Cuando Peggi despertó, se vio sola en la enfermería de la escuela. No sabía cómo había llegado hasta ahí y que aún estaba viva.
Se sentó recordando los últimos acontecimientos y se dio cuenta de que había entrado en caos, una vez más. El tercero del día y ya había perdido la cuenta de cuál era la semana.
Esto estaba empeorando, nada ayudaba, ni las medicinas, ni las conversaciones positivas con ella misma; estaba hundida en lo más profundo y la única persona que la podía proteger había muerto, la había dejado sola y sin rumbo.
Ya no podía seguir así, estaba agotada.
“Te lo he dicho, es hora de irnos”. “Nadie notará tu partida”.
—Peggi —escuchó la voz de la enfermera—. ¿Cómo te sientes?
—Bien, ¿cómo he llegado aquí? ¿Puedo irme a casa? —La enfermera le regaló una sonrisa.
—Varios de tus compañeros te trajeron. —¿Varios?
El pánico se volvió a apoderar de ella, pensado:
«Me vieron en una crisis, seré la burla de todos».
Quería desaparecer, estaba cansada de luchar con algo que evidentemente era más fuerte que ella.
—¿Quieres que llame a tu mamá? —preguntó la enfermera.
—No es necesario, ¿puedo irme?
Necesitaba irme de aquí, no podía arriesgarme a que supieran mi verdad.
—Te dejo ir con la condición de que me prometas que vas a descansar hoy y que me llames si necesitas cualquier cosa, aunque sea hablar.
—¿Hablar de qué?
—De lo que tú quieras. Según lo que me describió tu compañero que te vio en clases, tuviste un ataque de pánico. ¿Te dan muy seguido? —No lo sé, tal vez.
—No hice la tarea y el profe me ordenó exponerla; me asusté.
—Mm. Fue un evento fortuito —respiró profundo—. Bien, igual prométeme que si necesitas hablar, me llamarás.
—Gracias, lo haré.
Cuando llegó a casa, se encerró en su habitación, se aferró a la foto de su padre, recordando una vez más cómo fueron sus días aislados de todos y sus últimas palabras.
—Papá, ¿vamos a estar bien?
—No lo sé, pequeña, pero sí algo estoy seguro es que tú saldrás de aquí.
—Saldremos juntos.
—Uno de los dos tiene que vivir y debes ser tú. Cuando el cielo más oscuro se ve, es porque el sol en algún momento saldrá brillando como nunca lo ha hecho.
—No quiero brillar sin ti, eres mi sol.
—Y tú eres el mío. Siempre quiero que recuerdes que, en medio de la tormenta, se hace un sobreviviente.
Dejé de brillar, ya no sé cómo hacerlo. Lo intento, pero es tan difícil.
De un momento al otro sintió un peso sobre ella.
—Peggi —la voz dulce de su hermano de cinco años invadía las sombras de su mente—. ¿Estás llorando otra vez?
—No estoy llorando, estoy tratando de dormir.
—Pero aún es de día, ¿no quieres leerme un cuento? Papá solía hacerlo, ¿te acuerdas?
—Claro que me acuerdo.
—¿Quieres que te deje mi oso Pepe? Él siempre me cuida cuando tengo miedo.
—¿Y quién te cuida si me lo das?
—Yo no lo necesito más. Mamá dice que mi papá me cuida siempre; por lo tanto, ya no tengo miedo.
Por lo menos, hay un valiente en la familia.
—Lo único que me da miedo es que, si me está cuidando a mí, ¿quién te cuida a ti? Por eso te doy mi oso.
Lo tomo en mis brazos, le doy un beso y sonrío.
—Lo cuidaré, pequeño.
—¿Sabes que te quiero? No llores más.
—No lloraré si no le dices a mamá que me viste llorando.
—Pero mamá dijo que siempre hay que decirle cuando te pones mala.
No podía regañarlo; Peggi sabía que tenía un hermano inteligente, astuto y observador desde que empezó a gatear.
—No estoy mala, solo extraño a papá.
—¡Ah! Yo también lo extraño. ¿Crees que lo veremos algún día?
Por un momento su mente se puso oscura y solo escuchaba esa voz interna que le gritaba.
“Pronto”, “Muy pronto lo veremos”. “Hazlo, sus vidas serán más fáciles”.
—Algún día lo veremos, pequeño.
Abrazó a su pequeño hermano y mientras le contaba un cuento, ambos cayeron en la oscuridad del sueño, con la única diferencia de que, mientras su hermano soñaba con superhéroes, Peggi se sumergía en la oscuridad de su mente con miles de escenas que pasaban rápido, demostrándole cómo podía terminar con todo.
“¡Hazlo! ¡Detén el dolor!” “No suframos más”. “Duele respirar todos los días”. “Estás cansada”.
—No quiero morir, pero no encuentro razones para no hacerlo.
Peggi se quedó estática, muda y rota bajo las sábanas con una decisión que ya estaba tomada.