Luz en la oscuridad

1607 Words
En un mundo donde las cosas malas se han vuelto una rutina, las buenas pasan desapercibidas; por lo tanto, cuando ocurre, es inevitable pensar en el acto negativo que se avecina, porque en una mente hostil la felicidad se siente como una anomalía sospechosa. Peggi no podía dejar de pensar al ver su fantasía hecha realidad; parecía estar viviendo en su propia película irreal. Alessio, su guapo, inteligente, divertido y amable chico, la estaba besando como un reclamo de pertenencia, desafiando las leyes de la probabilidad. ¿Cómo podría ser real? —se preguntaba—. Las buenas cosas las han dejado atrás, pero ocurría, y en ese beso no solo descubría el amor y la necesidad del deseo, también nacía un nuevo miedo: estar viviendo un sueño que proyectaba uno de sus grandes anhelos; la luz la tocaba entre las sombras con el roce de los labios de su amado. —Hola —dijo Alessio con una sonrisa al separarse de ella, apenado—. Fue un impulso, ¿te molestó? «Ni de broma» —Fue mejor de lo que pensaba, ¿estás enojada? —¿Yo? No, solo… es que… creí que no te gustaba. —Me gustas, Peggi, y si no te dije nada, aquel día fue porque no me parecía el momento indicado. —¿A no? —se rieron juntos después de que Peggi rodara sus ojos dejándolos en blanco—. Hubiera sido bueno que dijeras algo. —Estabas en una crisis y no sabía si te empeoraba o, al volver, no recordarías nada de lo que te dijera. —Pero han pasado varios días, podrías haberte acercado y decirme algo; me sentía un poco estúpida al confesarte que me gustabas y tú no —aclamó. —¡Oye! No te hagas juicios ni te digas malos calificativos. La mente es traicionera y puedes terminar creyéndotelas. «Si supiera lo que hay en mi mente» —Sí, la mente le está costando creer que este momento esté ocurriendo. Ambos se ríen apenados y con las mejillas enrojecidas como dos adolescentes descubriendo una nueva aventura que no encajaba en la gravedad de sus vidas. —Está ocurriendo —dijo Alessio, cortando la distancia—. Por eso te seguí en el centro comercial cuando te vi, al igual que corrí tras de ti aquella noche cuando corrías sin frenos. Peggi, me preocupo por ti, te quiero ver bien y feliz, aunque nuestras condiciones a veces sean difíciles para ver el sol. Peggi no podía creer lo que escuchaba, lo que estaba viviendo; definitivamente estaba alucinando. No podía ser verdad tanta alegría, nada se sentía real, tanto que una parte de ella gritaba de dicha y la otra estaba sumergida en la ambigüedad. —¿Y ahora? —mencionó Alessio, nervioso. —Dime algo. —No sé qué decir. Estoy sorprendida, es que tú eres… tú y yo soy un caos—balbuceo ella como si fuera algo inimaginable—. Soy un cristal hecho pedazos que trata de reconstruirse. —Algo que tenemos en común, ¿no crees? Peggi frunció el ceño, dudando de la condición de Alessio. Él parecía tan sano, tan fuerte y seguro de sí mismo. —Déjame ayudarte, déjame ser tu salvavidas, tu luz y tú la mía; déjame quererte, bonita—Insistió él con suavidad. —¿Cómo puedes querer algo que está roto? —sollozó—. Entiendes que estoy quebrada por dentro, que mi mente en este momento no es normal; te puedo herir y no quiero eso, porque te quiero. Él sonríe como si ella hubiera dicho una broma. —Si me quieres, quiéreme y déjate querer. Estoy aquí y no te dejaré sola, porque hasta la mente más rota merece brillar con luz propia y amar aun entre las sombras. Peggi estaba sorprendida. —¿Qué quieres realmente de mí? —preguntó con incertidumbre. —Quererte. Siempre creí que eras linda, presumida y vanidosa, pero siempre pensé que había otra chica detrás de esa coraza y no me equivoqué. —Esa chica ya no existe y no creo que vuelva —dijo con pesar. —Nunca volvemos a lo que éramos, evolucionamos. —Alessio, ¿estás seguro de lo que estás diciendo? —en susurró.—Es decir, estoy estancada. Soy un recipiente vacío que no tiene nada que aportarte, ni a ti ni a nadie, excepto soledad y tristeza. —No digas eso —replicó él con firmeza—. Las personas siempre pasamos por un estado emocional constante, a veces triste, otras felices o melancólicas, pero eso no significa que dejes de aportar algo al mundo. Alessio se acercó y la rodeó con un abrazo protector. —Tal vez sí tienes problemas, por fijarte en alguien como yo. —Exclamó ella respondiendo a su abrazo tan fuerte que temía soltarse y que desapareciera. —No somos tan diferentes, Peggi. Los dos estamos sumergidos en un estado anormal de la sociedad; solo nos queda disfrutar de los momentos felices que nosotros mismos debemos crear. —Tomó su rostro y le dio un beso en la frente—. Vamos, te llevo a casa para que te cambies y evitar que te resfríes con esa ropa mojada. —Pero aún no acaba la jornada de clases. —No importa, tú eres más importante que unas clases aburridas. Peggi se mordió el labio con nerviosismo, pensó en su casa; debería estar su madre y, peor aún, “el monstruo” de su tío, la última persona que desearía ver en el mundo. —Sí estás decidido a volarte las clases, podríamos ir a cualquier lado menos a mi casa— dijo ella con urgencia. Alessio guardó silencio un momento, reflexionando hasta recordar un lugar donde podrían estar solos. —Sé dónde ir —le aseguro. Le dio un tierno beso, tomó su mano y juntos escaparon del instituto. -*- Peggi no podía dejar de pensar que en cualquier momento despertaría y nada de esto sería real, que no hubo beso, ni declaración, ni nada de los últimos minutos. ¿Cómo pasó de estar en un salón irritable a nadar con su única amiga mientras te cuenta su dolor y un beso con Alessio? —Sonreía —Ahora estaba en medio de su habitación rodeada de afiches de música rock, libros por doquier; cerca de una consola de juego mientras flotaba entre un aroma limpio, dulce, sensual y masculino que lo envolvía todo. La puerta se abrió con Alessio entregándole un té caliente. —Toma, te traje esto para que entres en calor. También una chamarra y un mono para que te quites esa ropa—dijo extendiéndoles unas prendas secas. —Gracias. Tu habitación es muy bonita —respondió con timidez—. ¿Tus padres? —preguntó, nerviosa. —Trabajando— dijo con dulzura; se acercó—. No te preocupes, ve a cambiarte. —Le dio un beso en la frente con esa sonrisa característica que siempre lograba tranquilizarla. Peggi se dirigió al baño con una leve sonrisa en los labios. Al entrar, se observó en el espejo: hecha un desastre, sin maquillaje, despeinada y con el rostro cansado; no queda ni rastro de la chica que solía ser. «Aun así, Alessio me dijo que le gustó siendo un desastre», pensó mientras su corazón daba un vuelco. —No puedo creer que le guste aun conociendo mi estado de oscuridad. Saltaba de la felicidad esa que hacía mucho no sentía. Por un momento, se permitió olvidar la fealdad que sentía desde hacía tanto tiempo, pero, aunque estaba envuelta en esa burbuja de afecto, una parte de ella, esas oscuras sombras que la embargaban, intentaban emerger para recordarle que, en el fondo, todavía se sentía condenada viviendo de las migajas que le daba la vida y que esta no duraría mucho. Su sonrisa se desvaneció dándole paso a esos malos pensamientos, a esa tortura de culpa que le gritaba que no merecía lo que estaba viviendo. —No, no pienses en eso, disfruta el momento. Puedes hacerlo —se dijo al espejo. Se cambió después de oler la ropa de Alessio y salió a la recámara vacía, por lo que tomó el riesgo de salir a buscarlo y lo encontró en la cocina preparando algo de comer. —Vaya —mencionó Alessio al verla. —Te queda muy bien mi ropa. —Un poco grande, pero gracias de nuevo. ¿Qué haces? —Un rico desayuno porque tengo hambre y me imagino que tú también. —En realidad, no. No te tienes que molestar en hacerme comida —dijo apenada sentándose en la mesa. —No me molesta, y sé que no has desayunado; por lo tanto, vamos a comer. Es importante para tu salud. —Me brindas tu casa, me prestas ropa y me haces un rico desayuno; soy afortunada. —Sonríe suprimiendo esa sensación de desesperanza. —Pues vamos a comer y disfrutar de nuestro día, solo tú y yo —afirma. Desayunaron, luego vieron una película mientras que se quedó dormida en sus brazos. Alessio aprovechó para subirla a su habitación, acostarla en su cama y contemplar su belleza relajada. —Vas a estar bien bonita. Lo que sea que te atormente, voy a hacer lo que esté en mis manos para borrarlo; quiero sacarte de esa tristeza y oscuridad donde te encuentras, porque eres la mente rota más noble y bella que le ha dado luz a mi desasosiego y no quiero perderte. Se acostó a su lado contemplándola, perdido en sus propios pensamientos, sintiéndose por una vez en la vida en el lugar correcto.
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