TEN

1142 Words
Aurora se sumergió un poco más en la bañera, dejando que el agua caliente cubriera sus hombros. Cerró los ojos y por unos segundos no pensó en nada. Ni en Sebastián, ni en Román, ni en su pasado. Solo sintió… paz. Un silencio cálido, como si el agua la abrazara. Pero su lobo interior no tardó en hablar de nuevo. —¿Te sientes lista para lo que viene? —susurró Doroty con un tono suave, casi maternal. —No lo sé —respondió Aurora en su mente—. Siento que estoy flotando entre dos mundos. Todo es nuevo… pero familiar. —Porque lo es —dijo Doroty—. Este cuerpo recuerda, aunque tú aún no. Y ese recuerdo vive en tu marca. Aurora se tocó la cadera nuevamente, pensativa. —¿La cicatriz? —No es una cicatriz. Es una señal. Pero su propósito se revelará cuando llegue el momento. Aurora iba a preguntar más, pero Dulce regresó con una bata blanca, suave como nubes recién tejidas. —Aquí tiene, señorita —dijo con una sonrisa—. Cuando salga, también le dejé una infusión caliente. Le ayudará a relajarse. —Gracias, Dulce. Eres un ángel —respondió Aurora con una pequeña sonrisa. Dulce salió en silencio, respetando su espacio. Aurora tomó aire y se quedó un poco más en la bañera, sabiendo que, una vez que saliera, el mundo no se detendría. Román, Sebastián, su pasado, su transformación… todo estaba en marcha. Y ella ya no era la misma chica que había suplicado ayuda bajo la luna. Era Aurora… la renacida. Cuando Aurora salió del baño, envuelta en la suave bata blanca, una grata sorpresa la esperaba. Sobre su cama, Dulce había dejado cuidadosamente un conjunto de ropa hermosa: un vestido largo de gasa color marfil con bordados delicados en hilo dorado, acompañado de una capa ligera del mismo tono. A un costado, sobre la mesita de noche, descansaba una nota escrita con letra redonda y pulida: “La cena es a las 8. Descanse, duerma un rato. Yo vendré a despertarla. – Dulce” Aurora sonrió al leerla. Había algo reconfortante en ese gesto. Acarició el vestido con los dedos antes de ponérselo. La tela era suave como el susurro del viento y caía sobre su cuerpo con una gracia natural, como si hubiera sido hecho solo para ella. Se sentó frente al gran espejo de su habitación. Observó su reflejo en silencio. Su cabello blanco, aún húmedo, caía como una cascada brillante por su espalda. Tomó el cepillo con manos temblorosas y comenzó a peinarse con lentitud, cada pasada desenredando no solo nudos, sino también inseguridades. Ya no se veía tan pálida. Sus mejillas tenían un suave tono rosado, y sus ojos color miel brillaban con vida. Era ella… pero distinta. Más fuerte, más despierta. Más viva. —¿Esa soy yo…? —susurró, con cierta incredulidad. Para asegurarse, se pellizcó el brazo. —¡Auch! —exclamó, y soltó una carcajada ligera al comprobar que no era un sueño. Después de un rato contemplando su reflejo, se levantó, apagó la luz principal y se metió bajo las sábanas. El vestido lo dejó bien doblado sobre una silla cercana. Cerró los ojos y, envuelta en esa nueva paz, se dejó arrullar por el sueño. Afuera, la luna ya se alzaba sobre los árboles… y pronto, la noche traería consigo algo más que una cena. El sueño la envolvió con dulzura, como si una brisa cálida la hubiese cargado hasta otro mundo. Aurora caminaba descalza sobre un prado verde intenso, donde las flores silvestres se mecían suavemente bajo un cielo azul sin nubes. El aire olía a lavanda y tierra húmeda. Sentía paz… una paz que jamás había conocido. A lo lejos, entre la bruma que comenzaba a formarse, apareció una figura alta y oscura. Una sombra. No tenía rostro ni rasgos definidos, pero no le inspiraba miedo. Todo lo contrario. Había algo en su energía… algo familiar. Cálido. Aurora dio un paso hacia aquella presencia, su instinto empujándola a acercarse. —¿Quién eres…? —susurró, sin detenerse. Pero justo cuando estaba a punto de llegar, una voz suave y conocida la sacó de aquel trance. —Señorita… es hora de despertarse. Abrió los ojos lentamente. Dulce le acariciaba el hombro con delicadeza. —Ya es casi la hora de la cena, señorita Aurora. Aurora asintió, aún entre la niebla de aquel sueño extraño, y se levantó con lentitud. Se cambió con la ropa que había dejado antes, se recogió el cabello con una cinta blanca y bajó al comedor. La gran mesa estaba servida con esmero. Dominic y Alicia estaban ya sentados, al igual que Damián, quien hablaba animadamente con otros miembros de la manada. Al verla entrar, todos callaron un instante. —Buenas noches, Aurora —saludó Dominic con voz firme pero cordial—. ¿Cómo te sientes? —Mucho mejor, gracias —respondió ella, sentándose a su lado. Alicia le sonrió con calidez. —Queríamos hablar contigo… sobre Román. El nombre hizo que Aurora alzara la vista, sorprendida. —Sabemos que es un tema delicado, pero queríamos saber cómo te sientes al respecto —continuó la luna—. es principe licántropo es la mayor autoridad para todos nosotros… y para ti ahora es alguien especial, ¿cierto? Aurora asintió en silencio. Su corazón se revolvió un poco. Antes de que pudiera responder, Damián intervino con voz grave: —Román es el mayor aliado que tenemos. Es fuerte, decidido… pero también peligroso. No creo que sea apropiado que Aurora esté cerca de él en este momento. Es muy frágil todavía. Un silencio incómodo llenó la sala. Aurora sintió cómo algo dentro de ella se encendía. —¿O sea que ni siquiera te importa lo demás? —dijo en voz alta, mirando a su hermano—. ¿Lo único que piensas es que no soy suficiente para estar a su lado? ¿Tan poca cosa te parezco? —Aurora, no quise decir eso… —intentó explicar Damián, pero ella ya se levantaba de la mesa. —No te molestes. Ya entendí perfectamente. Sin mirar atrás, subió a su habitación y cerró la puerta con fuerza. El pecho le dolía, no sabía si por el sueño interrumpido, por la ausencia de Román… o por las palabras de su hermano. Se dejó caer en la cama, respirando agitadamente, cuando de pronto, una voz se alzó desde dentro de su mente. — Aurora… cálmate. Estás así porque Román se fue sin despedirse, y las palabras de tu hermano te afectaron más de lo que crees. Pero puedes esperar. Puedes resistir… y cuando la luna llena llegue, él volverá. Confía en eso. Aurora cerró los ojos, dejando que esa voz la envolviera. Aún sentía rabia, pero poco a poco su corazón comenzaba a encontrar consuelo.
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