Mi mejor amiga

2691 Words
Las personas aprenden a mentir, engañar y actuar ante los demás para guardar las apariencias ante una sociedad donde ahora se batalla por quién es mejor escondiendo su verdad; todo para que nadie pueda ver su debilidad, su pesar y lo quebrada que un alma puede llegar a estar. Es algo estúpido, porque el mundo avanza, la vida sigue y al morir nada va a cambiar; todos seguirán con sus vidas, sus proyectos, sus alegrías y desgracias. Entonces, ¿por qué vivir complaciendo a los demás? ¿Por qué esconder lo que sentimos solo para hacer sentir bien al prójimo mientras que nosotros morimos por dentro? ¿Por vergüenza, burla, falta de entendimiento o por miedo a ser juzgados? Peggi pasó meses, años. Dos años para ser exactos escondiendo lo que sentía, tratando de disimular la tristeza que la embargaba, la soledad que poco a poco invadía su alma hasta el punto de perderse ella misma en esa oscuridad, todo porque nadie pudo ver el dolor que la embargaba. Ella gritaba en sus pequeñas acciones, en sus sutiles palabras y opiniones, hasta que se volvió una sombra, una rara más de la sociedad. Y no era que las personas no supieran de su pesar, era falta de entendimiento de la ausencia de la única persona que ella sentía que la amaba, el ser por el cual dependía cada día para levantarse en las mañanas, su guardián, su guerrero, su guía, su compañía, su cómplice, su todo. Un todo que ella dejó morir, que permitió que le arrancara su propia vida con una mirada vacía, un silencio perturbador y un adiós que nunca llegó. Nadie podía entender que ella murió aquel día junto a él, y lo que quedó solo fueron escombros que pocos han intentado recomponer. Nadie pudo percibir el riesgo que buscaba por el cansancio de existir con la excusa de que había perdido el miedo a vivir. Ignoraban las veces que renunció cediendo el pan por falta de deseo, escondiéndola detrás de la generosidad o saciedad. Nadie vio que no caminaba por callejones: caminaba hacia la posibilidad de no volver. Cruzaba cuando debía detenerse, ignorando las señales, ofreciéndose a la muerte, para no tener que tomar una decisión consciente. Se sumergía en el agua no por monotonía de una limpieza diaria, sino para ensayar la ausencia y comprobar cuánto duraba el cuerpo en rendirse ante la mente. El peligro no era un desafío, era una delegación donde el daño era posible y, si algo sucedía, no era su decisión, era el destino. Nada era un drama, como susurraban; era un llamado de auxilio del cual nadie se percataba y aun después del tiempo el ruido del mundo ya era un silencio. Los gritos se volvieron eco, las heridas un hueco y el dolor agotamiento. Por lo tanto, ¿por qué pensar, actuar y vivir por los demás cuando el sentir de la felicidad o el sufrimiento era personal? ¿Qué podría pasar si era evidente que a nadie le iba a importar? —¡Peggi! —Un grito se escuchó por la habitación para llamar su atención. Era la profesora de matemáticas esperando algo de ella bajo la mirada de todos en el salón. —Estás distraída, otra vez —mencionó—. Si no te interesa la clase, ¿para qué vienes? Pensó su respuesta y la docente tenía razón. —Porque estoy obligada a asistir; sin embargo, no le discuto mi falta de interés. Tengo cosas más interesantes en las que pensar que unas fórmulas que no me van a ayudar; por consiguiente, no me interesa escucharla hablar. Todos ríeron con burla ante la profesora, quien estaba asombrada por su respuesta, aunque no era la única. En la esquina de la primera fila estaba Alessio, quien frunce el ceño desde su asiento. —Si tan interesante es, ¿por qué no compartes con la clase? Así todos podemos comprender lo que piensas. —No quiero ser comprendida por personas cuya inteligencia está en formación e interesadas en canciones y videos virales de t****k; eso se lo dejo a usted, que es su deber. Se levantó de su asiento recogiendo sus cosas, caminó hacia la puerta y, mirando a la profesora, mencionó: —Ahora la dejo con su clase; me voy antes de que me envíe a dirección. Sin esperar respuesta, salió atravesando pasillos desolados, en silencio, hasta llegar al área de natación. Entró acercándose al borde de la piscina, contemplando el fondo al sumergir sus manos, recordando la sensación que sentía a la inmersión cuando, de pronto, Laura la asustó al emerger a sus pies. —Me asustaste —reprochó en tanto Laura se reía. —Quiere decir que estabas perdida en tus pensamientos. ¿Creí que estabas en clase? ¿Qué haces aquí? —Yo digo lo mismo. Laura se quedó apoyada en el borde observando a Peggi, quien ahora se sentaba. —Estoy nadando, ¿no es evidente? —¿En horas de clase? —Subió sus hombros con desinterés. —Hoy no estoy de humor para aguantar a los sabiondos de los mayores que creen que lo saben todo y en realidad no nos enseñan nada que nos vaya a hacer útil en la vida. Además, soy la rara e invisible de la escuela. —Pensé que esa era yo y, contradiciendo tu opinión, creo que los sabiondos enseñan cosas útiles para algunos, según lo que quieran ser en la vida. —¿Y por qué no estás escuchando a uno de esos, en vez de invadir mi espacio? —La alberca es libre, pesada. —Laura sonrío.—No se supone que debes tener buen comportamiento para estar en el equipo. —Eso dicen; por esa razón me peleo la excelencia de mis notas y un desempeño envidiable para que el entrenador no me corra. —Le guiña un ojo. —Sí, suelen ser exigentes. —¿No lo extrañas?—preguntó. —¿Sentir el agua tocando la piel, tu cuerpo flotando como si volara entre las nubes? Ven, entra. —¡Estás loca! Estoy con ropa y ya tengo suficientes problemas; estoy por salirme de clase para complicar más las cosas. Además, hace mucho no nado. —Nadar no se olvida, es práctica, se siente y ahora no hay nadie. —No es una buena idea. Laura se aparta del borde, hace piruetas frente a ella incitándola a sumergirse, cuando de repente, sintió que la tomaba por las manos y la introdujo al fondo del agua. Saca su cabeza limpiándose el rostro y ve a Laura sonreír. —Ups, fue sin querer. Ahora, nada. Peggi empezó a dejarse llevar por el momento, sentir el agua adhiriéndose a la piel, traspasando las fibras de las telas de su ropa, y se sumergió. Abrió los ojos, para encontrar a Laura haciéndole morisquetas y nadando a su alrededor; sonrió y empiezan a jugar como un par de niñas haciendo travesuras mientras disfrutaban de lo que más les apasionaba gracias a sus técnicas de respiración bajo el agua. Se persiguen, se abrazan, se hunden una a la otra, se lanzan agua, se ríen y disfrutan sin que nada las preocupe. Peggi recordaba cuán feliz era en el agua, la paz que se sentía; las voces parecían entrar en trance y su dolor entraba en sosiego. —¿Estas bien? —preguntó Laura mientras ella observaba el techo de la habitación en medio del agua. —Se siente tan bien estar de regreso al agua. Extrañaba nadar —¿Por qué no lo haces si te gusta tanto? —No lo merezco, nadar fue lo que trajo mi desgracia y preferí reprimirlo por castigo. Ahora no sé si valga la pena. —Laura la observaba analizando sus palabras—. Olvídalo, no pretendo que lo entiendas. —¡Oye! Te recuerdo que yo tengo heridas en mi cuerpo por autolesionarme, según yo, por seguridad y sobrevivencia, que no me han servido de nada. Claro que te entiendo. Ambas nadaban en silencio haciéndose compañía, esa que solo necesitaban para no sentirse tan vacías y perdidas. —Me quedaría aquí toda la vida —susurró Peggi. —Nada te lo impide, mientras lo compartas conmigo. Las amigas hacen eso. —Laura, ¿algún día me contarás cómo caíste en el infierno en el que estás? Nadaron hacia el borde de la piscina mirándose mutuamente. —Tal vez te ayude un poco; en el grupo de terapia no has dicho nada. —Tú tampoco. —Pero yo soy nueva, aún no tengo la confianza, pero si no me quieres contar… —Mi tío está enfermo, le encanta lastimar a los demás y a mamá; no sé si se hace la ciega y no quiere ver lo que está frente a sus ojos, lo que es doloroso porque no le importa, o realmente es muy inocente para no querer entenderlo, al punto de creer que es llamar la atención o parte de mi estado mental. —¿Te sigue lastimando? —Solo su presencia lastima.—Peggi entendía eso. Ver a alguien que te ha lastimado era como echarle sal y limón a la herida—. Decidí decir la verdad a alguien que me protegería, pero todo se convirtió en un caos donde me convertí en la villana y ahora nadie me puede proteger excepto yo misma y aun así siento que no puedo. —¿Le doy una paliza? —¿Podrías? —Me costaría, pero te defendería. Eres mi única mejor amiga. —¿Soy tu mejor amiga? Eso me gusta. —Peggi afirmó y se sonrieron. —¿Qué tanto te ha lastimado? —Lo suficiente para sumergirme en el dolor, quebrarme el alma y no poder sanar. —Lo lamento, mereces a alguien que te proteja. —Tu turno. No, no podría decirle la verdad, no ahora. Ya lastimé a alguien por abrir la boca; no lo haré de nuevo. —Digamos que nos parecemos un poco. También fui lastimada y, cuando decidí decir la verdad, herí y acabé con la vida del ser que más me importaba. —Eso suena horrible. —Lo es, la verdad es un puñal invisible que te hiere el alma hasta hacerla sangrar y no es fácil de curar. —A los adultos… a nadie en general le gusta escuchar la verdad, aunque estén frente a ella. Prefieren vivir en un espejismo de realidad y fantasía que los mantenga en una burbuja de felicidad, aunque eso los lastime o lastime a los demás, pero cuando esa burbuja se rompe, buscan a quién culpar para no sentir más vergüenza y admitir que se dejaron engañar. —La mente sabe cómo engañarnos, cómo hacer que las cosas que veamos parezcan reales, aunque no lo sean, o viceversa. Crearnos historias en nuestras mentes por sobrepensar más de lo que se debe. —Lo que ellos llaman un malentendido. —Exacto, todo es la perspectiva que le demos a las cosas, por eso nadie ve ni piensa igual que la otra. —Tal vez sea producto de tu imaginación, ¿seré el reflejo de lo que quieres decir y hacer? —No soy capaz de hacerme una herida en el cuerpo— ambas se ríen—. Se ve doloroso y deja marcas; y sé que mi mente no es que esté muy bien, pero me gusta mi belleza, aunque ahora no lo parezca. —Solo es piel abriéndose en dos con un dolor momentáneo; hay heridas que son más crueles, profundas y sangran mucho más, dejando cicatrices que nadie ve. —Eso es verdad, y es muy triste. ¿No te importa lo que te diga la gente? —Solía hacerlo, pero estoy aprendiendo a que no me importe; después de todo, la gente prefiere ignorar el dolor ajeno, solo critica a tus espaldas mientras especula. —Me duele estar triste. —Sí, la tristeza suele doler. Nacimos para causar dolor; algunos nos lastiman y otras veces somos nosotros quienes lastimamos; solo existen personas que son más fuertes que otras para saber manejar el dolor y sobrevivir a esas heridas. —No es nuestro caso —mencionó Peggi con desilusión. —De hecho, creo que lo somos. Después de todo, conocemos nuestro propio infierno, lo vivimos a diario y estamos sobreviviendo a ello con una sonrisa, haciéndolo invisible ante los demás humanos. Se quedaron en silencio por un rato hasta que escucharon la voz del entrenador gritarles. —¡¿Qué haces aquí?! —Corre…—dijo Laura mientras salían de la alberca y corrían hacia los baños escondiéndose del entrenador. Se detuvieron riéndose en medio del pasillo. —¿Crees que sepa quiénes somos? —preguntó Peggi recuperando el aire. —No lo sé, pero estuvo cerca. —Gracias, Laura —agradeció Peggi viéndole a los ojos.—Gracias por aparecer en mi vida y ser mi amiga, por escucharme y quiero que sepas que te quiero, por no juzgarme en este caos que es mi vida. —No te pongas sentimental; a mí no me importa ser tu sombra en esta condena siempre y cuando no me abandones porque también eres mi única amiga en esta penumbra. —¡Peggi! —Escuchamos a Alessio y lo veo correr hacia mí. —Alessio. —Te estaba buscando —dijo al llegar a mí.—¿Por qué estás mojada? Te vas a enfermar. —Estábamos en la alberca y me caí. —¿Estaban? —Sí, —miré a mi lado y Laura ya no estaba, se desapareció dejándome con este niño a solas; ya me va a escuchar. —Olvídalo. —¿Cómo te caíste? —Laura me… ¿Para qué me buscabas? —Decidió cambiar el tema. —La miss está muy molesta, se sorprendió por tu reacción y yo también. No es propio de ti. ¿Estás bien? Alessio se quitó su chaqueta y se la puso sobre los hombros mientras frotaba sus brazos para que Peggi entrara en calor. —Estoy bien, solo le dije la verdad. —Sí, pero fuiste muy ruda. Heriste sus sentimientos. —Tal vez no medí mis palabras, solo reaccioné, estaba algo frustrada y… Bueno, me dará un castigo de seguro. Se miraron en silencio; Alessio pasó sus manos nerviosas por su cabello, sonriéndole a Peggi. —He querido hablar contigo desde aquel día en la piscina municipal, pero… bueno… he estado un poco… —Olvídalo. —Lo que menos necesitaba Peggi era hablar de lo que sucedió ese día y de conocer una respuesta que ya sabe. Otra humillación, no. —Yo entiendo, estaba pasando por un mal momento, estaba… el punto es que sé que te dije que me gustabas y no debí. No es que sea mentira, es solo que, no era el momento y así son nuestros días, ¿no? Entramos en crisis, explotamos, decimos cosas y luego nos toca seguir. —Yo lo noté, que no estabas en un buen momento. —No tienes que decirme nada, yo entiendo que no sientas lo mismo, pero sí quisiera que siguiéramos siendo amigos. —Yo quiero decirte que… —Lo sé, lo sé, no te tienes que preocupar. Olvidemos lo que dije ese día, ¿sí? —Me tomaste por sorpresa, no sabía qué responderte porque estabas en crisis, dijiste que mataste a tu padre y entiendo que lo creas, pero me desestabilizó un poco tu confesión. —Esa noticia desestabiliza a cualquiera, pero, como dije, no debes preocuparte o sentirte mal por ello. —De hecho, sí —Alessio respiró profundo, mirando a todos lados nervioso, sonriendo sonrojado—. No me siento mal por lo que dijiste, todo lo contrario. —No entiendo, ¿a qué te refieres? —Te agradezco que me hayas dicho cómo te sentías y que me dejaras acompañarte a casa, aunque entraste por la ventana. Significó mucho para mí. —Gracias a ti por no dejarme sola en ese momento. —Yo lo que quiero decir es que… Alessio se mordió el labio, miró a Peggi con nerviosismo y lo único que se le ocurrió hacer fue hacerles caso a sus impulsos.
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