fourteen

1055 Words
Aurora se dio una larga y relajante ducha, a pesar de tener a Doroty fastidiándola mentalmente durante todo el proceso. —Ojalá supiera cómo hacerte callar —murmuró, sumergida en el agua caliente. —Ojalá nunca aprendas, báñate rápido —gruñó Doroty en su mente—. Agradece que no has cambiado aún, si no me adueñaba de tu cuerpo y leía la carta yo misma. Aurora soltó una carcajada mientras enjuagaba su cabello. —Eres un caso perdido... Una vez terminó, se secó con calma, envolviéndose en una toalla suave. Se vistió con ropa sencilla y cómoda, sin dejar de mirar de reojo la carta sobre la cama. Finalmente, se sentó en el borde del colchón y, con los dedos un poco húmedos aún, rompió el sello. Sacó el papel con cuidado y lo desplegó. Su corazón dio un vuelco al leer las primeras palabras: ♡ — ♡ — ♡ — ♡ — ♡ — ♡ — ♡— ♡ — ♡ — Hola, mi compañera. No sé el motivo de tu molestia, o tal vez no estás contenta con ser mi compañera, pero volveré en unos días y te demostraré todo lo que he guardado para ti en estos años. Nadie va a adorarte más como yo, nubecita. Con amor, Román. ♡ — ♡ — ♡ — ♡ — ♡ — ♡ — ♡— ♡ — ♡ — Aurora se quedó en silencio unos segundos, procesando cada palabra, especialmente esa última línea. El apodo flotó en su mente como un susurro tibio. Doroty fue la primera en reaccionar. —¡¿Leíste cómo nos llamó?! —dijo emocionada—. ¡Nubecita! ¡Qué ternura, Luna bendita! Aurora frunció el ceño. —No comprendo el apodo… —¡Deja de ser tan seca con él, Aurora! —protestó su loba, claramente indignada—. Ese hombre lleva años guardándote amor, y tú ni una pizca de dulzura. —Yo no fui la que salió corriendo —replicó ella con frialdad, cruzándose de brazos. —¡Ishh, eres insoportable! —bufó Doroty. —Qué pena por ti… me tienes que aguantar —dijo Aurora con una sonrisa burlona. Escuchó cómo Doroty resoplaba con fastidio dentro de su mente, lo que la hizo soltar otra carcajada. Había caos dentro de ella, sí, pero también una chispa cálida que no podía ignorar. Y todo había comenzado con una carta. Después de acomodarse y dejar la carta bien guardada, Aurora salió de su habitación y bajó las escaleras con pasos tranquilos. El aire fresco de la mañana la llamó, así que cruzó la puerta principal y se dirigió al exterior. Caminó sin rumbo fijo, siguiendo el sendero que serpenteaba hacia el bosque. La brisa movía suavemente su cabello blanco, y por un momento sintió algo de paz… hasta que una voz conocida interrumpió su tranquilidad. —Yo, si fuera tú, no me adentraba sola allí —dijo Liam desde un costado del sendero. Aurora se detuvo y giró lentamente, mirándolo con sorpresa. —Hola, Liam. —Al menos sabes cómo me llamo —respondió él con tono sarcástico. —En serio… me disculpo por no recordarte —dijo con honestidad, aunque sin bajar la guardia. Liam se acercó un poco más, con esa mezcla de amargura y deseo brillando en su mirada. —Aún podrías… ya sabes… volver conmigo —dijo con voz baja, pero cargada de intención. Era evidente lo que quería. Que ella rechazara a Román. Que se quedara con él. Aurora sintió su cuerpo tensarse. —Creo que mejor regreso a la casa —dijo, girándose para marcharse. Pero entonces, sintió su brazo atrapado. —Solo piénsalo, Aurora —dijo Liam, sujetándola con firmeza—. Nadie va a quererte como yo. Yo te elegí. Él solo te quiere porque un vínculo lo obliga, nada más. —Suéltame, Liam —ordenó Aurora con frialdad, pero él no lo hizo. En ese instante, un golpe de viento pareció recorrer el lugar… y en un parpadeo, Sebastián apareció detrás de Liam. Su mirada era una tormenta contenida. Sin vacilar, lo empujó con una fuerza descomunal, haciendo que Liam cayera varios pasos hacia atrás. —Te dije que te alejaras de ella, Liam —gruñó Sebastián, su voz grave y llena de furia contenida. Liam lo miró, dolido tanto en el cuerpo como en el orgullo, pero no dijo nada más. Supo que no ganaría ese enfrentamiento. Aurora se quedó en silencio, el corazón latiendo fuerte. No por miedo. Por todo lo que empezaba a despertar dentro de ella. Sebastián seguía allí, protegiéndola. Como si fuera más que un deber. Liam se marchó con el orgullo herido, lanzando una última mirada de frustración antes de perderse entre los árboles. El ambiente quedó en silencio, solo interrumpido por el susurro del viento entre las hojas. Sebastián bajó la mirada hacia sus manos, como si no entendiera bien lo que acababa de hacer. Las abrió y cerró lentamente, todavía con el pulso acelerado. —Gracias, Sebastián —dijo Aurora con voz suave, sincera. Él levantó la mirada hacia ella, y asintió apenas. —Trata de no salir sola —murmuró, con ese tono protector que parecía tan natural en él. Aurora se cruzó de brazos, todavía recuperando el aliento. —¿Cómo supiste que estaba aquí? Sebastián se pasó una mano por el cabello, visiblemente confundido. —La verdad… no tengo idea, bella —confesó con una pequeña sonrisa ladeada—. Me sentí inquieto de pronto. Como si algo no estuviera bien. Y cuando me di cuenta, ya estaba caminando hacia el bosque. Se quedó en silencio un segundo antes de agregar: —Y al verte allí, con Liam sujetándote, reaccioné por instinto. Fue como si… algo dentro de mí necesitara protegerte. Aurora lo miró, con el corazón latiendo un poco más fuerte. Había algo en la forma en que él la observaba, como si viera más de lo que ella mostraba. Como si ese vínculo invisible que los unía empezara a fortalecerse sin que ninguno de los dos lo notara del todo. —Gracias, otra vez —repitió, esta vez más baja. Sebastián solo asintió, pero su mirada seguía fija en ella. Como si el peligro no hubiese pasado del todo. Como si ella fuera algo que no podía, ni quería, dejar de cuidar.
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