fifteen

1199 Words
Los días comenzaron a pasar con una mezcla de rutina y expectación. Aurora se levantaba temprano, desayunaba con la familia del Alfa y algunos miembros de la manada que solían comer allí también, y luego entrenaba bajo la guía estricta de Axel —con el constante acompañamiento silencioso pero atento de Sebastián—. Al principio sus movimientos eran torpes, imprecisos, pero poco a poco su cuerpo comenzó a responder, a escuchar sus sentidos y a sincronizarse con su instinto. Doroty, su loba interior, se mostraba cada día más presente. Intervenía con comentarios sarcásticos, consejos inesperadamente útiles o simplemente chillaba de emoción cuando Aurora conseguía esquivar un golpe o conectar un buen ataque. Por las tardes, Aurora recorría los terrenos de la manada, aprendiendo los nombres de los guerreros, el funcionamiento de la jerarquía, y los secretos que poco a poco se le iban revelando. Cada paso que daba la hacía sentir menos forastera y más parte de algo real. Y cada noche, al regresar a su habitación, encontraba una carta sobre la cama. "Mi compañera, He soñado contigo. He imaginado tus ojos mirándome con aceptación, con ese fuego que aún no me muestras, pero que sé que arde en ti. Te extraño, aunque aún no me pertenezcas. Falta menos. —Román." Aurora guardaba cada carta en una pequeña caja de madera que Dulce le había dado. Aunque nunca lo decía en voz alta, las leía más de una vez, y a veces se sorprendía sonriendo al hacerlo. Una tarde, mientras se secaba el sudor tras una larga jornada de entrenamiento, Dulce apareció en el patio con una sonrisa discreta. —Señorita, tiene una llamada —anunció, guiandola hacia el teléfono. Aurora lo tomó con cierta sorpresa. Apenas colocó el teléfono en su oído, una voz grave y familiar hizo que su corazón se acelerara. —Hola, mi nubecita. Aurora rodó los ojos, aunque no pudo evitar sonreír. —Hola, Román. —¿Estás bien? ¿Alguien te ha molestado? ¿Entrenas bien? ¿Te están cuidando como mereces? —Estoy bien. Sebastián me entrena hasta que no siento las piernas, pero sí... me cuidan —respondió con honestidad. —Bien —respondió él, con un suspiro que sonó más a alivio que a conformidad. Aunque en el fondo, la sola idea de otro macho estando tan cerca de ella lo incomodaba más de lo que le gustaría admitir—. No sabes las ganas que tengo de verte. Ya falta menos para la luna llena. Aurora se quedó en silencio por un instante, como si procesara sus palabras. —¿Y qué pasará esa noche, exactamente? La voz de Román bajó una octava, tornándose más profunda y cargada de intención. —Esa noche… podré probar si estás lista para ser mía. Para siempre. El tono hizo que Doroty gimiera de emoción en su mente. —¡Me muero! ¡QUE LLEGUE YA! —chilló su loba. Aurora soltó un suspiro, un poco nerviosa. —Supongo que veremos —murmuró, antes de colgar con suavidad. Y mientras regresaba a su habitación, sintió cómo la expectativa se asentaba en su pecho. La luna llena se aproximaba. Una cuenta regresiva silenciosa que marcaba un antes y un después. Su destino estaba más cerca que nunca. La víspera de la luna llena llegó con un aire distinto. El cielo estaba despejado, la luna aún incompleta, pero ya bañaba los terrenos con una luz plateada que parecía despertar algo en todos los licántropos de la manada. Aurora lo sintió desde el amanecer. Su cuerpo estaba más alerta, más sensible a los sonidos, a los olores… y sobre todo, a la presencia de los demás. Doroty también parecía inquieta, caminando de un lado a otro en su mente, como si supiera que algo se avecinaba. —Falta poco —murmuró Sebastián esa mañana mientras la ayudaba a estirar después del entrenamiento—. Mañana por la noche será la luna llena. ¿Estás nerviosa? Aurora asintió, secándose el sudor de la frente. —No sé qué esperar. Sé que mi transformación no llegó como debería… pero Doroty está más presente. La siento... más viva. Sebastián la observó con una mezcla de orgullo y preocupación. Luego le revolvió el cabello suavemente. —Estás más fuerte de lo que crees, Bella. Durante el día, todos parecían moverse con más seriedad. Axel había ordenado que los límites del territorio fueran reforzados, que los guerreros patrullaran en turnos más cortos, y que Aurora no saliera sola bajo ninguna circunstancia. Dulce le preparó un baño caliente por la noche y dejó una infusión para que pudiera dormir. Pero Aurora no podía descansar. Se levantó y caminó hasta la ventana. Miró la luna casi llena, sintiendo su energía vibrar en cada rincón de su ser. Se preguntó si Román también estaría mirando el cielo, esperando el momento exacto para reclamar lo que decía que era suyo. —¿Y si no estoy lista? —susurró. Doroty se mantuvo en silencio. Por primera vez en días, no respondió. Y cuando Aurora se recostó otra vez, sin poder cerrar los ojos, no se dio cuenta de que muy cerca, entre los árboles, alguien la observaba. Alguien que no la había olvidado. Alguien que no pensaba dejarla ser de nadie más. La noche anterior a la luna llena estaba cargada de una energía espesa, casi sofocante. Sebastián no había pegado un ojo. Su pecho ardía con una inquietud que no sabía explicar. Se había paseado por el bosque, entrenado solo, incluso intentado meditar, pero nada aliviaba esa presión en su interior. Algo andaba mal. Cuando el primer rayo de sol asomó entre los árboles, Sebastián ya estaba en camino a la casa de la manada, con el ceño fruncido y el corazón latiendo con fuerza. Apenas cruzó la puerta, Dulce lo saludó con una sonrisa cansada. —Buenos días, Sebastián. Si vienes por Aurora, creo que aún duerme. Le toqué la puerta esta mañana, pero tenía el seguro puesto. Tal vez quiso descansar más… ya sabes, con lo que viene esta noche. Sebastián no respondió. Su expresión se endureció de inmediato. Pasó junto a Dulce sin decir una palabra, su paso decidido, acelerado. Subió las escaleras y llegó frente a la puerta de Aurora. Tocó. —Aurora… soy yo. Silencio. Volvió a tocar, esta vez más fuerte. —Aurora, abre. Nada. Su mandíbula se tensó. Colocó la mano sobre la madera y en un solo movimiento, con una fuerza brutal que no se molestó en contener, arrancó la puerta de cuajo. La habitación estaba vacía. Las cobijas desordenadas. La ventana entreabierta. Y la caja donde Aurora guardaba las cartas de Román… estaba en el suelo, abierta. El rugido que emergió de su pecho sacudió los cimientos de la casa. Un rugido de furia, de miedo, de amenaza pura. Todos los que estaban en la casa se quedaron congelados. Los cristales vibraron. Incluso los lobos en forma humana sintieron cómo sus espaldas se erizaban. Sebastián temblaba de rabia. —¡La tomaron! —exclamó, con la voz rota por la desesperación—. ¡Se la llevaron! Y aunque nadie lo había dicho en voz alta aún, todos sabían quién era el responsable. Liam.
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