Damián la miró con una mezcla de cansancio y ternura mientras se pasaba una mano por el rostro.
—Adelante —dijo con un suspiro—. Yo iré con papá a contarle lo que pasó.
Aurora lo sujetó del brazo, preocupada.
—¿Le vas a contar lo de Liam?
Damián se detuvo y la miró fijamente.
—Maldición, Aurora… soy el próximo Alfa. Tengo que manejar los asuntos con imparcialidad.
Aurora frunció los labios e hizo un puchero, con esa expresión irresistible que solía usar cuando quería algo.
—No me hagas esto, Aurora —gruñó él, tratando de resistirse.
Ella no dijo nada más. Simplemente lo abrazó con fuerza.
Damián soltó un bufido resignado.
—Está bien… no le contaré ese detalle. Al menos, no por ahora. Ve y habla con Sebastián.
Aurora le dio un beso en la mejilla con una sonrisa brillante.
—Eres el mejor hermano del mundo.
Salió corriendo de la oficina, pero apenas pasaron dos segundos antes de que volviera a entrar con cara de confusión.
—Eh… ¿cuál jardín?
Damián soltó una carcajada sincera y, divertido, le indicó el camino hacia el jardín trasero de la casa.
Cuando Aurora llegó al jardín, encontró a Sebastián sentado cómodamente sobre unos cojines dispuestos en el césped. Sin decir palabra, se acercó y se sentó a su lado.
—Hola —saludó ella con una sonrisa tímida.
—Hola, Bella Durmiente —respondió él con tono burlón pero afectuoso.
Aurora soltó una risita, comprendiendo la referencia.
—¿Lo dices por mi nombre?
Sebastián negó con la cabeza, con una sonrisa en los labios.
—Aunque concuerda con todo.
—¿Cómo así? Explícate —pidió ella, curiosa.
—Es que… tú siempre tenías sueños cuando dormías. Pero no te gustaban. Siempre te despertabas angustiada.
—¿Y qué soñaba? —preguntó Aurora, intrigada.
—Lo sorprendente es que tu cabello… se volvió como el de tus sueños —dijo Sebastián, mirándola con atención.
Aurora entrecerró los ojos, impaciente.
—Sebastián, ¿me vas a contar o vas a seguir hablando en círculos?
—Lo siento, es que… es como si no fueras la misma.
Aurora bajó la mirada, su voz se tornó más suave.
—Es que cuando estuve dormida… viví en un lugar terrible.
Sebastián frunció el ceño, pero una chispa de comprensión cruzó su mirada.
—Déjame adivinar… en ese mundo eras una sirvienta, no tenías a nadie, no tenías loba, todos te rechazaban y vivías maltratos.
Aurora se quedó helada. Lo miró con asombro.
—¿Cómo sabes eso?
—No me mires así —respondió él, encogiéndose de hombros—. Es todo lo que soñabas. Siempre lo mismo. Pero esta vez, dormiste tanto… que debiste pensar que era real.
"Si supieras que fue real…", pensó Aurora. "Pero… ¿ella veía lo que yo estaba viviendo?"
Sebastián continuó, sin percatarse de su agitación.
—Eso te afectaba mucho, ¿sabes? Tratabas de no dormir. Te obligabas a mantenerte despierta… pero cuando tu cuerpo ya no aguantaba más, te desmayabas. Por eso te apodé ‘la Bella Durmiente’.
Le sonrió, con ese brillo travieso que parecía estar siempre en sus ojos.
—Oye… ¿y cómo así que tenía novio? —preguntó Aurora, frunciendo el ceño con curiosidad.
Sebastián suspiró largo, como si revivir esos recuerdos le pesara.
—Eso… —comenzó, y bajó la mirada antes de volver a hablar—. Tú decías que sentías tu cuerpo muy pesado… como si en cualquier momento fueras a dormir y jamás despertar. Y al no tener a tu loba… pensabas que nunca podrías encontrar a tu compañero predestinado. Así que… querías saber qué se sentía ser querida.
Aurora asintió lentamente, como si algo dentro de ella resonara con esas palabras.
—Suena factible. Cuéntame más —dijo, con un atisbo de curiosidad mezclado con un dejo de tristeza.
Sebastián soltó una risa corta y se pasó ambas manos por la cara, como si se preparara para una confesión incómoda.
—Primero… me pediste a mí que fuera tu novio.
—¿Me gustabas? —preguntó Aurora, entre sorprendida y divertida.
Sebastián negó con la cabeza, aunque una sonrisa melancólica asomó en sus labios.
—No, nada de eso. Tú misma lo dijiste… “Nadie me va a querer más que tú, Sebastián. Así que lo único que nos falta es besarnos para parecer novios.” Lo dijiste tan convencida, que… bueno, simplemente sucedió. Muchas personas pensaban que tú y yo íbamos a ser compañeros predestinados.
Aurora lo miró en silencio, sin saber qué sentir exactamente. Era extraño pensar en una versión de sí misma que había vivido todo eso… mientras ella no recordaba nada.
—Pero tú y yo no íbamos a funcionar —continuó Sebastián con voz serena—. Así que comenzamos a ir a reuniones y eventos para que conocieras a otros chicos. Querías darte la oportunidad de sentir algo real, algo tuyo.
Aurora lo miraba con atención, tratando de imaginarse en ese escenario.
—En una de esas salidas, Liam —que entrenaba con nosotros— se te acercó. Te invitó a bailar, y mientras lo hacían, te preguntó qué estabas buscando. Tú, sin rodeos, le dijiste que un novio —contó Sebastián con una sonrisa divertida—. Y él, muy decidido, te confesó que le gustabas… y tú lo besaste.
Los ojos de Aurora se abrieron de par en par.
—¡¿Lo besé?!
Sebastián levantó las manos en gesto de calma.
—Relájate, fue el primer y único beso que se dieron.
—¿Uno solo? ¿Y aún así nos hicimos novios? —preguntó ella, confundida.
—Sí —respondió él, encogiéndose de hombros—. Te gustaba pasar tiempo con él, era agradable, simpático, pero… siempre me decías que algo en el fondo no encajaba. Como si tu alma supiera que él no era tu compañero predestinado. Y por eso mismo dejaste en claro que, si él encontraba a su verdadera pareja algún día, no querías ser un obstáculo en su camino.
Aurora asintió lentamente, procesando cada palabra. Algo en esa historia le sonaba vagamente familiar, como una melodía lejana que su corazón reconocía, aunque su mente no pudiera ubicarla.