NINE

1022 Words
Aurora miró a Sebastián con una sonrisa suave. Hablar con él la hacía sentir increíblemente cómoda, como si una parte de ella siempre hubiese confiado en él. Había un sentimiento nuevo en su pecho, cálido y reconfortante… y era grandioso. —Oye —preguntó Sebastián, frunciendo el ceño con curiosidad—, ¿cómo es eso de que tienes compañero? ¿Quién es? ¿Y ya tienes a tu loba? Aurora suspiró con suavidad. —Sí, cuando desperté esta mañana, ella me habló. Se llama Doroty. Y sobre mi compañero… bueno, según él, lo es. Se llama Román. Aún no estoy completamente segura, pero eso dice. Sebastián se quedó con la boca abierta, paralizado. Aurora lo miró con diversión. —Cierra la boca, que te van a entrar moscas —dijo, dándole un leve codazo. —¿Me estás diciendo que… Román? ¿El mismo Román? ¿El príncipe licántropo? ¿El príncipe de las tinieblas? ¿Ese licántropo? —Sí, ese mismo —respondió ella con naturalidad—. ¿Por qué? —Te dije varias cosas y… ¿ninguna te importó? —replicó él, incrédulo. Aurora lo miró con seriedad. —La verdad, no lo conozco, Sebastián. No puedo juzgarlo por lo que se dice. Yo jamás lo he visto hacer nada malo. Y si realmente es mi compañero… no veo la gracia de pensar lo peor de él desde el principio. —Sabes que puedes rechazarlo, ¿cierto? Aurora le tapó la boca con una mano rápidamente y le susurró con ojos muy abiertos: —¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurre decir eso en voz alta? Aunque no recuerde todo, hasta yo sé que es delito aconsejar rechazar a tu pareja predestinada. Además, ha estado buscándome por un centenar de años… ¿crees que va a permitir que lo rechace? Sebastián, al intentar hablar, accidentalmente se mordió el labio. Aurora se quejó con una risita: —¡Oye! Eso dolió, me sacaste sangre. —Auch… —gimió Sebastián, tocándose el labio—. Me mordí yo también. Aurora soltó una carcajada, divertida. —Eso te pasa por maldadoso. —¿O sea que vas a estar con él por miedo? —preguntó él, entrecerrando los ojos. —¿Yo tenerle miedo a él? No, nada que ver. Tú mismo dijiste que antes quería saber lo que era tener un compañero… Y ahora que, al parecer, lo tengo, no voy a desperdiciar esta oportunidad. Sebastián sonrió y asintió con genuina alegría. —Tienes razón. Y me alegra que lo hayas conseguido. Aurora lo miró con atención de repente. —Oye… tu herida se curó instantáneamente. —Soy un hombre lobo, Aurora. Se supone que debe curarse rápido, obviamente —respondió él con tono burlón. —No, torpe —dijo ella, acercándose un poco más—. Te quedó una pequeña cicatriz plateada. Sebastián frunció el ceño. Aquello era ilógico: una cicatriz por una pequeña mordida, y en el labio. —Estás alucinando. Creo que deberías ir a descansar. Han sido muchas emociones para un solo día. —Gracias, Sebastián —murmuró ella, con cariño. Él se puso de pie y le tendió la mano con una sonrisa juguetona. —Vamos, bella durmiente… hora de dormir. Aurora tomó su mano y se echó a reír mientras se levantaba. Sebastián acompañó a Aurora hasta la puerta de su habitación y luego se marchó sin decir mucho más. Ella entró en silencio, se dejó caer sobre la cama y clavó la mirada en el techo por unos segundos, pero luego se giró, enterrando el rostro en la almohada. —¿Por qué se fue así de repente? —murmuró para sí misma, sintiendo un nudo en el pecho—. No debí decirle toda la verdad… lo espanté. Tal vez no soy como él se imaginaba. ¿Y si le di asco… como me decían en mi antigua manada? Su corazón se encogió con aquel pensamiento. Justo cuando una lágrima empezaba a colarse por la comisura de su ojo, un par de suaves golpecitos resonaron en la puerta. —¿Quién es? —preguntó Aurora, secándose disimuladamente. —Señorita, soy Dulce, la omega que le ayuda a organizarse —respondió una voz cálida y amable. —Adelante. La puerta se abrió con suavidad y entró Dulce, una mujer de unos treinta años, de rostro sereno y sonrisa acogedora. Tal como su nombre, transmitía ternura en cada gesto. —Me alegra tanto verla despierta, señorita —dijo con auténtica emoción en la mirada. Aurora le sonrió, contagiada por su dulzura. —Gracias, Dulce. —Venga, le prepararé un baño relajante —dijo la mujer mientras se dirigía al baño. —No te preocupes, yo lo haré —intentó detenerla Aurora. —¿Cómo se le ocurre, señorita? Este es mi trabajo y lo amo. Y más aún si es para servirle a usted. Es lo mejor que me pueden encargar. —Es que no quiero molestarte, Dulce… —Para mí no es molestia, ya se lo dije. Sin dejar que Aurora insistiera, Dulce abrió los grifos de la gran bañera de mármol, vertió esencias florales y dejó caer delicadamente pétalos frescos sobre el agua. Un delicado aroma a lavanda, jazmín y miel empezó a llenar la habitación, envolviendo el aire en una calma embriagadora. —Listo, señorita. El agua está a la temperatura perfecta. ¿Desea que le traiga una bata limpia? —Sí, por favor. Y gracias, Dulce… de verdad. Dulce asintió con una sonrisa y salió de la habitación, dejándola sola. Aurora se desvistió lentamente frente al espejo. Sus ojos recorrieron su reflejo, deteniéndose en la marca plateada que tenía desde niña y que también la había seguido a este cuerpo, justo en la cadera. Su dedo pasó por encima con suavidad. Siempre le habían dicho que era un defecto. Pero ahora, por primera vez, se preguntó si quizá tenía un propósito más grande. Entró en la bañera y se sumergió en el agua cálida, sintiendo cómo sus músculos se relajaban. Cerró los ojos… y entonces Doroty, su loba interior, susurró: “No estás sola, Aurora. Todo está comenzando.”
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