sixteen

1082 Words
El rugido de Sebastián aún flotaba en el aire cuando la puerta principal de la casa se abrió de golpe. Román irrumpió con el rostro sombrío, su sola presencia imponía respeto. No hizo falta una explicación. Bastó una mirada al semblante desencajado de Sebastián y a la puerta destrozada de la habitación para comprenderlo todo. —¿Dónde está? —preguntó con voz grave, apretada por la furia contenida. —No está —gruñó Sebastián, girando hacia él con los ojos encendidos de rabia—. La habitación estaba vacía. La ventana abierta. El olor… era de él. Román cerró los puños, sus nudillos crujieron. —¿Quién? —Liam —espetó Sebastián con veneno en la voz—. Ese bastardo se la llevó. Un aura oscura comenzó a emanar de Román. Su lobo arañaba bajo la piel, pidiendo salir. La ira hervía en su sangre, vibrante y letal. —¡Maldito imbécil! —rugió, estrellando su puño contra la pared. El yeso se resquebrajó, cayendo en pedazos. —Voy a encontrarlo —masculló Sebastián. —No —dijo Román, con la voz más fría que el acero—. Yo lo encontraré. Y cuando lo haga, no quedará nada de él. Bosque. Sótano oculto entre las raíces. La oscuridad era densa, húmeda, cargada de tierra y óxido. Aurora despertó con el cuerpo entumecido, un ardor leve le recorría las venas. Quiso moverse, pero unas cadenas le apresaban las muñecas, y una más rodeaba su tobillo, anclada a una argolla de hierro firmemente incrustada en el suelo. La puerta chirrió. Una tenue luz se filtró por el umbral. Pasos descendieron por las escaleras de piedra. Liam. Llevaba una bandeja en las manos y en los ojos un brillo enfermo, mezcla de anhelo y obsesión. —Despertaste, cariño —dijo con una sonrisa torcida—. Me alegra. Aurora lo miró con repulsión. —¿Dónde estoy? ¿Qué me hiciste? Liam dejó la bandeja a un lado, como si todo aquello fuera una visita romántica. —Te traje conmigo. Donde perteneces. No iba a dejar que ese alfa te tomara. No después de todo lo que hemos vivido. —¡No hemos vivido nada! —escupió Aurora, la voz firme a pesar del miedo—. ¡Estás enfermo, Liam! ¡Esto es una locura! Liam se agachó frente a ella, a su nivel, su rostro cargado de falsa ternura. —No lo entiendes ahora… pero lo harás. No quiero hacerte daño. Pero si eso es lo que necesito para mantenerte lejos de él… entonces lo haré. —Me drogaste… ¿Fue acónito? —Solo un poco —admitió, como si hablara de una caricia—. Para que no transformes, para que no corras. Pero estarás bien. Yo te cuidaré. Nadie te va a separar de mí. Aurora lo fulminó con la mirada, pero un escalofrío le recorrió la espalda. —Román vendrá por mí —susurró con rabia contenida—. Y cuando lo haga, no te va a dejar ni los huesos. Liam sonrió, una mueca helada. —Si es que te encuentra —susurró. Y sin más, se levantó y cerró la puerta. El chasquido metálico del cerrojo fue como un latigazo. Aurora tragó saliva. Su corazón retumbaba con fuerza. Román la encontraría. Tenía que hacerlo. La luna llena se acercaba… y con ella, su destino. Casa de la manada. Sala principal. El ambiente estaba cargado. El aire vibraba con tensión y poder contenido. Dominic, el Alfa de la manada, se mantenía de pie junto a la chimenea encendida. Su mirada recorría cada rostro en la sala: Román con los brazos cruzados, el ceño fruncido y los ojos convertidos en brasas; Sebastián, caminando de un lado a otro como una fiera enjaulada; y Damián, apoyado contra una columna, con el rostro serio y la mandíbula apretada. —¿Estás seguro? —preguntó Dominic, dirigiéndose a Sebastián. —Sí. El rastro es claro. Era su aroma. Liam estuvo allí, en la habitación de Aurora. Y no se la llevó por la fuerza… usó acónito —respondió Sebastián, con la voz ronca de furia—. No puede transformarse. No puede defenderse. Román gruñó bajo, casi un rugido, mientras Damián apretaba los puños. —Sabía que ese malnacido planeaba algo —masculló Damian con rabia contenida—. Desde que Aurora lo rechazó, no ha hecho más que acechar desde las sombras. —¿Tienen idea de hacia dónde pudo llevarla? —intervino Roman, su tono gélido y calculador. Sebastián negó con la cabeza. —No, pero lo encontraré. No importa si tengo que quemar el bosque entero. Dominic alzó la voz, con autoridad firme: —Eso no será necesario. Haremos esto bien. Con estrategia. No podemos arriesgarnos a que la luna llena llegue y Aurora siga en manos de ese enfermo. Si pierde el control… si su transformación ocurre encadenada o con acónito en su cuerpo… El silencio cayó como un peso sobre la sala. El peligro era real. No solo para Aurora, sino para cualquiera cerca de ella si despertaba en ese estado. —Dividiremos fuerzas —ordenó Dominic—. Sebastián, rastrea desde los límites del bosque. Lleva contigo a dos de los mejores rastreadores. Damián, ve al pueblo y revisa las cámaras de vigilancia. Si Liam pasó por allí, lo sabremos. Román… tú vienes conmigo. Hay un viejo refugio en la zona norte del bosque. Si alguien como él quiso desaparecer, ese lugar sería su opción. Román asintió sin dudar. —Cuando lo encuentre —dijo entre dientes—, no lo dejaré hablar. No después de lo que le hizo. Dominic lo encaró con firmeza. —La prioridad es Aurora. No olvides eso. No puedes dejarte llevar por el odio. Si ella está herida o envenenada, cada segundo contará. Román bajó la cabeza por un instante, su lobo rugiendo en su interior. Pero asintió con determinación. —La salvaré. Cueste lo que cueste. Damián se separó de la columna, ya listo para actuar. —Liam no es estúpido. Si la luna llena llega y ella sigue bajo su poder, es capaz de usarla como un arma. Debemos llegar antes de que eso pase. —Entonces no perdamos más tiempo —dijo Dominic con tono cortante. Todos comenzaron a moverse al instante. La manada entera se activó como un solo cuerpo, cada uno con un propósito claro: traer a Aurora de regreso. Y acabar con quien se atrevió a tocar lo que no le pertenecía.
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