a que desapareciera y con él su existencia. —Me gusta que me abraces, pero no que llores. El cuerpo de Peggi se puso rígido. Esa no era la voz de su padre. Era la de un joven más dulce y noble. Alzó la vista y se encontró con la sonrisa fresca y los ojos dulces de Alessio que la observaban con preocupación. Estaba de nuevo en su habitación. —¿Estás bien, bonita? Peggi miró a su alrededor, desorientada, en los brazos de Alessio. —Yo... estaba... —Rara —concluyó él con una sonrisa triste—. Me desperté y te encontré mirando por la ventana. Murmurabas algo, luego me abrazaste y... aquí estamos. —Era un sueño —susurró ella, aunque todo parecía seguir siendo una mentira—. Parecía tan real. O tal vez este sea el sueño y aquella es mi realidad. Volvió a hundirse en el pecho de Alessio. —Me estoy enloqueciendo. Me estoy perdiendo. —Ey, tranquila. —Se sintió tan real como tú ahora. Alessio, ¿y si el sueño eres tú y no él? ¿Y si mi vida solo son fragmentos que tratan de jugar conmigo? —¿De qué hablas, Peggi? —Que todo parece un juego de mi mente, me estoy perdiendo entre mi realidad. Mis sueños parecen tan reales; algunas veces soy feliz en ellos; luego todo se desmorona, el dolor aparece, la soledad me golpea y vuelvo a estar aquí en este mundo tan perdido, donde nada está bien y... nada tiene sentido. —Linda... quisiera quitarte ese dolor. —¿Crees que me estoy enloqueciendo? A veces veo mi vida como una película. Me pregunto si está pasando todo realmente o solo es mi imaginación, si de verdad existo o morí aquel día con mi padre o antes de eso. Sí, solo estoy en el infierno pagando mis culpas. —Yo estoy aquí —dijo él, tomándole el rostro con delicadeza—. Soy real. Observa. Sintió sus labios sobre los suyos. El beso fue dulce y salado, un chispazo entre la realidad y la fantasía, una felicidad precaria que amenazaba con hundirla en la angustia. Mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar, se preguntó: «¿Será este otro sueño o es mi realidad? ¿Será mi demonio hecho ángel? », pensó disfrutando de la cordura o la locura que la embargaba en ese momento. De repente, la puerta de la habitación se abrió de golpe. La luz del pasillo la inundó. —Peggi, cariño... —Era la voz de su padre que se escapaba entre las luces. Quiso mirar a Alessio y encontró el c*****r inerte de su padre. Ella gritó, retrocedió mientras todo alrededor se rompía en pedazos. Quiso huir de la pesadilla; sus propios brazos la abrazaban con desesperación, no había marcha atrás. —Peggi, ¿qué sucede? ¿Qué le pasa? —Escucho la voz infantil de su hermano. —Tiene una pesadilla. —Dijo Alessio para calmar el miedo del niño. —Bonita, vuelve conmigo. Peggi estaba de nuevo en la habitación de la clínica, con los brazos apretados contra su propio pecho, balanceándose violentamente y sollozando sin control. —No lo dejen morir, no lo dejen morir —repetía constantemente. —Peggi, ¿qué haces en el suelo? —Varias enfermeras entraron corriendo—. ¡Trae el sedante! ¡Está delirando otra vez! —No, no, no más sedante. Sintió un pinchazo en el brazo. Peggi miró hacia una esquina y ahí estaba su padre con una expresión triste, mientras del otro lado estaba Alessio con una sonrisa cálida. —Aquí estoy, bonita. No te voy a dejar. La oscuridad la envolvió por completo. Esta vez no hubo paisajes, ni colores, ni reencuentro. Solo un vacío frío de saber que la única realidad eran las sombras que la atrapaban entre paredes, donde sus gritos eran más agudos en su mente. Donde el virus la había alcanzado, pero para verla agonizar día con día. No sabía dónde estaba, ni con quién, ni si estaba muerta o viva. Solo sabía que dolía y que el dolor era lo único que se sentía real.
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